CAPÍTULO 12
La cocinera Eudora me espera, el miércoles a las cuatro menos siete minutos, en la cocina del semisótano de Ashvere Hall.
La cocinera lleva en la casa veintinueve años.
Esa cifra me la confirmó Hawthorn ayer al pasar por delante del cuarto de la señora Henshaw, sin haberle preguntado yo, en una de las pequeñas franquezas que el mayordomo va decidiendo entregarme con el cuentagotas de los servicios viejos.
Eudora le sirvió a la madre del difunto señor en los últimos cinco años de su vida, a su tío durante toda su soltería, y a la primera mujer del señor en los seis años de su breve matrimonio.
Hawthorn no me amplió la información sobre la primera mujer del señor. No le pregunté.
Bajo por la escalera de servicio del este al semisótano a las cuatro menos seis.
Llevo el vestido gris claro de las tardes — el mismo que el lunes, el mismo que el primer día.
Las botas de cabritilla parda. Sin guantes.
La capa de paño gris medio la he dejado colgada del respaldo de la silla del despacho del primer piso, como el lunes.
El cuaderno encuadernado en piel oscura me lo he traído conmigo, pero apretado contra el costado izquierdo, no en la mano.
Una administradora doméstica nueva que baja a la cocina a las cuatro de una tarde con el cuaderno por delante es una administradora que va a corregir.
Una que baja con el cuaderno escondido es una que viene a aprender.
La escalera de servicio del este desemboca en el corredor de la cocina por una arcada baja de piedra clara.
Cocina grande, de techo abovedado, con dos ventanas altas que dan al jardín pequeño del oeste.
Una mesa larga de madera oscura en el centro, fregada hasta la veta.
Una despensa pequeña al fondo, con su propia puerta de roble.
Tres hornillas — dos de hierro, una de carbón.
Una chimenea baja a la izquierda, encendida apenas con un par de leños menores.
El cobre de las cazuelas, colgado de un travesaño, refleja la luz tibia de la tarde.
Eudora está sentada a la mesa larga.
Es la primera vez que me la presentan formalmente.
La cocinera tendrá unos sesenta y cinco años.
Pequeña, robusta, con las manos grandes y enrojecidas de quien ha pelado patatas durante cinco décadas.
Pelo blanco recogido en un moño tirante bajo una cofia blanca limpia.
Delantal blanco impecable, sin manchas. Pero el delantal — y esto me cae al ojo en el primer segundo — no es el delantal de trabajo, es uno más fino, de los que las cocineras viejas guardan para los días en que reciben visita.
Eudora me ha sacado el té.
Sobre la mesa, dos tazas. Una jarra pequeña de loza marrón con la infusión ya hecha.
Dos cucharillas. Un platito pequeño de scones tibios.
Un cuenco menor con mantequilla. Y, al lado de la jarra, sin azucarero ni leche, dos cosas pequeñas que llevo dos años sin ver juntas en la misma bandeja: un trozo pequeño de azúcar oscuro, del de las prensas de Lancaster, y una jarrita de crema entera, no de leche.
Es la prueba.
Una cocinera vieja del condado no le pregunta a la administradora nueva cómo prefiere el té.
Lo pone. Y, según la composición exacta de lo que pone en la bandeja, le hace cuatro preguntas sin pronunciarlas: ¿azúcar de prensa o miel?
; ¿leche o crema entera?; ¿caliente o tibio?
; y la única que se hace explícita, ¿lo bebe como yo se lo servía a alguien en concreto de la casa, o no?
La administradora doméstica nueva acepta el té como lo encuentre.
La administradora doméstica nueva que rectifica el té que la cocinera vieja le ha sacado — pidiendo leche en lugar de crema, miel en lugar de azúcar oscuro, una segunda cucharilla, un platito limpio — no dura tres meses en la casa.
Eso lo aprendí a los diecinueve años, en mi propia casa de Yorkshire, cuando la cocinera de mi madre, Beulah, le sacó el té a una pretendiente de mi hermano mayor por primera vez con leche fría en lugar de crema entera, y la pretendiente, sin entender el examen, pidió crema. La pretendiente no volvió a la casa.
Eudora se levanta al verme.
Hace una reverencia pequeña, la propia de las cocineras viejas del condado que reciben a una administradora doméstica nueva en su propio territorio: ni la reverencia profunda del servicio en formación del lunes, ni la inclinación de cabeza de las iguales.
Una flexión menor de la rodilla derecha, dos dedos de inclinación de la cabeza, las dos manos cruzadas sobre el delantal.
—Señora Marlowe.
—Eudora. Le agradezco la invitación.
—Su excelencia su Bryn, la pequeña, me contó el domingo a primera hora que en la casa de Ravenfell se prefiere el té con azúcar de prensa y crema entera. Si milady prefiere la cocina vieja de su propia infancia, pásemelo en este cuarto de hora y rectifico la bandeja del miércoles próximo.
