CAPÍTULO 11 #3
En el umbral, sin volverse del todo, sin permitirme verle la cara de tres cuartos, dice una última cosa por encima del hombro:
—Señor conde. El libro mayor del año en curso.
Lo voy a abrir en este despacho durante las tardes y voy a anotar a lápiz al margen las equivalencias de las cuarenta y siete partidas viejas, las que su mayordomo le indicó al señor conde en el repaso del mes pasado.
¿Le acepto al señor conde la tarea, o prefiere que la mantenga Hawthorn?
Apoyo las dos manos en la mesa.
—¿Cómo se ha enterado, señora Marlowe, de las cuarenta y siete partidas?
La administradora doméstica se vuelve por fin.
Los ojos verdes oscuros. La cinta verde del puño derecho de la manga, quieta.
La cara impasible, esta vez. No la sonrisa pequeña del primer día.
Una cara de administradora doméstica del condado que ha entendido que el caballero del condado al que sirve va a hacerle, en la séptima tarde aproximadamente, la pregunta que un caballero del condado no puede no hacerle.
Y que la administradora doméstica, esta primera tarde, tiene una respuesta preparada.
—Su excelencia el duque de Ravenfell me lo mencionó al desayuno del sábado pasado, señor conde, sin permitírselo a sí mismo.
Yo le advertí a su excelencia, con la cortesía menor, que la información no debía haber salido del despacho del primer piso.
Su excelencia se disculpó. Le advertí a su excelencia, además, que yo no se lo mencionaría al señor conde si el señor conde no me preguntara directamente.
El señor conde acaba de preguntarme directamente.
Bajo medio grado la cabeza.
—Comprendido. Acepte la tarea, señora Marlowe. Las cuarenta y siete equivalencias quedan a su cargo. La caligrafía del lápiz, fina.
—Le agradezco.
Cruza el umbral. La puerta del despacho se cierra detrás suyo con la suavidad de las puertas que las administradoras nuevas saben cerrar el primer día.
Los pasos por el corredor van bajando hacia el cuarto de la señora Henshaw.
La capa de paño gris medio le roza el marco del cuadro del paisaje del lago que cuelga junto a la escalera — un sonido pequeñísimo, un solo segundo, que la administradora doméstica habrá advertido y enmendará la siguiente tarde.
Me dejo caer en el sillón.
Apoyo los codos en la mesa. Las dos manos en la cabeza.
El reloj de pared del rincón da las dos y media con la voz grave, dos golpes.
La luz del despacho — la luz blanca alta del norte que ahora se va volviendo lenta hacia el amarillo plomizo de las tardes de abril — me cae sobre las dos manos cruzadas en la frente.
Sobre las cuarenta y siete partidas — sobre lo que Brennan le habrá soltado a la institutriz al desayuno del sábado pasado sin permitírselo — no le voy a hacer una sola pregunta más a la administradora doméstica. Brennan tendrá la conversación que tenga el viernes próximo, si decide tenerla.
Voy a esperar a la cocinera Eudora.
La cocinera Eudora no invita al té de la tarde a una administradora nueva por iniciativa propia.
La cocinera Eudora ha anticipado la presentación al miércoles de la primera semana porque Pippa, mandada por Cora, ha bajado a la cocina con una pregunta sobre si las cocineras viejas del condado conocen a su Bryn.
Cora ha movido a Pippa. Pippa ha movido a la cocinera. La cocinera ha movido el calendario.
La luz del despacho gira un grado más al amarillo plomizo.
Hawthorn cruza el corredor del primer piso con paso lento y sin necesidad, lo cual es la pequeña tradición de los mayordomos viejos cuando una administradora nueva ha cerrado por primera vez la puerta del cuarto de la señora Henshaw desde dentro y el mayordomo prefiere quedarse en la planta noble por si su nueva colega — que no ha pisado nunca antes esta casa — necesita preguntar algo que no quiera preguntarle al señor.
Hawthorn no me golpea la puerta. Solo pasa.
La luz de la lámpara pequeña del corredor le proyecta la sombra una décima de segundo en el marco entornado de mi despacho.
Después se aleja hacia el extremo norte del pasillo.
Yo bajo las manos de la cabeza. Cojo la pluma. Saco la libreta de cuero del bolsillo interior del chaleco. La abro por la página de la línea de aceptación del viernes veinte de marzo.
Añado una línea más:
«Cinco cuestiones de protocolo. Una sexta de cortesía. La capa en el respaldo de la silla del despacho».
Y, debajo, sin pensarlo, en la línea siguiente:
«Las cuarenta y siete partidas las va a anotar ella misma».
La pluma se queda quieta un instante sobre la página.
La pongo de nuevo en el tintero. Cierro la libreta.
La guardo. Bajo al jardín del este por la escalera de servicio sin avisar a Beth ni a Hawthorn — el jardín del este, no el del sur.
Necesito caminar veinte minutos al aire del valle antes de que la administradora doméstica de la planta noble, a las seis y cuarto, suba al despacho a entregarme la primera nota de la primera tarde con la cortesía que se le exige a la administradora doméstica de la planta noble en su primer día.