CAPÍTULO 13
Pippa quiere hacer un pastel de manzana.
La idea no es suya. Es de Cora — su excelencia se lo soltó al desayuno del jueves anterior, cuando la pequeña le preguntó, en la cara cándida de quien acaba de aprender a hilar dos frases, qué hacían los señores de las casas grandes los viernes por la tarde.
Cora le contestó, sin levantar la vista del bordado, que los señores de las casas grandes los viernes por la tarde aprendían a cocinar lo que sus cocineras les habían cocinado durante cuarenta años.
Pippa, según me contó Hawthorn el sábado por una nota corta, se quedó callada el resto del desayuno y, al levantarse, le pidió permiso a la duquesa para preparar un pastel de manzana el viernes próximo en la cocina de Ashvere Hall.
La duquesa concedió el permiso. Hawthorn me trasladó la petición.
Yo le devolví a Pennywick una respuesta corta el sábado a las once: «el viernes por la tarde la cocina de Ashvere queda a disposición de lady Pippa de las cuatro a las seis, en compañía de la institutriz, de la doncella Pearl y del propio mayordomo si la pequeña lo permite».
Y hoy es viernes.
Son las cuatro menos cinco. Llevo desde la una en el despacho del primer piso.
La administradora doméstica de la planta noble entró a Ashvere a las dos en punto por el portillo del jardín del sur, ahora ya por tercera vez.
Cruzó al cuarto de la señora Henshaw con la capa de paño gris medio doblada sobre el brazo izquierdo, me hizo desde el corredor la inclinación menor del nuevo protocolo de las tardes, siguió hasta el cuarto.
Y ahora — son las cuatro menos cuatro — bajará por la escalera principal con Pippa de la mano, porque Pearl de Ravenfell ha traído a la pequeña a Ashvere a las tres y media en un carruaje pequeño, y Pippa lleva media hora en el cuarto de la señora Henshaw con la institutriz dándole instrucciones sobre cómo se entra en una cocina ajena.
Yo no voy a participar en el pastel.
Eso lo decidí el sábado, al contestar a Pennywick.
Una cocina con la pequeña, Pearl, Hawthorn y la administradora doméstica de la planta noble ya tiene cuatro adultos y una niña pequeña para una manzana — el señor de la casa sobra.
Lo que voy a hacer es bajar al despacho del rector Holcomb a las cinco menos cuarto a llevar la respuesta a la carta del nuevo órgano que me ha estado esperando dos semanas, y volver a Ashvere a las seis y diez para encontrar el pastel hecho, frío, sobre la mesa del comedor pequeño.
Eso le he dicho a Hawthorn al medio día. Hawthorn no ha comentado.
Bajo del despacho al patio a las cuatro menos uno.
Cruzo el corredor principal del primer piso.
Paso por delante de la escalera de servicio del este.
Y entonces — porque desde la escalera de servicio del este, a las cuatro menos uno de un viernes diez de abril, sube por primera vez en esta casa, en mis dieciséis días de residencia, la voz pequeña de una niña de seis años exclamándole algo a alguien en el escalón anterior — me detengo.
Pippa, abajo:
—¡Mi Bryn, tiene escalones más anchos que los míos!
La voz de la institutriz, contestándole sin altura, en el tono pausado que aprendí en una salita del primer día:
—Más anchos porque la casa es más antigua. Los escalones se gastaban menos en mil seiscientos veinte, princesita.
—¿Mil seiscientos qué?
—Veinte.
—Eso es viejísimo.
—Sí, princesita.
—¿Tú estabas?
—No, princesita.
—¿Y tu Bryn?
—Tampoco.
Lo dice en el mismo tono de las otras siete frases. Y, sin embargo, en la palabra «tampoco» le advierto a la voz una alteración pequeñísima — una décima de respiración menos. A la institutriz le sucede sola, sin testigos, porque Pippa, con seis años, no lo va a oír.
Yo, en el corredor del primer piso, sí.
Doy media vuelta. Subo al despacho. Cierro la puerta.
Apoyo la espalda contra la madera. La carta al rector Holcomb va a tener que esperar al lunes próximo.
La cocina del semisótano va a recibir, en menos de cinco minutos, a un mayordomo viejo, una niña de seis años, una doncella alta, una administradora doméstica nueva y, sin que ninguno de los cuatro lo prevea, al señor de la casa, que ha decidido sin permitírselo del todo que tampoco va a participar en el pastel — pero que va a bajar a la cocina con una excusa pequeñísima, de las que solo un caballero del condado se permite construir el cuarto viernes de su nueva residencia.
La excusa la tengo en menos de un minuto.
Hawthorn me la propuso ayer al pasar por delante del cuarto de la señora Henshaw — esa franqueza menor de los mayordomos viejos: «milord, si me lo permite, la cocinera Eudora ha indicado que mañana viernes le subiría al despacho la lista de la cena de los Mortlake, una vez la administradora doméstica le haya aprobado las tres rebajas del segundo plato.
