CAPÍTULO 9
Le pido a Pearl que me suba la cena al cuarto.
La excusa que le doy es un dolor pequeño de cabeza, lo cual no es del todo falso —tengo, en efecto, una presión sorda en las sienes desde las cinco y veinte de la tarde— pero tampoco es la causa por la que esta noche, en lugar de bajar al comedor pequeño con sus excelencias, prefiero quedarme arriba.
La causa, Pearl no la necesita. Pearl tampoco la pregunta.
Pearl me sube a las siete y media una bandeja con una sopa clara, pan tostado, un cuenco pequeño de manzana cocida, y la cataplasma de manzanilla que la cocinera Beulah me prepara cada vez que el dolor de cabeza me dura más de cuatro horas.
Pearl deja la bandeja en la mesa pequeña junto al fuego, me hace una inclinación menor, y sale sin haber pisado el centro del cuarto.
Cierro la puerta con llave detrás de Pearl.
La sopa la pruebo. Tres cucharadas. El pan, ni lo toco.
La cataplasma de manzanilla la huelo —el vapor sube con el olor inconfundible de las cocinas viejas del condado— y dejo que el calor de la infusión me suba a la cara sin levantarla.
Después aparto la bandeja a la mesa del fondo.
Me siento delante del escritorio bajo la ventana, con el camisón ya puesto pero el chal gris encima de los hombros para conservar el calor, y abro el cajón del doble fondo.
La bolsita de tela cruda.
La hoja de las tres columnas plegada en cuatro.
El cuaderno gris con la octava carta a Maren.
Saco las tres cosas. La bolsita la vacío sobre el paño marrón —el mismo paño marrón del martes pasado, el de la noche de la velada musical, el que llevo dieciocho meses extendiendo encima de la mesa pequeña los noches de contar.
Las treinta y dos libras catorce chelines y tres peniques caen sobre el paño con el ruido familiar.
Las cuento. Las acomodo en montoncitos. Treinta y dos, catorce, tres.
Después saco una hoja en blanco. La extiendo a la derecha del paño. Mojo el plumín.
Y empiezo la cuenta nueva.
La cuenta vieja —la de las tres columnas, la firme, la que llevo dieciocho meses sosteniendo— me da los quince años.
Es exacta. La he comprobado al detalle más veces de las que conviene a mi tranquilidad.
Sesenta libras de asignación bruta, menos veinticuatro al año a Maren, menos doce de gastos pequeños, menos cuatro de Pippa, menos dos de cintas y libros para los regalos del condado, menos uno que me reservo para imprevistos.
Veintidós libras al año netas. Doscientas sesenta y ocho libras me faltan para reunir las trescientas.
Doce años justos a veintidós al año, con un margen para inviernos malos: quince años redondos.
La cuenta nueva, con la asignación adicional del conde de Ashvere, hay que hacerla. No porque vaya a aceptarla. Sino porque saber lo que aceptaría es la única manera honesta de saber qué estoy rechazando.
Veinte libras adicionales anuales, pagadas en oro al trimestre. Por las tres tardes a la semana en Ashvere Hall.
Pero el conde, esta tarde, no me ha mencionado los gastos.
Y los gastos están. Si cruzo tres tardes por semana al portillo, voy a tener que pagarme guantes nuevos —los míos no aguantan dos inviernos del cruce del jardín del sur.
Voy a tener que reservarme un par adicional de medias gruesas para las semanas frías.
Tinta para los libros mayores domésticos, que el conde no me va a comprar él porque sería impropio.
Una pluma propia, para no tener que usar la del difunto señor.
Un cuaderno pequeño de notas. Si calculo todo eso por lo alto, son tres libras al año adicionales en gastos.
Veinte menos tres son diecisiete. Diecisiete libras al año netas adicionales.
Con la asignación vieja, veintidós. Con la nueva, treinta y nueve.
Doscientas sesenta y ocho libras me faltan. A treinta y nueve al año, son seis años y diez meses.
Seis años y diez meses.
Apoyo la pluma.
Llevo dieciocho meses, dos semanas y cuatro días viviendo en Ravenfell.
La cifra de quince años, desde la primera noche que la calculé en este escritorio, me había dejado con la cuenta de catorce años y nueve meses por delante.
Cada noche, al cerrar la bolsita, restaba el día.
Cada lunes, al pesar la asignación que Pennywick me subía a primera hora, restaba la semana.
Cada Pascua y cada San Miguel, al recibir el sobre con el oro nuevo, restaba el trimestre.
La cifra bajaba un poco cada vez. Pero bajaba a un ritmo predecible.
Catorce años y nueve meses. Catorce y ocho.
Catorce y siete. La paciencia, en cifras, tiene un tempo.
