El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Doce días después de la conversación del saloncito amarillo, el primer lunes de abril llega sin que el cielo del valle haga ningún esfuerzo por marcarlo.

Hawthorn me sube al despacho un té caliente sin azúcar a las nueve, como le pedí.

La cocinera Eudora se ha ocupado personalmente del té — el aroma, al levantar la tetera, es de la mezcla que la señora Ashen le manda desde el cottage del oeste cada Pascua.

Lo bebo en el despacho. Trabajo dos horas en una carta al alguacil del valle sobre Wilkin que ya me ha mandado dos respuestas evasivas.

La tercera carta tiene que ser más firme.

La escribo, la sello, la dejo en la bandeja de salida para que Tobías la lleve a Keswick antes de las cuatro.

A las once subo a vestirme.

La levita gris claro la dejé el viernes pasado preparada para hoy.

Llevo días deshaciendo y volviendo a hacer esa pequeña decisión: gris claro como la del primer encuentro, no la marrón oscura de la cena del viernes; el chaleco del color crema, sin bordado, no el de seda gris; los guantes de cabritilla negros del invierno, todavía, porque el frío del norte no afloja hasta finales del mes.

Me afeito con cuidado. Me ato la corbata sin pedirle ayuda a Hawthorn.

Bajo al comedor pequeño antes de las doce.

La cocinera Eudora me ha preparado un almuerzo ligero, lo cual no se lo he pedido pero ha decidido por sí misma, porque la cocinera Eudora lleva veintiocho años aprendiendo en cocinas del condado a leer los lunes en que su señor no necesita el peso de un cordero en el estómago.

Sopa de gallina, pan blando, una pera. Le acepto los tres platos.

Le mando recado por Beth — la doncella alta de Ashvere — para que el resto del servicio quede prevenido: a la una y cincuenta y cinco, en el zaguán, en formación, sin uniforme de etiqueta, en la levita de los días normales.

La señora Marlowe llegará al portillo del jardín del sur a las dos en punto.

Hawthorn entra al despacho a la una y cuarenta y dos.

—Milord. El servicio está formado en el zaguán a partir del minuto cincuenta.

—Comprendido.

—Una observación, milord.

—Le escucho.

—Pennywick me ha mandado un recado por Tobías esta mañana a las once.

La señora Marlowe pidió a Pennywick autorización para cruzar el jardín del sur sola, sin ser acompañada por Pearl ni por mí ni por nadie del servicio de Ravenfell.

Pennywick le concedió la autorización. La razón es que la señora Marlowe quiere abrir el portillo ella misma la primera vez.

Bajo la pluma.

—¿La bisagra responde?

—El herrero del valle la cambió el viernes veintiséis de marzo. Las dos superiores se engrasaron el sábado siguiente. El portillo abre sin ruido. Cuatro libras y media de hierro forjado nuevo, milord.

—Gracias.

Hawthorn se retira.

Bajo al zaguán a la una y cincuenta. Beth, Mary la doncella joven, Greaves el ayuda de cámara, los dos pinches de cocina, el zagal de la huerta, Tobías, la cocinera Eudora con un delantal limpio en lugar del de la cocina, otro mozo de cuadra que no he conocido todavía, y dos mujeres mayores de la lavandería que rara vez suben de la planta baja.

En total catorce personas en línea contra la pared del este, con Hawthorn en cabeza.

La luz blanca alta del norte, que entra por las dos ventanas del zaguán a esta hora, le cae sobre los hombros a Hawthorn y baja en oblicuo sobre la fila.

Cojo posición a cuatro pasos del umbral interior, donde el zaguán se abre al pasillo principal de la planta noble.

La regla del condado para presentaciones de empleo doméstico exige que el señor de la casa se mantenga en la línea natural del pasillo, no del zaguán — porque el zaguán es el sitio de los visitantes, y la administradora doméstica de la planta noble no es una visita. Es una entrante.

Hawthorn permanece junto a la puerta del zaguán, listo para abrir.

A las dos en punto, el reloj de pared del rincón da la hora — dos veces, con la voz grave del reloj alemán de mil setecientos noventa que ya conozco.

En el segundo golpe, oigo el portillo del jardín del sur abrirse desde el muro de piedra.

No suena. Eso fue lo que se le pagó al herrero.

Pero, en el silencio del zaguán a las dos en punto, el ruido pequeñísimo de la madera del marco soltando la pieza, el roce mínimo del paño de un vestido por el lado interior del portillo, los seis pasos que recorren la gravilla del jardín del sur hasta el primer escalón de la puerta de servicio del este — todo eso llega al zaguán por la geometría natural de la casa, sin que nadie del servicio se vuelva.

Pasa medio minuto. Después, los pasos en el corredor que viene de la puerta del este. Y, finalmente, Hawthorn abre la puerta del zaguán.

La institutriz cruza el umbral.

Lleva el vestido gris claro del primer día, el broche de azabache, el moño bajo apretado.

Sin sombrero — porque ha cruzado un jardín, no un camino.

