El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—No. Que suba aquí. Y, Hawthorn — la puerta entornada un palmo.

Hawthorn asiente. Sale. Llama a la administradora doméstica desde el corredor con el tono neutro de las casas grandes — sin alzar la voz, solo con el nombre y la indicación del despacho. Oigo su contestación. Oigo los pasos.

La institutriz entra al despacho a las dos y diecinueve.

Cierro la pluma. Me levanto. Le hago la inclinación pequeña del empleo.

Le indico con un gesto el sillón frente a la mesa.

La administradora doméstica se sienta — sin esperar a que yo me siente primero, lo cual habría sido lo de la velada musical.

Esta vez se sienta a la vez. Es una distinción pequeña.

La del miembro del servicio de la casa que ha aceptado la posición y ya no se trata con la cortesía del visitante.

—Señor conde.

—Señora Marlowe.

—Le agradezco la audiencia. Cinco cuestiones de protocolo doméstico, si me lo permite. La primera. El libro mayor del año en curso usted indica que se queda en el despacho. ¿La cuenta de la despensa, en cambio?

—La cuenta de la despensa baja con usted al cuarto de la señora Henshaw.

La cocinera Eudora le subirá el cuaderno de la cuenta a las cinco menos cuarto cada lunes.

Le ruego que las correcciones que considere oportunas las anote a lápiz.

La cocinera Eudora las trasladará al cuaderno al día siguiente con tinta, si las aprueba.

—Comprendido. La segunda. El servicio de la planta noble.

Hawthorn me ha presentado a catorce personas.

Le advierto al señor conde — y a Hawthorn — que voy a empezar por aprender a las catorce de memoria, con nombre, lugar de procedencia y antigüedad, antes de tocar la lavandería.

Le ruego al señor conde paciencia hasta finales de abril.

—Concedida. La tercera.

—El cuarto del difunto señor.

Levanto la vista.

—Hawthorn me ha indicado, al pasar por delante del corredor sur, que el cuarto del difunto señor se ha abierto el viernes pasado y se ha vestido la cama nueva.

Le pregunto al señor conde si tiene la intención de mudarse al cuarto del difunto señor desde el cuarto del huésped principal, y si me indica una fecha.

La razón de la pregunta es que el cuarto del difunto señor compromete a dos doncellas para el aseo diario.

Si el señor permanece en el cuarto del huésped principal, las dos doncellas mantienen sus turnos del año pasado. Si el señor se muda, se reorganiza.

Bajo la cabeza un grado.

—Me mudaré al cuarto del difunto señor, señora Marlowe, la noche del segundo lunes de mayo. Tiene usted cinco semanas para la reorganización.

—Comprendido. La cuarta. El cuarto del huésped principal queda libre.

Le ruego permiso para reservarlo, los lunes, miércoles y viernes, como cuarto auxiliar de la administradora doméstica, no para pernoctar, sino para que la señora Marlowe — esto es, yo — pueda mantener allí una jarra de agua tibia, un espejo, una palangana pequeña y un cepillo para refrescarme las manos antes del trabajo de las tardes.

Necesidad menor. Le ruego al señor conde que no se le mencione esta petición a su excelencia la duquesa de Ravenfell.

Sostengo la mirada de la administradora doméstica un segundo entero. Es la primera petición de la tarde en la que la cara — los ojos verdes oscuros — se le tensa medio grado por debajo de la cortesía del oficio.

—Concedido, señora Marlowe. El cuarto del huésped principal queda reservado para usted en las tres tardes.

Le pediré a Hawthorn que lo prepare cada lunes, miércoles y viernes a la una y media.

Y le aseguro que su excelencia la duquesa no será informada por mí.

Si su excelencia preguntara directamente, le contestaría que la institutriz dispone, durante su trabajo en Ashvere, de un cuarto auxiliar, sin más detalle. ¿La quinta cuestión?

—Las llaves pequeñas.

—Hawthorn le entregará las llaves pequeñas del armario del pasillo, de la despensa pequeña, del cuarto de costura, de la sala de música, del invernadero pequeño, de la biblioteca menor del primer piso, y del cuarto de la señora Henshaw.

Las grandes — las del portón principal, las del despacho del señor, las del cuarto del difunto señor, las de la cuadra y las de la bodega — permanecen con Hawthorn. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, señor conde.

La administradora doméstica se permite una pausa pequeña. Levanta apenas una mano — la derecha, la del anillo — y la deja caer otra vez en el regazo.

—Una sexta cuestión, si me lo permite. No la conté en las cinco porque no es de protocolo, es de cortesía.

La cocinera Eudora me ha enviado a Hawthorn esta misma tarde una invitación a tomar el té en la cocina el miércoles próximo a las cuatro.

Mi acuerdo con el señor conde, recordado el viernes pasado en el saloncito amarillo, era que la cocinera y yo no nos veríamos hasta la séptima tarde.

Hoy es la primera. La cocinera ha decidido por sí misma, sin pedir el parecer al mayordomo, anticipar la presentación.

Le advierto al señor conde para que decida si la cortesía mantiene la regla de la séptima tarde, o si acepto el miércoles.

Cruzo las manos sobre la mesa.

—Señora Marlowe. ¿Cuál es su preferencia?

La administradora doméstica baja medio segundo la vista. La levanta.

—Aceptar el miércoles, señor conde. La cocinera Eudora es una mujer mayor del condado que ha visto a varias administradoras antes que yo en otras casas. Su decisión de anticipar la presentación es una cortesía profesional. Rechazársela sería ofenderla.

—Acepte el miércoles. Hawthorn lo confirmará a la cocinera por usted.

—Le agradezco.

La administradora doméstica se levanta. Inclinación de cabeza.

Cruza el despacho hasta la puerta. La capa de paño gris medio que llevaba doblada sobre el brazo izquierdo a la llegada está ahora colgada del respaldo de la silla del despacho — la dejó al sentarse, sin que yo se lo indicara, lo cual fue el primer gesto de la tarde de pertenencia menor al cuarto. La recoge al salir.