CAPÍTULO 12 #2
—Maud tiene cincuenta y siete años. Es la lavandera mayor de Ashvere desde mil ochocientos uno.
Si milady, en el inventario, decide pasar a la lista de baja los siete tarros porque cinco meses son mucho tiempo para una mermelada del condado, los pasa, sí, pero le pide a Hawthorn que los lleve al cottage de Maud antes del jueves siguiente.
Maud no le va a comentar nada a milady. Pero Maud, los inviernos en los que las moras llegan tarde, hace los tarros del año en grandes cantidades porque sabe que parte del lote va a quedarse en la balda hasta la primavera, y porque la última vez que parte del lote no se quedó en la balda, hace nueve años, fue el invierno del aguanieve.
La administradora doméstica nueva no necesita saberlo. La cocinera vieja prefiere que lo sepa.
Bajo la cabeza. Pongo la taza en el platillo despacio para no romper el silencio entre las dos.
—Le agradezco, Eudora.
La cocinera asiente. Levanta la taza. Bebe el tercer sorbo. Mira un instante hacia la chimenea baja del rincón. Después, sin volver los ojos:
—La tercera cosa, señora Marlowe. La última de la tarde, porque las cocineras viejas no sueltan más de tres cosas en una primera presentación.
Asiento.
—El señor conde.
Las dos manos sobre la mesa, exactamente quietas.
—El señor conde lleva diez días viniendo a la cocina del semisótano.
Una vez al día, sobre las once de la mañana, antes del almuerzo.
Baja por la escalera de servicio del este — la que milady ha bajado ahora — y se sienta en el sitio donde milady está sentada.
Pide café. Le sirvo café. Bebe el café conmigo en la mesa larga durante doce minutos exactos.
Me hace dos preguntas. Una, siempre, sobre el menú del día.
La otra cambia. Hoy, antes de subir a vestirse para el té que él mismo le ha pedido a Hawthorn que organice por usted en la cocina, me hizo la otra pregunta del día.
Le voy a transmitir a milady la otra pregunta del día, y le voy a transmitir, además, la respuesta que le di.
Aprieto un dedo contra la taza.
—Le escucho, Eudora.
La cocinera baja la voz un grado, sin que el cambio le altere la cara.
—El señor conde me preguntó si la madre del señor difunto bebía el té con leche o con crema.
Le contesté: con crema entera, milord, igual que la madre de la actual señora marquesa, que era la suya.
Después le pregunté al señor conde si tenía intención de pedir crema entera o leche fría para el té de los lunes, miércoles y viernes durante el próximo trimestre.
El señor conde me contestó: ninguno de los dos. Lo dispondrá la señora Marlowe.
Bebo el cuarto sorbo. Esta vez sin levantar la taza más de lo necesario.
—Comprendido, Eudora.
—Una cosa más, señora Marlowe. Y entonces ya no son tres, sino cuatro, pero la cuarta es la cortesía que yo le debo a milady por la cara con la que acaba de oír las tres anteriores.
Le advierto que el señor conde, al hacerme esa pregunta esta mañana, no estaba pidiendo información sobre la crema del condado.
Estaba comprobando, sin permitírselo a sí mismo, si la cocinera vieja de la casa del difunto señor era una mujer del condado que se dejaba responder por la administradora doméstica nueva en una cuestión doméstica menor sin tomarse la pregunta como ofensa.
Le digo a milady que no me la he tomado. Y le digo que no me la voy a tomar.
Eudora me sostiene la mirada un segundo entero. Después baja la suya a la taza, en una pequeña pausa de las cocineras viejas que ya han soltado la información y han decidido que la tarde, a partir de ahí, se sostenga sola por la cortesía del scone.
Aprieto un instante el cuaderno bajo la rodilla — el cuaderno encuadernado en piel oscura que llevo conmigo y que en el cuarto de la señora Henshaw, dentro de quince minutos, voy a abrir por la página de las cuentas de la despensa para anotar a lápiz, en el margen exterior, una sola palabra:
«Eudora — moras de Maud — siete tarros en la balda — destino: cottage de Maud — antes del jueves veintidós».
Y, debajo, sin permitírmelo:
«El señor conde le ha preguntado a la cocinera por la madre del difunto».
Pero todavía no estoy en el cuarto de la señora Henshaw.
Estoy en la cocina del semisótano, en la silla de la cabecera de la mesa larga, con la cocinera vieja de la casa al lado, no enfrente.
Y la cocinera vieja ha decidido, sin permitírselo a la administradora doméstica nueva, que la primera tarde se cierre con una cortesía pequeña final, en lugar de con las cuatro cosas grandes.