CAPÍTULO 14
Wilkin ha mentido por escrito.
La carta llega el lunes a primera hora, traída por Tobías desde la posta de Keswick, en el sobre fino y la cera roja del pequeño taller del contratista de la mina de Penshaw.
La abro en el despacho del primer piso antes del té que la cocinera Eudora me sube a las nueve.
La carta tiene dos hojas. La primera afirma, con la caligrafía gruesa y la ortografía baja del propio Wilkin, que las setenta y cuatro libras adicionales del trimestre anterior fueron destinadas a la reparación de la galería del nivel medio.
La segunda, que se le habían entregado al primer alguacil del valle en mil ochocientos dieciséis las cuentas verificadas.
Las dos hojas son falsas. La primera porque la galería del nivel medio se inundó en agosto del año pasado y lleva ocho meses sin que se le toque una piedra, lo cual me lo confirmaron los Bell el viernes anterior cuando bajaron cuatro mineros suyos a tomar la cerveza floja a su granja.
La segunda porque el alguacil del valle me ha mandado por escrito el sábado pasado, con sello propio, que en mil ochocientos dieciséis no se le había entregado ninguna cuenta verificada — solo una carta de queja del propio Wilkin sobre el comportamiento de un capataz que ya no trabaja.
Wilkin me toma por joven.
Eso lo entiendo a las nueve y catorce, cuando Eudora cierra la puerta del despacho y la primera taza del té me deja en el labio una quemadura pequeña porque la he bebido demasiado deprisa.
Wilkin lleva siete años con la mina. Sabía de la enfermedad del difunto señor antes que la cocinera.
Sabía del entierro antes que Hawthorn. Sabía de la herencia, en mi nombre, antes que mi propia madre.
Y, en las cinco semanas que llevo en Cumberland, ha contestado mis cuatro primeras cartas con evasivas progresivamente más torpes.
Hoy ha decidido que la siguiente evasiva tenía que ser una mentira de dos hojas, porque Wilkin ha calculado que un caballero joven de Mayfair, al cabo del cuarto intento, va a aceptar la mentira por cansancio. Wilkin se ha equivocado.
Llamo a Hawthorn a las nueve y cuarto.
Entra a los doce segundos, con la cara impasible de las mañanas en las que el correo de las nueve ha traído algo.
Pone delante de mí, sin que se lo pida, el segundo té de la mañana — porque las mañanas en las que el correo trae algo se beben con dos tés en este despacho, según el cálculo silencioso de la cocinera.
Le indico la primera hoja. Le indico la segunda.
Hawthorn las lee de pie, sin sentarse, en menos de un minuto.
—Milord, hay dos mentiras.
—Cuatro, Hawthorn. La galería. El alguacil.
La cifra de las setenta y cuatro libras, que no son setenta y cuatro sino noventa y dos.
Y la firma de la segunda hoja, que no es del propio Wilkin, sino del cuñado, lo cual lo sé porque el cuñado le firma a Wilkin desde el verano pasado, según me lo dijo el alguacil en su carta del sábado.
Hawthorn no se mueve. Pero la luz tibia que entra por la ventana del despacho le marca, durante un instante pequeño, una arruga en la frente que llevo cinco semanas sin haberle visto.
—Milord, lo siento.
Bajo la pluma.
—¿Por qué lo siente, Hawthorn?
—Porque su señor tío me confió en mil ochocientos catorce la supervisión escrita de Wilkin, y en mil ochocientos quince yo le advertí a su señor tío de la primera evasiva.
Su señor tío me dijo que Wilkin llevaba siete años con la mina y que la confianza de siete años se sostenía.
Yo acepté. Y, entre mil ochocientos quince y el año en curso, no he vuelto a abrir personalmente los libros mayores del contratista.
Confié en la palabra de su señor tío sobre la palabra de Wilkin.
Una mañana como esta, milord, es una mañana en la que ese error de mil ochocientos quince ha vuelto a la mesa por su propia cuenta.
Apoyo las dos manos en el secante.
—Hawthorn. Wilkin ha mentido por escrito.
Hawthorn no ha mentido por escrito. Las dos cosas no son la misma cosa.
Yo le ruego que el lunes próximo, antes del mediodía, baje usted a la mina con dos copias de la primera carta de Wilkin, una copia de la carta del alguacil, y la cifra exacta de las noventa y dos libras.
Le ruego que Wilkin firme delante de usted, en presencia del primer alguacil del valle, una declaración escrita en la que reconozca las cuatro mentiras y se comprometa a la devolución entera, con intereses al cinco por ciento anual, en seis semanas.
Le ruego, además, que el contrato con la mina se le retire en septiembre.
Y le ruego, por último, que esta carta de hoy — las dos hojas falsas — no salga de este despacho hasta el lunes próximo.
La cuarta mentira se le impugna a Wilkin en su propia mina, no en una respuesta por carta a este despacho. ¿Comprendido?
—Comprendido, milord.
Hawthorn dobla las dos hojas. Las mete en el sobre.
