CAPÍTULO 10
El viernes amanece con un cielo plomizo que no presagia ni sol ni lluvia.
Hawthorn me trae el agua caliente del afeitado a las siete menos cuarto.
Le advierto que pienso bajar al desayuno antes de las ocho y que me sirva el correo del condado en el comedor pequeño, no en el despacho.
Cumple ambas indicaciones sin un comentario.
La levita gris claro me la deja preparada sobre el sillón del cuarto del huésped principal — el que sigo ocupando, porque al cuarto del difunto señor todavía no he subido.
El cuarto del difunto señor lo abriré cuando una mujer del condado entre por el portillo del jardín del sur tres tardes a la semana y la planta noble de la casa empiece a respirar.
Lo cual depende de las once de la mañana de hoy.
Hawthorn lo sabe. No me lo ha mencionado en los cuatro días anteriores.
Yo no se lo he mencionado a él. Pero a las siete y dieciocho, cuando me trae el café al comedor pequeño con la cara impasible de los mayordomos viejos, me pone el azucarero a media pulgada más cerca del codo de lo que lo pone los demás días.
Es la única licencia que se permite. Lo intercepto sin levantar la vista de la primera carta que abro — del alguacil del valle, sobre Wilkin —, le hago una inclinación menor, y le devuelvo el azucarero a la posición exacta del resto de los días.
Hawthorn asiente. Sale.
Aviso a Tobías para tener a Hume el caballo dispuesto a las diez y media.
Despacho la correspondencia matinal. Reviso la lista de la cocinera Eudora para la cena prevista del miércoles próximo, en la que los Mortlake vendrán acompañados por el rector Holcomb y su mujer.
Marco con la pluma dos partidas del menú que prefiero rebajar de tono — el segundo plato es demasiado pomposo para una cena de cinco — y le dejo la nota a Hawthorn en la bandeja del despacho con la instrucción de que la cocinera Eudora me proponga un sustituto antes del lunes.
A las nueve y media subo a cambiarme el chaleco. A las diez bajo al patio.
Hume el caballo recorre los cinco kilómetros a Ravenfell por el camino del este al paso largo y constante de los animales viejos que no necesitan que su jinete les indique nada.
La temperatura es fría, sin viento. La niebla del Derwentwater se ha levantado entera del valle hacia las nueve.
Cruzo el portón principal de Ravenfell a las diez y cuarenta y cuatro.
Pennywick me recibe con la inclinación de los días importantes — un grado más profunda que la habitual.
Sin comentarlo. Me precede por la escalera principal al saloncito amarillo.
La puerta está cerrada esta vez, no entornada.
Pennywick la abre, me anuncia con la fórmula completa — «su excelencia el conde de Ashvere, milord», a alguien que está dentro — y se hace a un lado.
Su excelencia la duquesa Cora está en el sillón verde de orejas, con el bastidor pequeño sobre el regazo, la mitad de la campanilla blanca ya rematada.
La señora Marlowe ocupa el sillón pequeño de respaldo recto del lado sur — el mismo del martes pasado.
Esta vez sin guantes. Las dos manos sobre las rodillas, la del anillo de oro fino arriba, la otra abajo.
El moño bajo apretado. El vestido gris claro.
Pero hay una cosa pequeña distinta en el vestido.
Una cinta blanca, delgada, atada al puño derecho de la manga — no al izquierdo como el martes.
La cinta amarilla del cuarto de juegos no está hoy.
Me detengo en el umbral. Inclinación a la duquesa. Inclinación a la institutriz.
—Su excelencia. Señora Marlowe.
—Lord Ashvere — me responde Cora sin levantar la vista del bastidor —. Pase. Pennywick, café para el conde y para la señora Marlowe. Yo paso al de las once.
Pennywick se retira. La puerta se cierra detrás suyo del todo esta vez. Es lo que distingue una conversación de aceptación de una conversación de propuesta: la propuesta se hace con la puerta entornada, la aceptación se cierra. Cora ha decidido la geometría de la mañana.
Me siento en el sillón frente a Cora. La señora Marlowe queda a mi izquierda, contra la pared del sur. Cruzo las piernas. Las manos en las rodillas.
—Cora.
—Cael. La señora Marlowe ha venido a comunicarle a usted la respuesta de la propuesta del martes pasado.
Por cortesía hacia mí — y por cortesía hacia mi marido, que ha sugerido la entrevista en este saloncito — la conversación se sostiene en mi presencia.
Pero la voz, Cael, es la suya. Yo solo bordo.
Cora baja la vista al bastidor. Pasa la primera puntada de la mañana sin levantarla.
Me vuelvo hacia la señora Marlowe.
La institutriz mantiene las manos sobre las rodillas.
Levanta la vista — los ojos verdes oscuros — y los sostiene en los míos sin parpadeo.
