CAPÍTULO 9 #2
Pienso, en concreto, en una conversación de hace once meses.
Fue una tarde de abril, en el saloncito amarillo, sin Pippa, sin Pennywick a tiro.
Estaba yo sentada en el sillón pequeño del rincón, con un bordado pequeño en las manos — una cinta de seda blanca, ya no me acuerdo para qué la bordaba—, y su excelencia, en el sillón verde de orejas, me hizo, sin levantar la vista de su propio bordado, una pregunta.
Solo una. Me preguntó si yo, en algún momento durante mi infancia en Yorkshire, había recibido formación musical formal.
Le contesté que sí. Me preguntó si la formación había sido con maestro inglés serio.
Le contesté que sí. Me preguntó cuántos años.
Le contesté que doce, desde los cinco a los diecisiete.
Y entonces, su excelencia, en la única intervención libre que se permitió en toda la conversación, levantó la vista del bordado, me miró, y me soltó una sola frase:
—«Bryn. Una mujer que ha tocado el piano doce años con un maestro inglés serio sabe esperar. Esto la duquesa lo dice por experiencia propia. Y esto la duquesa, además, no se lo dice a una mujer cualquiera».
Después su excelencia bajó la vista al bordado otra vez, y la conversación, durante el resto de la tarde, se quedó con la cinta y con el carbón crujiendo en la chimenea.
Esa frase me la prometí guardar.
Esta noche, al cierre de las cuentas, la cumplo.
Su excelencia la duquesa Cora, al pasarle al conde la cifra exacta de mis veinte libras adicionales el jueves pasado por su marido, ha hecho lo que ha hecho durante los dieciocho meses anteriores con cosas más pequeñas: leerme antes de que yo me deje leer.
La duquesa ha decidido por dos: por el conde y por mí.
El conde, sin saberlo, me hace la propuesta exacta que la duquesa habría hecho ella misma si la duquesa pudiera contratar a una mujer del condado para una casa que no es la suya.
Y yo, sin tener que reconocérselo a la duquesa, voy a aceptar la propuesta que la duquesa ha cocinado durante tres semanas, con el conde como instrumento educado, y con Pennywick subiéndome a la primera hora de mañana la jarra del agua caliente del aseo a la temperatura exacta a la que me la sube cuando su excelencia ha decidido que la conversación del desayuno con la duquesa va a ser importante.
Apago el plumín con el secante. Lo dejo en la mesa.
Mañana al desayuno con su excelencia voy a aceptar.
La frase exacta la tengo pensada desde la sexta puntada de Cora en la campanilla blanca: «Su excelencia, le agradezco haberme permitido considerar la propuesta del señor conde de Ashvere.
La he considerado. Le ruego comunicarle al señor conde que el viernes le confirmaré la aceptación, en este saloncito, en su presencia».
Eso me concede dos días más —dos días en los que la duquesa no me va a preguntar nada, en los que el conde va a estar ocupado con la mina los miércoles y los jueves, y en los que yo, en mi cuarto, voy a poder permitirme la única cosa que llevo dos horas sin permitirme.
Cierro el cuaderno gris. Lo dejo a un lado del escritorio.
Me levanto del escritorio. Me suelto el moño bajo apretado.
Me cepillo el pelo veinte veces, sin contarlas.
Me lavo la cara con el agua fría de la jofaina pequeña.
Me trenzo el pelo en una trenza floja. Me meto bajo el edredón con el chal todavía encima de los hombros, porque el cuarto está más frío que de costumbre y la lumbre se va a apagar en menos de un cuarto de hora.
Apoyo la mejilla en la almohada.
Y, al apoyarla, advierto por primera vez en la noche lo que llevo dos horas sin querer advertir: que la mano izquierda — la mano que me ha contado las monedas y me ha escrito la cuenta nueva, la mano del puño con la cinta amarilla que esta tarde Pearl ha desatado al subirme con Pippa al cuarto de juegos para devolverle la cinta a la muñeca de la izquierda — me huele al jabón blanco de Beulah la cocinera, al carbón pequeño del brasero, y, debajo de las dos cosas, a otra.
La tercera cosa. Es un olor casi imperceptible que llevo dos horas sin reconocer en el aire del cuarto porque he tenido la nariz pegada al paño marrón del paño y a la tinta del plumín.
Pero, al apoyar la mejilla en la almohada, el olor de la mano izquierda se me concentra debajo de la nariz.
Es papel pautado.
Es la copia del Clementi que hice el martes pasado para que Tobías me la entregara a Pennywick para que llegara al conde de Ashvere por la vía privada que Pennywick decidió.
La hoja de papel pautado estuvo media tarde encima de mi escritorio antes de que me la llevara Pennywick a Ashvere.
El olor del papel pautado, que es un olor a tinta más diluida que la del papel común, se me quedó en la mano y, al traer hoy las monedas y la cuenta nueva, se me ha quedado otra vez.
No me permito dormir todavía.
Pero tampoco me permito levantarme del edredón.
Me quedo, durante los doce minutos que la lumbre tarda en apagarse, con la mejilla en la almohada y los ojos abiertos al techo.
La lumbre va bajando, y el cuarto se va oscureciendo.
El reloj pequeño de bronce —el que va dos minutos atrasado porque yo decidí que así fuera— da las once menos diez con un tintineo apenas audible.
La frase del conde, dicha esta tarde sin que él supiera el peso exacto que tenía en mi cabeza, me vuelve al oído derecho —el del sillón del este de la pared, el del Clementi, el del compás trece— y se me queda, contra mi voluntad, hasta que la lumbre del brasero se apaga del todo.
La frase es esta:
«El portillo del muro del jardín del sur lo mando engrasar yo antes del primer lunes».
La lumbre del brasero, al apagarse, suelta el último chasquido pequeño contra la rejilla.