Me devuelve el sobre. Le hago una indicación pequeña con la barbilla hacia el cajón inferior izquierdo de la mesa — el cajón donde guardo lo que no quiero que toque nadie hasta el lunes.
Hawthorn abre el cajón, guarda el sobre, cierra el cajón con la llave pequeña que me entregó la primera mañana. Me devuelve la llave.
—Una cosa más, Hawthorn. Mil ochocientos quince fue hace tres años.
Las advertencias escritas que no se aceptan no son responsabilidad del que las da.
Son del que las desoye. Mi tío llevaba dos años enfermo en mil ochocientos quince.
Las decisiones sobre Wilkin las tomaba la enfermedad, no mi tío.
Usted, Hawthorn, le ahorró a la enfermedad tres años más de ruido.
Eso, Hawthorn — y no la cifra de las noventa y dos libras — es lo que le agradezco esta mañana.
Hawthorn me sostiene la mirada un instante. Después baja la cabeza un grado y sale del despacho con la suavidad de las puertas que los mayordomos viejos saben cerrar a sus espaldas en las mañanas en las que el señor les ha dicho lo que el señor anterior no había llegado a decirles.
Trabajo hasta las dos.
La mañana se me va en el borrador de la declaración para Wilkin — cuatro folios manuscritos, con la cifra de las noventa y dos libras al margen de cada uno —, y en una carta breve al alguacil del valle agradeciéndole la confirmación del sábado y avisándole de la visita del lunes.
Hawthorn me lleva el almuerzo al despacho a la una y media — pan blando, queso fuerte, una pera.
No bajo al comedor pequeño. La cabeza me pide la cocina del semisótano todavía menos que el comedor.
La administradora doméstica de la planta noble cruza el portillo del jardín del sur a las dos en punto.
Lo oigo desde el despacho — no el portillo, que abre y cierra sin ruido desde el veintiséis de marzo, sino la voz pequeña con la que la administradora le da las gracias a Pearl de Ashvere por algo en el zaguán.
La cinta del pelo del puño derecho, hoy, según me confirmará Hawthorn al subir el correo de las tres, es verde claro.
La capa de paño gris medio, la misma. El cuaderno encuadernado en piel oscura, apretado contra el costado izquierdo.
Sube al cuarto de la señora Henshaw. Cierra la puerta. Trabaja durante una hora y cuarenta minutos sin que nadie del corredor la moleste.
Yo, en el despacho del primer piso, escribo dos cartas más — una a mi madre, que llevo cuatro semanas sin contestar, otra a Croft, mi cuñado, que me había mandado una nota de tres líneas a primeros de mes — y, a las tres y treinta y cinco, le digo a Beth que suba a llamar a Hawthorn al cuarto del segundo piso, porque tengo que repasar con él, antes del té, dos cuestiones del borrador de la declaración de Wilkin.
Hawthorn entra a las tres y cuarenta y dos.
Repasamos el borrador en pie, los dos a los lados de la mesa.
Hawthorn me hace dos correcciones de léxico — la palabra «retracción» mejor que «devolución», y «moratoria» en lugar de «plazo».
Acepto las dos. Trabajamos quince minutos sin contratiempo.
Y a las cuatro menos tres, cuando llegamos al cuarto folio — el del compromiso de retirada del contrato en septiembre — Hawthorn me pone delante una observación que yo no había previsto.
—Milord. Si el contrato se le retira a Wilkin en septiembre, la mina queda sin contratista en el otoño.
El otoño en Cumberland, en la mina de Penshaw, es el trimestre del cobre nuevo.
Sin contratista nuevo en septiembre, perdemos el cobre del otoño, lo cual son aproximadamente trescientas libras al señor.
Bajo la pluma.
—¿Y la propuesta?
—La propuesta, milord, es que el contrato se le retire a Wilkin el día de Pascua del año próximo, no en septiembre.
En el intervalo, Wilkin sigue con la mina pero bajo supervisión doble — la mía, semanal, y la de un capataz nuevo que yo nombro con el visto bueno del primer alguacil.
La cuenta de las noventa y dos libras se le retracta a Wilkin íntegra, con la moratoria del seis por ciento, en seis semanas.
El cobre del otoño se salva. Y, en febrero, traemos al contratista nuevo de Carlisle que el primer alguacil ya tiene en mente.
La propuesta es buena.
La propuesta es buena, pero el problema no es la cuenta.
Es el hombre. Wilkin lleva siete años mintiéndole a mi tío y, en cinco semanas, ha decidido que le va a mentir a un señor joven que él calcula que se cansará.
Aceptar a Hawthorn — mantener a Wilkin seis meses más bajo supervisión doble — es contestarle a Wilkin que el señor joven de Mayfair se ha asustado de las trescientas libras del cobre del otoño y que ha pedido cortesía.
Que es exactamente lo que Wilkin necesita oír para mentir una quinta vez en julio.
Y eso, esta mañana, en este despacho, no es lo que voy a permitirme.