CAPÍTULO 13 #2
Pippa, en el taburete, me devuelve la inclinación con la cabeza ladeada de las niñas pequeñas y con la mancha de masa en la frente. Pearl, una inclinación profunda. La cocinera, la flexión de rodilla. La administradora, la cabeza.
—Le pido disculpas por la intrusión, señora Marlowe. Hawthorn me ha hecho llegar ayer que la cocinera Eudora tendría preparada la lista del miércoles próximo a las cinco. Vengo a recogerla en el sitio. Lo recogeré sin entretener a los señores del pastel.
La institutriz no contesta inmediatamente.
La cocinera Eudora sí, con la cortesía exacta de las cocineras viejas que han comprendido el tablero:
—Milord. La lista está en el cuaderno pequeño sobre la repisa de la chimenea, junto a la jarra de barro azul. Si milord es tan amable de cogerla él mismo, yo no me aparto del horno, que la primera tanda lleva diecinueve minutos y va a faltarle dos minutos para que la dore.
—Como Eudora disponga.
Cruzo la cocina hasta la chimenea baja del rincón.
Cojo el cuaderno pequeño. Lo abro por la primera página.
La caligrafía de la cocinera, ancha y firme, lista veintidós líneas con dos columnas — plato y procedencia de los ingredientes.
La administradora doméstica de la planta noble ha anotado, a lápiz fino, en el margen exterior, las tres rebajas del segundo plato que yo le marqué con la pluma el lunes.
Las acepto las tres por inclinación pequeña hacia el cuaderno, sin volverme a la mesa.
Cierro el cuaderno. Me lo guardo en el bolsillo interior del chaleco.
Cuando me vuelvo, Pippa está mirándome desde el taburete con la concentración pequeña de las niñas pequeñas que han advertido, sin permitirse soltarlo a un adulto, una observación nueva.
—Lord Ashvere.
—Lady Pippa.
—¿Tú comerás del pastel?
Le hago una inclinación menor.
—Si la maestra del pastel me concede una porción, señora pastelera, le agradeceré el honor.
Pippa parpadea dos veces. Después, con la mancha de masa en la frente y la lengua un poco fuera, contesta en la voz de tribunal:
—Le concedo dos.
—Acepto las dos, señora pastelera.
La institutriz, al otro lado de la mesa larga, ha bajado los ojos al rodillo.
Pero — y esto lo capto en el segundo y medio entre la inclinación de Pippa y la primera cucharada de la masa que la cocinera Eudora le tiende a la pequeña para que la unte en el molde —, en la comisura izquierda de la boca, la sonrisa pequeña de un solo lado del primer día le reaparece.
Le dura un segundo entero. Esta vez no se le va por cortesía.
Se le va porque Pippa, en el taburete, pone una primera cucharada de masa del lado equivocado del molde y la institutriz tiene que volver al oficio.
Yo, en la repisa de la chimenea baja del rincón, vuelvo a doblar el cuaderno pequeño con la lista, aunque ya está en el bolsillo del chaleco.
Lo doblo en el aire, sin cuaderno, en un gesto que ninguno de los cuatro de la mesa larga ve.
La cocinera Eudora sí — porque las cocineras viejas, junto al horno bajo, no se pierden los gestos de los señores en la chimenea baja del rincón en los días en que las administradoras doméstica nuevas sueltan una carcajada por primera vez.
Pero la cocinera Eudora, que lleva veintinueve años en el oficio, no me devuelve la mirada del gesto.
Sigue con el trapo entre las dos manos vigilando los dos minutos que le faltan a la primera tanda.
—Eudora.
—Milord.
—¿Me reserva una cucharada de la primera tanda al subir?
—Pippa decide. No yo.
Pippa, en el taburete, levanta la cabeza al oír su nombre.
—¡Lord Ashvere se lleva una cucharada!
—Le agradezco, señora pastelera.
Inclinación a las cuatro. Cruzo la cocina al revés.
Subo por la escalera de servicio del este al primer piso.
En el descansillo pequeño, junto a la ventana de tres palmos que da al jardín del oeste, me apoyo un instante en la pared de piedra clara.
El olor a manzana cocida con canela y mantequilla sigue subiendo por la arcada.