La luz tibia del jardín del oeste, que entra por la ventana detrás de Cora, le cae a la institutriz oblicua sobre la cara, la cicatriz pequeña de la ceja visible esta vez por la inclinación de tres cuartos.
—Señor conde — me ofrece la institutriz, en la voz exacta del primer día, la voz baja de las personas que han aprendido a hablar a niñas pequeñas para que las niñas pequeñas entiendan a la primera, y han conservado el guardo para el resto del mundo —.
Le agradezco al señor conde la propuesta del martes pasado.
He tenido cuatro días para considerarla.
La acepto en los términos que el señor conde me trasladó: tres tardes a la semana en Ashvere Hall, lunes, miércoles, viernes, de dos a siete.
Sin pernoctas. Veinte libras anuales adicionales, pagadas por trimestre en oro.
Empezando el primer lunes de abril. Mantengo mi puesto en Ravenfell House.
La señora Marlowe se detiene una respiración. Continúa.
—Le pido al señor conde, además, una sola modificación.
La cocinera Eudora, según las cuentas pequeñas que reviso desde hace meses para Pennywick, conoce a la cocinera de Ashvere desde la infancia.
Las dos casas comparten desde antiguo el huerto de los Ashen para hierbas.
La modificación que le pido es que, los lunes, miércoles y viernes en los que yo cruce a Ashvere, su cocinera y yo no nos veamos hasta la segunda semana entera.
Le pido al señor conde que le permita a su mayordomo, en esas primeras seis tardes, presentarme al servicio de la planta noble por la escalera principal, y que la cocinera me sea presentada en la séptima tarde, en la cocina, sin Hawthorn delante.
Es una cortesía menor entre cocineras viejas.
Las cocineras viejas no aceptan a una administradora doméstica nueva por la planta noble.
La aceptan por la cocina, sola, sin testigos.
Asiento.
—Concedida la modificación, señora Marlowe. ¿Algo más?
La institutriz hace una pausa pequeña. Vuelve a las manos sobre las rodillas.
—Una segunda cuestión, señor conde, que no es modificación sino aviso.
Pippa va a notar mi ausencia los lunes, miércoles y viernes por la tarde, aunque siga acompañándola por la mañana.
Pippa, a su edad, no entiende la diferencia entre la institutriz que se queda y la institutriz que cruza un portillo.
Su excelencia la duquesa y yo hemos hablado esta semana sobre la solución, y la solución que hemos encontrado es la siguiente.
Pearl, la doncella alta, sustituirá a la institutriz en las tres tardes — lectura, cuento, costura pequeña.
A Pearl se le pagará un suplemento por las nuevas obligaciones, suplemento que sale de mi asignación adicional del señor conde.
Cinco libras al año de las veinte. Pearl ya ha aceptado por adelantado, sin saber que el suplemento sale de mí, porque su excelencia la duquesa se lo ha planteado como decisión propia.
Le agradezco al señor conde — y a su excelencia — que esta información permanezca privada.
Bajo un grado la inclinación de la cabeza.
—Permanecerá privada, señora Marlowe. Y le devuelvo, en cualquier caso, el cálculo.
La asignación adicional son veinte libras.
El suplemento a Pearl, si decide pagarlo por su parte, son cinco.
Yo añado cinco a su asignación. La cifra final permanece veinte para usted, neta del suplemento a Pearl.
La cifra pública del condado son veinte.
La cuenta interna entre nosotros tres queda en veinticinco — veinte para usted, cinco para Pearl. Su excelencia, si lo aprueba.
Cora levanta la vista del bastidor.
—Lo apruebo, Cael.
La señora Marlowe me sostiene la mirada cuatro segundos. La sonrisa pequeña de un solo lado, la del saloncito del este, no aparece esta vez. Lo que aparece es otra cosa — un cambio pequeñísimo en la presión de las manos sobre las rodillas.
—Le agradezco al señor conde.
—No hay de qué.
Cora deja el bastidor en el regazo. Se quita los lentes pequeños de la nariz.
—Bien. Asunto cerrado. Pennywick subirá un papel pequeño con los términos a las cuatro de la tarde para la firma de los tres.
Mi marido firmará también, como testigo.
Cael, le pido que mande a Hawthorn al saloncito amarillo el lunes próximo a las doce del mediodía, para sostener con la señora Marlowe una conversación previa de protocolo doméstico antes del primer lunes de abril.
Hawthorn entenderá. Señora Marlowe, suba al cuarto de juegos.
Pippa lleva veinte minutos preguntando por usted.
La institutriz se levanta. Inclinación a Cora.
Inclinación a mí — esta vez con la cabeza, no con la barbilla.
Cruza el saloncito al umbral. La cinta blanca del puño derecho desaparece detrás del marco.
Los pasos suben por la escalera del este sin que Pennywick — que ha vuelto al corredor — la haya tenido que acompañar.
Cora me observa un segundo largo.
—Cael. Una última cosa.
—Cora.