CAPÍTULO 10 #2
—El portillo. Mi marido y yo hemos discutido el coste del engrasado y de la herrería pequeña que necesita la bisagra inferior.
Mi marido insiste en partirlo. Yo le he dicho a mi marido que usted se ha comprometido el martes pasado a asumirlo entero.
Mi marido, después de un cuarto de hora de discusión, ha aceptado mi versión.
Le ruego que mañana, cuando le envíe a mi marido la carta de agradecimiento por el saloncito de hoy, no mencione el portillo.
Mi marido no necesita saber que ha perdido el cuarto de hora.
Asiento.
Cora coge la taza de café que Pennywick le ha dejado fría. La aparta sin probarla. La sonrisa pequeña entera, la del martes pasado al cierre del saloncito, le vuelve por dos segundos.
—Pennywick le acompañará a la salida, Cael. Buen viaje a Ashvere.
—Su excelencia.
Bajo por la escalera principal. Pennywick me devuelve el sobretodo, el sombrero.
Cruzo el zaguán. Salgo al patio. Subo a Hume sin volverme a la fachada lateral del primer piso.
La cinta blanca del puño derecho de la manga de la institutriz no me la permito buscar en la ventana del cuarto de juegos.
Lo que me permito, cuando Hume el caballo cruza el portón principal hacia el camino del este, es soltar la respiración que llevo conteniendo desde la inclinación de la institutriz en el umbral del saloncito amarillo.
Cuatro pasos del caballo después de soltarla, el aire del valle me devuelve la respiración entera sin presión en el pecho.
Hume el caballo cubre los cinco kilómetros al ritmo del camino. Llego a Ashvere a las doce menos cinco. Tobías me recibe a Hume en el patio. Hawthorn me espera en el umbral con las manos cruzadas a la espalda.
—Milord.
—Hawthorn. La señora Marlowe ha aceptado. Empieza el primer lunes de abril. Tres tardes a la semana. Veinte libras al año adicionales en oro. El lunes a las doce del mediodía, en el saloncito amarillo de Ravenfell, tendrá usted conversación previa con ella. Pennywick le acompañará.
Hawthorn baja la cabeza un grado.
—Como milord disponga.
—Una cosa más. El portillo del muro del jardín del sur. Hay que engrasarlo. Y la bisagra inferior necesita herrería pequeña. Que lo haga el herrero del valle. El coste, entero, lo asume Ashvere. Antes del veintinueve de marzo.
—Comprendido.
—Y el cuarto del difunto señor.
Hawthorn no se mueve. Espera. La sombra que le cae en la cara desde el ala del sombrero gris del invierno le impide a un observador de fuera ver si la cara cambia o no cambia. Pero lleva veintinueve años aprendiendo a no cambiarla.
—Quisiera que se abra el cuarto del difunto señor.
Que se aireen las cortinas. Que se cambie el colchón si el difunto señor murió en él, lo cual no sé y le pido que me lo confirme.
Que se laven las sábanas viejas y que se guarden, sin tirarlas, en el arcón del corredor norte.
Que se traiga colchón nuevo de Carlisle.
Que se vuelva a colgar el retrato grande del difunto señor a la pared del este del cuarto si está descolgado, y que se mantenga colgado si lo está.
Que se mantenga el escritorio del cuarto en su sitio, intacto.
Que se limpien los cristales. Que se abran las ventanas dos mañanas seguidas.
Que se vuelva a vestir la cama el segundo lunes de abril, no el primero.
Que la cocinera Eudora me suba al cuarto, el primer lunes de abril a las nueve de la mañana, un té caliente, sin azúcar.
Hawthorn deja pasar cuatro segundos.
—Milord. Su señor tío murió en este cuarto.
En la cama. El colchón se quemó al día siguiente.
El que está ahora es el colchón nuevo que su señora madre mandó traer de Carlisle hace ocho años, sin estrenar.
El retrato del difunto señor lleva descolgado desde el día del entierro, en el arcón del corredor norte.
Las sábanas viejas también. Las cortinas se han ventilado cada Pascua. Yo lo he supervisado personalmente.
—Gracias por la información, Hawthorn. El colchón nuevo permanecerá en su sitio. El retrato del difunto señor vuelve a la pared del este. Las sábanas viejas se quedan en el arcón. Las nuevas, planchadas y vestidas el segundo lunes.
—Como milord disponga.
Hawthorn hace una inclinación pequeña. Se retira al ala oeste. Le veo cruzar el corredor del primer piso por la sombra de la cara, los hombros bajos, la pisada de los hombres viejos que han recibido por fin la indicación que llevaban nueve años esperando recibir.