Y yo, en estos dieciocho meses, le había encontrado el tempo a las quince filas.
Esta noche, con la propuesta del conde, ese tempo se quiebra.
Seis años y diez meses no es el mismo tempo. Catorce años son una vida. Seis y diez meses son la edad que tendrá Pippa cuando me vaya. Son tiempo en el que Maren va a casarse o no va a casarse, pero, en cualquier caso, va a haber dejado de ser la niña que es ahora.
Seis y diez son tiempo que se cuenta.
Levanto la pluma. Mojo. Anoto, abajo del todo:
«6 años, 10 meses, sin más imprevistos».
Y, debajo, en una segunda línea:
«15 años, sin la propuesta».
Las dos cifras me miran desde la hoja en silencio.
No son comparables. La de quince es lo conocido.
La de seis y diez es lo que me ofrece un conde joven recién llegado al condado al que llevo dos semanas y dos días aprendiéndole los movimientos, y que en esas dos semanas y dos días no ha hecho un solo movimiento que un caballero del condado no haría.
La cortesía de la mano en el escalón del carruaje — la del paseo a Portinscale.
La inclinación de la velada musical — sin presionar al banco.
La carta de cortesía musical — con la página del compás veintidós completo dentro de un Plinio mío que él compró expresamente para devolvérmelo.
La propuesta de empleo — en presencia de la duquesa, en el saloncito amarillo, con un sobre encima de la mesa, sin tocarme una vez la conversación entera.
El conde está haciendo las cosas como las hacen los Wyndham segundos de los que su excelencia mi señora la duquesa me ha hablado en dos ocasiones — sin levantar la voz, sin presionar, sin obligar a la otra parte a tomar una decisión que la otra parte no esté lista para tomar.
Y, precisamente por eso, es difícil decidir.
Si el conde fuera un caballero de los otros — los que pegan el codo en la cena al codo de la institutriz cuando creen que la duquesa no los ve, los que retienen la mano dos segundos más al ayudarla al carruaje, los que se asoman al cuarto de juegos a las cinco con un pretexto pequeño y miran a la institutriz desde la puerta —, esta noche no tendría que sacar las dos cifras a la mesa.
Le habría enviado a su excelencia la duquesa mi negativa por la mañana, en cuatro palabras escritas, y habría seguido contando los catorce años y siete meses con la dignidad intacta.
Pero el conde no es un caballero de los otros.
El conde ha calculado las veinte libras para que yo las lea como cifra de tiempo.
No me está comprando. Está dispuesto a que yo, en algún momento de los próximos siete años, le deje las llaves del despacho doméstico de Ashvere Hall encima de la mesa, le firme un recibo del último trimestre y me suba al carruaje de Carlisle a Bath sin que él me retenga un solo día.
Una mujer que recibe esa propuesta del único caballero del condado al que le importa el cálculo del tiempo, y que la rechaza, está rechazando, fundamentalmente, dos cosas. La asignación. Y la persona.
Si rechazo la asignación, sigo con catorce años y siete meses por delante.
Si rechazo la persona, sigo con catorce años y siete meses por delante en una casa, Ravenfell, en la que dentro de seis meses va a haber unas cuatro tardes a la semana en las que el conde de Ashvere, sin haber sido contratado en Ashvere por mí, vendrá igualmente a cenar con sus excelencias, a tomar el té los jueves, a tocar el piano él mismo en alguna velada musical futura, a llevar a Pippa al lago.
Y yo voy a tener que cruzarme con el conde en el zaguán de mi propia casa cuatro veces por semana sin haber sido contratada en Ashvere y sin estar contratada por nadie.
Lo cual es peor.
Lo cual es, en realidad, lo único que esta noche, sentada en el escritorio, tengo claro.
Aceptar el empleo me reduce el tempo a seis años y diez meses, sí.
Pero también me protege. Me da, durante esos seis años y diez meses, un sitio en Ashvere Hall que no es el sitio que tendría si rechazara el empleo.
El sitio que tendría si lo rechazara es ser la mujer del primer piso de Ravenfell que evita el zaguán los jueves.
El sitio que tendría si lo aceptara es ser la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere los lunes, miércoles y viernes.
Eso, en el condado, son sitios distintos.
El primero me lo voy a tener que pelear con el silencio.
El segundo me lo gano con un libro mayor.
Doblo la hoja nueva.
No la quemo. La doblo, la guardo en el cajón del doble fondo encima de la hoja vieja. Cierro el cajón. Recojo el dinero en montoncitos —treinta y dos libras catorce chelines y tres peniques, conté al empezar—, vuelvo a meterlo en la bolsita, ato la cinta blanca. Cierro la bolsita en el doble fondo.
Pienso en su excelencia la duquesa Cora.