Bajo medio grado la cabeza.
—Pippa lleva nueve meses bebiendo el té conmigo. Y, en nueve meses, no le he visto adivinar mal una sola preferencia de un adulto. La bandeja se queda como la ha puesto.
Eudora me sostiene la mirada un instante.
Después, sin sonrisa entera — porque las cocineras viejas no se permiten sonrisas enteras la primera tarde —, deja que se le mueva una comisura pequeña de la boca.
Me indica con la mano abierta la silla de la cabecera de la mesa larga.
Tomo asiento. La cocinera se sienta al lado, no enfrente, lo cual es la cortesía exacta de las cocineras viejas del condado: enfrente sería igualdad, lado sería servicio.
Eudora, en el lado, ha mantenido el oficio.
Me sirve el té. Una cucharada de azúcar oscuro, dos dedos de crema entera, el resto de la taza con la infusión. Me lo deja en el platillo. Pone delante un scone tibio en otro plato. Me sirve el suyo. Una cucharada, dos dedos, la infusión.
La cocinera bebe el primer sorbo antes que yo, lo cual es otra cortesía menor — la prueba previa de las cocineras viejas, que les sirven al señor solo después de haber probado ellas.
No tendría por qué hacerlo conmigo, que soy administradora doméstica, no señora de la casa. Pero lo hace. Y eso lo guardo.
Bebo el primer sorbo.
Está demasiado caliente. Eudora deja pasar un instante para que la taza me deje de quemar el labio. Después se permite la primera frase de la tarde, la frase de presentación de las cocineras viejas:
—Llevo veintinueve años en esta casa, señora Marlowe.
He visto a la señora condesa madre del difunto señor irse en un agosto, a la primera mujer del señor irse en un invierno, al propio difunto señor irse en una noviembre fría.
He cocinado para cuatro veranos de cacería con dieciocho caballeros a la mesa larga del comedor grande.
He cocinado, también, para una cena de uno en el mismo comedor grande la primera noche del señor conde actual, la noche del veinticinco de febrero del año en curso.
La cocinera vieja de una casa grande sabe qué amaneceres se vienen detrás de cada noche.
La administradora doméstica nueva, los primeros seis meses, tiene la obligación de aprender los amaneceres por la cocinera vieja, no por el mayordomo.
Asiento.
—Le escucho, Eudora.
La cocinera bebe el segundo sorbo. Apoya la taza.
—Hawthorn es un buen mayordomo. El mejor del condado, posiblemente.
Pero los mayordomos buenos guardan las cosas hacia abajo, no hacia arriba.
Lo que el señor conde sabe de la casa, en esta primera primavera, es lo que Hawthorn le ha decidido contar.
Si milady, en algún momento de los próximos seis meses, advierte que una cuenta no le cuadra y la cuenta proviene de la cocina, baje usted aquí y siéntese a esta mesa.
La cuenta se la cuadro yo. Si la cuenta no proviene de la cocina, no baje.
Hawthorn la cuadra. Hawthorn y yo llevamos veintiocho años repartiéndonos las cuentas.
La administradora doméstica nueva no es responsable de saber quién cuadra qué hasta el día de San Juan.
—Comprendido.
—La segunda cosa, señora Marlowe.
—Adelante, Eudora.
—La despensa pequeña. La que está al fondo de esta cocina.
La administradora doméstica nueva, según Hawthorn me ha dicho ayer al pasar por delante del cuarto de la señora Henshaw, va a tomar el inventario de la despensa pequeña en los próximos diez días.
Yo le advierto, antes de que tome el inventario, que en la balda de arriba a la izquierda hay siete tarros de mermelada que llevan en la balda desde el quince de octubre del año pasado.
Los siete tarros los hizo la lavandera mayor, Maud, con las moras del cottage de los Ashen.
Maud le pidió permiso al difunto señor antes del aguanieve del catorce de noviembre para usar la cocina pequeña un sábado por la mañana.
El difunto señor le concedió permiso. Maud hizo los siete tarros sola, en tres horas, mientras la cocina grande estaba parada.
Después Maud subió tres tarros al despacho del señor — y tres tarros le quedaron de regalo a Maud.
El séptimo — el último — Maud lo subió en febrero al cuarto pequeño donde el señor pasaba los inviernos enteros encerrado, y se lo dejó en la mesa de noche sin nota.
Después, en el aguanieve, el señor cayó enfermo.
Los tres tarros del despacho los devolvió Hawthorn a la balda al día siguiente del entierro.
El cuarto del cuarto pequeño se lo quedó Maud.
Los siete tarros, juntos otra vez, llevan en la balda desde entonces.
Eudora deja pasar un instante.