Y, abajo, la voz de Pippa empieza a contarle a Pearl algo sobre cómo se hace un cisne con la servilleta, mientras Eudora abre la portezuela del horno bajo y la administradora doméstica de la planta noble, sin voz, vuelve a la masa con el rodillo.
Subo al despacho. Me siento en el sillón. Saco el cuaderno pequeño con la lista del bolsillo interior del chaleco. Lo dejo sobre la mesa. Saco la libreta de cuero, la mía, la que llevo desde Mayfair. La abro por la página de la primera tarde de empleo del lunes seis.
Anoto, en la línea siguiente — sin pretexto, sin coartada, sin permitírmelo del todo:
«Cuatro segundos. Cocina del semisótano. Viernes diez de abril».
Y, debajo, en una segunda línea con la pluma corta del chaleco, en una caligrafía un grado más pequeña que la del cuaderno encima de la mesa de la administradora doméstica de la planta noble dos pisos por debajo:
«El mechón fino se le ha escapado a la sien derecha».
Cierro la libreta. La guardo en el bolsillo interior del chaleco.
Bajo del sillón. Cruzo el despacho. Abro la ventana del este — la que da al jardín del este de Ashvere, no la del sur que da al portillo — y dejo que el aire fresco de las cinco y cuarto entre durante un minuto entero.
La cabeza, en ese minuto, no la muevo. Las dos manos las apoyo en el marco bajo de la ventana abierta. El frío me sube por las muñecas.
Lo que pasa abajo durante la hora que queda de pastel no me corresponde. La gestión del azoramiento posterior — si lo hubo — se la sostiene la cocinera Eudora. La gestión del mechón fino escapado a la sien derecha se la sostiene Pearl.
Cierro la ventana del este.
Vuelvo al sillón. Saco la carta del rector Holcomb que llevo dos semanas sin contestar.
Mojo la pluma. Le contesto al rector en quince minutos largos, sin acordarme — eso me digo a mí mismo, sin del todo creérmelo — de la sien derecha.
La carta queda terminada a las cinco y cuarenta y dos.
La sello. La dejo en la bandeja. Cojo la pluma corta del chaleco, abro la libreta otra vez, y, debajo de las dos líneas anteriores, en una tercera que la pluma corta deja apenas firme:
«Los pasteles pequeños del condado se cuecen en cuarenta minutos. Mañana sábado el portillo del jardín del sur se queda cerrado».
Cierro la libreta. La guardo.
A las seis y diez en punto, Pearl de Ravenfell sube por la escalera de servicio del este con Pippa de la mano y un envoltorio pequeño de muselina en la otra mano. Las dos cruzan el zaguán hacia el carruaje que las espera en el patio. Pippa, antes de salir, le grita a Hawthorn desde la puerta:
—¡Hay dos cucharadas para el conde, Hawthorn! ¡Que se las suba caliente!
—Sí, lady Pippa.
La administradora doméstica de la planta noble, según Hawthorn me confirmará una hora después, ha cruzado el portillo del jardín del sur a las seis y dieciocho.
Sola. Sin el mechón fino escapado — porque Pearl, en algún momento de la última media hora, se lo ha vuelto a meter en el moño bajo apretado.
La cinta del pelo del puño derecho, la del azul claro, sigue donde estaba.
Y, a las seis y veinte, Hawthorn me sube al despacho del primer piso, en un plato pequeño con un mantel de lino blanco, dos cucharadas tibias del pastel de manzana del primer corte que la pequeña Pippa Ravenfell, con seis años, ha mandado expresamente para el señor de la casa vecina.
Me como las dos. La primera, despacio. La segunda, sin levantarla del plato. El sabor de la canela me dura todavía cuando bajo el tenedor — y entonces, sin permitírmelo, me digo una sola frase que la libreta no va a recoger:
«Cinco años, ha contado Eudora. Cinco años sin reírse entera».
La frase se me queda dentro un minuto largo.
Después se va. El plato pequeño con el mantel de lino blanco lo dejo en la bandeja para Beth.
Hawthorn pasa por delante del despacho a las seis y cuarenta sin golpear la puerta.
Por la ventana del este, abierta otra vez, entra ya el aire frío del valle de finales de la tarde — un frío del norte que en abril no afloja todavía.
Lo tomo durante medio minuto. Después la cierro.