Sin sobretodo — porque cuatro grados de aire no exigen sobretodo a una mujer del condado que ha pasado el invierno entero subiendo y bajando la escalera de Ravenfell.

Lleva, sí, una capa pequeña de paño gris medio doblada sobre el brazo izquierdo, por si la tarde refresca.

Y, en la mano derecha, un cuaderno pequeño encuadernado en piel oscura con una cinta sujetadora.

La cinta del puño derecho de la manga ya no es blanca. Es de un verde oscuro, casi negro — el verde de la lana invernal del condado, neutral, ni de fiesta ni de luto. La cinta verde no marca nada. La cinta verde dice que la institutriz, esta tarde, ha decidido no marcar.

Le hago una inclinación. La que la regla del condado exige a una administradora doméstica de la planta noble en su primer día: ni la del primer encuentro, ni la del saloncito amarillo, ni la del paseo a Portinscale.

Una inclinación de empleo. Cortés, breve, sin un grado por encima de lo que el oficio pide.

—Señora Marlowe. Bienvenida a Ashvere Hall.

Devuelve la inclinación con la cabeza. La cinta sujetadora del cuaderno le tiembla apenas medio dedo.

—Señor conde. Le agradezco.

—Hawthorn le presentará al servicio. Yo me retiraré al despacho del primer piso para no interferir en la presentación. Si necesita usted algo de mí esta tarde, Hawthorn me lo hará saber.

—Comprendido.

La frase, sin que yo se la haya pasado por delante, sale de su boca con la naturalidad de las administradoras que llevan años aceptando instrucciones de los señores de las casas en las que sirven.

Hawthorn levanta una ceja un milímetro. Yo lo advierto, lo guardo sin permitírmelo más, y subo la escalera principal hacia el despacho del primer piso sin volverme.

La regla la cumple Hawthorn al pie de la letra.

Lo oigo desde el despacho mientras cierro la primera carta de la tarde — la respuesta al rector Holcomb sobre la colecta del nuevo órgano.

Hawthorn presenta al servicio por orden estricto de jerarquía: cocinera, doncella alta, doncella joven, ayuda de cámara, mozos, pinches, lavanderas.

Cada miembro del servicio hace su inclinación.

La institutriz devuelve la suya — no oigo las palabras, oigo el ritmo.

Es un ritmo pausado, sin urgencia, sin precipitación.

La presentación tarda doce minutos exactos.

A las dos y catorce, los pasos del servicio se dispersan por la casa, y los pasos de Hawthorn y la administradora doméstica suben por la escalera principal hacia el primer piso.

Pasan por delante de mi puerta sin detenerse.

Hawthorn la lleva primero al cuarto de la señora Henshaw — el cuarto del ama de llaves vieja, que mi tío contrató en mil ochocientos uno y que se retiró por edad en mil ochocientos quince.

El cuarto está cerrado desde entonces. Es el cuarto donde la administradora de la planta noble guarda los libros mayores domésticos, la lista de la lavandería, el inventario de la despensa, las llaves pequeñas de los armarios del pasillo.

Hawthorn lo ha abierto esta mañana. Le ha quitado el polvo Mary la doncella joven.

Le ha puesto en la mesa pequeña un tintero nuevo, una pluma sin estrenar, un secante, y un libro mayor en blanco encuadernado en lana cruda — el regalo de bienvenida que decidí enviar al cuarto de la señora Henshaw el viernes anterior, sin tarjeta.

La oigo cruzar el umbral por el chasquido pequeño del picaporte.

La oigo, también, no hablar durante un minuto entero, mientras Hawthorn — supongo — espera en la puerta a un palmo, con las manos cruzadas a la espalda, dándole tiempo a la administradora doméstica de habituarse al cuarto. Después llega su voz, baja, a través del corredor:

—Hawthorn. El libro mayor del año en curso, ¿está en el cuarto o en el despacho del señor?

—En el despacho del señor, señora Marlowe.

—Le ruego que se quede aquí. Yo subiré al despacho del señor por el libro mayor del año en curso, le pediré al señor permiso para llevármelo durante la tarde a este cuarto, y le pediré, además, una conversación inicial breve de protocolo doméstico.

Cinco minutos. ¿Le advierto al señor por un pinche?

—Yo le advierto al señor, señora Marlowe.

—Le agradezco.

Los pasos pequeños de Hawthorn por el corredor.

Hawthorn entra al despacho a los dos minutos exactos con la cara impasible de los mayordomos viejos que han recibido por la mañana una indicación protocolaria nueva y han decidido que es buena.

—Milord. La señora Marlowe pide audiencia de cinco minutos para una conversación inicial de protocolo doméstico. Quiere también su permiso para llevarse el libro mayor del año en curso al cuarto de la señora Henshaw durante la tarde.

Cierro el sobre de la carta al rector. Lo dejo en la bandeja.

—Concedidos los cinco minutos. El libro mayor permanece donde está, en el despacho. La señora Marlowe puede consultarlo aquí cuando lo necesite. La razón se la explicaré yo en la conversación.

—Como milord disponga. ¿Le acompaño al cuarto de la señora Henshaw?