El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

La cortesía pequeña final llega del modo en que llegan las cosas de las cocineras viejas.

Eudora se levanta — la rodilla derecha le cruje un instante, lo cual ella ignora — y va al armario bajo del fondo.

Saca un paño de lino blanco doblado en cuatro.

Saca, encima del paño, un trozo pequeño de queso del condado envuelto en otra muselina.

Saca un higo seco. Saca una corteza pequeña de pan negro.

Vuelve a la mesa. Despliega el paño de lino blanco encima del platillo del scone.

Pone el queso. Pone el higo seco. Pone la corteza.

Recoge las cuatro esquinas del paño. Hace un hatillo pequeño.

Cierra el hatillo con la cinta blanca que tenía atada al delantal.

Pone el hatillo en mi mano izquierda — la mano sin anillo.

—Señora Marlowe. La cortesía de la primera tarde de las cocineras viejas a las administradoras nuevas, en este condado, es que la administradora nueva no vuelve a Ravenfell esta noche a pie limpia.

Vuelve a Ravenfell con un hatillo pequeño en la mano izquierda.

El hatillo se lo entrega usted a la cocinera de Ravenfell mañana al desayuno con su excelencia la duquesa.

La cocinera de Ravenfell lo entiende. El hatillo no es para milady.

Es para la cocinera de Ravenfell. Es la manera en la que dos cocineras viejas del condado se comunican que la administradora doméstica nueva pasa el invierno con dos casas, no con una. ¿Comprende, milady?

—Comprendo, Eudora.

Eudora se sienta otra vez. Bebe el último sorbo del té.

Apoya la taza vacía en el platillo sin ruido.

La luz de las dos ventanas altas del oeste, que ha estado bajando despacio durante los veintidós minutos de la conversación, le cae ahora sobre las manos enrojecidas de la cocinera y sobre el moño tirante bajo la cofia.

La chimenea baja de la izquierda apenas humea ya.

—Una última cosa, señora Marlowe.

—Eudora, ya van cinco.

La cocinera se permite por primera vez la sonrisa entera. Pequeña, contenida, sin diente, pero entera. La sostiene tres segundos.

—Su excelencia la pequeña Pippa, ya tiene seis años.

El domingo, en presencia mía porque yo había bajado una cesta de moras a Ravenfell, le preguntó a Beulah —la cocinera de su casa— si las viejas del condado conocían a su Bryn.

Beulah le contestó que sí. Y, sin pedirle parecer a su excelencia la duquesa, decidió allí mismo que la presentación entre las dos cocinas y la administradora doméstica nueva se anticipara al miércoles.

Es la primera vez en veintinueve años que Beulah decide un asunto del condado sin consultar a la duquesa.

Su excelencia, según me ha contado Pennywick, no ha mencionado el asunto a su marido.

Le advierto a milady de esta pequeñez porque la cortesía de las casas grandes exige que la administradora nueva sepa quién decidió la fecha en la que tomó por primera vez el té en la cocina de su nuevo señor.

No fue Hawthorn. No fui yo. Fue la pequeña Pippa, con seis años, al hacer una pregunta inocente a una mujer mayor en presencia de otra que estaba bajando una cesta de moras.

La cocinera me mira un instante.

—Eso, milady, es el condado. La administradora doméstica nueva tiene seis meses para acostumbrarse.

Aprieto el hatillo pequeño en la mano izquierda.

La cinta blanca, atada por la cocinera, me roza el anular. La mano izquierda — la que no lleva anillo — sostiene el hatillo sin moverse.

Le hago a Eudora una inclinación menor. Subo por la escalera de servicio del este al primer piso.

Cruzo el corredor hacia el cuarto de la señora Henshaw.

Pearl, la doncella alta de Ashvere, me cruza por el corredor con un cesto de ropa blanca limpia camino del cuarto de juegos del segundo piso — porque Pearl, en Ashvere, no es la Pearl de Ravenfell, es otra Pearl, una Pearl mayor, una que lleva siete años en esta casa — y me hace una inclinación menor sin que se me note el hatillo en la mano izquierda porque la Pearl de Ashvere lleva siete años aprendiendo a no ver los hatillos pequeños que las administradoras de paso traen de la cocina.

Entro en el cuarto de la señora Henshaw.

Cierro la puerta. Pongo el hatillo encima del escritorio. Cojo la pluma — la nueva, sin estrenar, que Hawthorn me dejó el lunes — y el lápiz fino, que también dejó. Abro el cuaderno por la página de la despensa pequeña. Anoto, a lápiz, al margen exterior, en mi caligrafía pequeña:

«Eudora — moras de Maud — siete tarros en la balda — destino: cottage de Maud — antes del jueves veintidós».

Doy vuelta a la página. Anoto debajo, sin permitirme la siguiente línea pero permitiéndomela ya:

«El señor conde le ha preguntado a la cocinera por la madre del difunto».

Y, en la línea siguiente, con la misma caligrafía pequeña pero la pluma ya menos firme:

«Pippa, sin saberlo, ha sido la cuarta jugadora del tablero».

Cierro el cuaderno.

Apoyo las manos extendidas, palmas hacia abajo, encima de la cubierta de piel oscura.

Las luces tibias del oeste empiezan a bajar contra los cristales del cuarto.

El reloj pequeño que la señora Henshaw dejó en la repisa antes de retirarse a su sobrina en mil ochocientos quince — un reloj de madera oscura, sencillo, sin esmalte — adelanta dos minutos según he comprobado yo misma esta mañana, lo cual significa que el reloj y yo, en esta casa, vamos a ir bien.

Bajo del cuaderno la mano izquierda.

La mano del hatillo. La que sigue, cuatro horas después de la presentación, oliendo levemente a la lana cruda de la cinta blanca de la cocinera, y, debajo de la lana, a algo más viejo.

Es romero del huerto de los Ashen.