Si milord lo prefiere, puede bajar él mismo a la cocina hacia las cinco a recogerla, en lugar de esperar a que se le suba».
Le respondí que sí, que la recogería yo mismo a las cinco.
Hawthorn asintió. Lo apuntó en algún sitio que él sabe.
Lo cual significa que a las cinco yo tengo cita silenciosa con la lista de la cena del miércoles próximo, en la cocina, donde se está haciendo el pastel.
La cita está pactada con un mayordomo viejo veinticuatro horas antes. Hawthorn ha calculado dos jornadas por delante.
Bajo a las cinco menos diez.
La escalera de servicio del este es de piedra clara, más empinada que la principal, con un descansillo pequeño en el medio donde hay una ventana de tres palmos que da al jardín del oeste.
En el descansillo me detengo un instante porque desde la cocina, por la arcada baja de piedra del fondo, sube hasta aquí un olor que no esperaba — manzana cocida con canela, mantequilla, masa caliente.
Y, encima de los tres, una risa pequeña.
La risa de Pippa, en el primer estallido de los seis años, soltada en el cuarto de un señor vecino al que ha decidido reírle un chiste a su Bryn.
La risa dura nueve segundos.
Después, el silencio de la cocina, y la voz de la institutriz, baja, casi inaudible desde el descansillo, diciéndole algo a la pequeña que no alcanzo a oír. Y, después, otra risa — esta sí entera, descendida de una sola sílaba, ya no la de Pippa. Es la de la institutriz.
Una carcajada.
No es la sonrisa de un solo lado del primer día en el saloncito del este.
No es la inclinación de cabeza del miércoles pasado, en el corredor del cuarto de la señora Henshaw.
No es el segundo y medio del segundo «milady».
No es la décima de la cuarta sílaba del «tampoco» de la escalera.
Es una carcajada entera, de mujer que se ha permitido una carcajada entera por primera vez en cinco años delante de tres mujeres mayores que ella y de una niña pequeña que la ha provocado sin saberlo.
Dura cuatro segundos.
Después se corta. No por decisión de la institutriz. Se corta porque la institutriz se ha llevado la mano izquierda a la boca, lo cual lo deduzco por el sonido pequeño del tejido del puño rozando el labio. Y entonces, encima del silencio que sigue, la voz de Pippa, encantada:
—¡Mi Bryn se ha reído, Eudora!
—Sí, princesita.
—¡Eudora, mira a mi Bryn!
—La estoy mirando, princesita. Veo a su Bryn perfectamente.
La cocinera vieja contesta a la niña pequeña en el tono pausado de las cocineras viejas que han decidido, esta tarde, no permitirle a la administradora doméstica nueva el azoramiento de haberse reído entera por primera vez.
Eudora ha aprendido en veintinueve años de cocinas del condado a no comentar las primeras carcajadas.
Y Eudora, en este viernes diez de abril, está cumpliendo el oficio.
Bajo los últimos escalones.
Cuando cruzo la arcada baja del fondo, los cuatro se vuelven a la vez.
La cocina entera está blanca de harina. Pippa, encaramada a un taburete junto a la mesa larga, lleva un delantal pequeño atado por Pearl que le cubre el vestido de muselina entero y una mancha de masa en la frente.
Pearl, detrás de Pippa, con las manos en jarras y la cofia blanca limpia, le sujeta el taburete sin que se note.
La institutriz — la administradora doméstica de la planta noble — está al otro lado de la mesa larga, con las dos mangas remangadas por encima del codo, las dos manos blancas de harina hasta la muñeca, la cinta del pelo del puño derecho atada hoy en azul claro, y, en la mano izquierda, el rodillo de madera dura con el que se está extendiendo en la mesa la masa para el pastel.
El moño bajo apretado le ha aguantado el cuarto de hora del rodillo, pero un mechón fino se le ha escapado a la sien derecha — el primero que le veo escapado en dieciocho días de cruzarla — y le cae oblicuo sobre la cicatriz pequeña de la ceja.
Y Eudora — la cocinera — está junto al horno bajo del fondo, con un trapo entre las dos manos, vigilando el pastel de manzana de la primera tanda que se está dorando dentro.
La carcajada de la institutriz se ha cortado tres segundos antes de mi entrada. La mano izquierda — la del puño con la cinta azul claro — sigue en la boca.
La baja al verme.
La baja despacio. Las dos manos vuelven al rodillo.
Los ojos verdes oscuros, no claros, se sostienen un segundo en los míos.
La cinta de mechón fino, escapada de la sien derecha, no se la sujeta — no se la permite sujetar.
Y, sin embargo, la cara entera de la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, sorprendida en la cocina del semisótano de su nuevo señor en la cuarta sílaba de una carcajada entera, no se le pone roja, ni siquiera rosada.
Se le queda exactamente del color del primer día — la palidez del norte, la del invierno, la de la duerme poco.
Lo cual significa que la mujer del rodillo, en lugar de ruborizarse, ha decidido no permitirse el rubor.
Le hago una inclinación menor.
—Señora Marlowe. Pearl. Eudora. Lady Pippa.