Subo al despacho. Cierro la puerta. Apoyo la espalda contra la madera medio minuto, sin moverme. El reloj de pared del rincón da los doce.
Después cruzo el despacho, abro el cajón izquierdo de la mesa, saco la libreta de cuero. La abro por la primera página todavía sin escribir.
Mojo la pluma.
Anoto una sola línea, sin firma:
«Primer lunes de abril. Dos en punto».
Cierro la libreta. La guardo. Bajo al comedor pequeño a almorzar.
La cocinera Eudora me ha servido sopa, el cordero frío del condado, una manzana asada.
Como solo. Hawthorn permanece en el rincón de la chimenea, sin que se le oiga la respiración.
Cuando termino la manzana, le indico con la barbilla que voy a salir a cabalgar.
Tobías me trae a Hume sin que se lo pida.
Salgo de Ashvere por el camino del oeste.
No por el de Ravenfell. Tomo el camino largo, el de Portinscale por el mirador del Derwentwater.
Es la primera vez, desde que llegué al condado, que cabalgo a Hume a media tarde sin destino y sin propósito.
El cielo plomizo se ha abierto un poco hacia el oeste, sin azul, con una claridad gris menor.
El agua del Derwentwater, vista desde el mirador, está en calma.
Bajo del caballo. Le ato las riendas al árbol del mirador.
Me siento en la piedra plana donde, según la carta de mi tío del año diez, su excelencia el duque y él se sentaban una tarde al mes durante treinta años a discutir nada.
La piedra está fría. La lana de los pantalones aguanta el frío sin filtrarlo del todo.
Saco la libreta de cuero. La abro por la línea de la mañana. Añado debajo, con la pluma corta del chaleco que aprendí a llevar para los apuntes en casa ajena y que ahora también llevo para los apuntes en mi propio condado, cuatro líneas más:
«La cocinera Eudora por la cocina, en la séptima tarde, sin Hawthorn. Pearl, cinco libras anuales del suplemento privado. Portillo, antes del veintinueve. Cuarto del difunto, segundo lunes».
Y, en una quinta línea, sin pretexto:
«La cinta blanca del puño derecho de la manga».
Cierro la libreta.
La señora Marlowe, este viernes veinte de marzo, ha cruzado tres umbrales pequeños en mi presencia: el del saloncito amarillo a las once de la mañana, el de la conversación de la asignación, y el de la salida con la inclinación de cabeza por primera vez.
La cinta blanca del puño derecho era una cinta nueva.
Hume el caballo, atado al árbol del mirador, relincha una vez sin motivo.
Le miro. El alazán viejo, con la mirada tranquila de los caballos que llevan demasiado tiempo aguantando a un mismo amo, no me devuelve la mirada — los caballos no devuelven la mirada como los hombres.
Pero levanta una pata trasera, la cuarta — la izquierda, la del lado del agua — y la apoya, con la calma de los animales que han aprendido a aceptar los altos del camino sin protestar.
Me levanto de la piedra. Le suelto las riendas. Subo a la silla.
Hume me lleva a Ashvere por el camino del oeste sin que tenga que indicarle la dirección.
La luz del valle empieza a bajar hacia las cuatro y cuarto.
Cuando cruzamos el patio principal de Ashvere, Tobías sale a recogerme al caballo.
La cocinera Eudora se asoma una décima de segundo a la ventana de la cocina con la curiosidad de los servicios viejos que han advertido, sin pedirle permiso a nadie, que su nuevo señor ha vuelto antes que de costumbre. Vuelve a bajar la cortina.
Subo a cambiarme. Hawthorn me ha dejado un fuego pequeño en el cuarto, una jarra de agua tibia, una camisa limpia.
En la repisa pequeña de junto a la cama hay una nota plegada — la del herrero del valle, escrita esta misma tarde por Tobías al dictado de Hawthorn.
El herrero del valle vendrá el lunes veintidós a las ocho de la mañana al portillo del muro del jardín del sur con la pieza nueva de hierro forjado para la bisagra inferior y con el aceite para las dos superiores.
Asiento.
Doblo la nota. La meto en el cajón de la mesilla. Me lavo. Me cambio. Bajo al comedor pequeño antes de que Hawthorn me llame para la cena.
La cocinera Eudora me ha preparado pescado del lago con manteca y unas patatas.
Pearl no, porque Pearl es de Ravenfell, no de Ashvere.
La doncella alta de Ashvere se llama Beth y lleva en la casa desde antes de la muerte del difunto señor.
Beth me sirve sin que se le note la respiración, como Hawthorn.
Es la primera cena, desde mi llegada, en la que el comedor pequeño no me parece tan vacío como las tres semanas anteriores.