CAPÍTULO 8 #3
La señora Marlowe ni siquiera parpadea durante los segundos en que yo le suelto las dos frases.
Mantiene los ojos en mí. Mantiene las dos manos enguantadas sobre las rodillas.
Mantiene la espalda recta. Mantiene la cinta amarilla atada al puño izquierdo, que se le ha movido un dedo al sentarse y vuelve a estar quieta.
—Su excelencia. Lord Ashvere. Le pido a milord — le pido al señor conde — veinticuatro horas para considerar.
—Concedidas.
—Le pido al señor conde, además, que la cifra de las veinte libras no aumente durante los próximos cuatro días.
La frase me llega sin haberla esperado.
Es la frase de una mujer que ya ha entendido el cálculo y está pidiéndome que no maquille la cifra en los próximos cuatro días con una libra extra que me pareciera elegante.
Veinte. Ni una más. Ni una menos.
—La cifra no aumentará.
—Le agradezco al señor conde.
Cora no se ha movido del bastidor. Pasa la sexta puntada de la campanilla blanca.
—Señora Marlowe.
—Su excelencia.
—Suba al cuarto de juegos. Pippa lleva un cuarto de hora con Pearl. Pearl ha tenido tiempo suficiente para enseñarle a Pippa el truco viejo de doblar la servilleta como un cisne. Mañana al desayuno con usted. ¿A las ocho y media?
—A las ocho y media, su excelencia.
La señora Marlowe se levanta. Me hace una inclinación.
Le hace una inclinación a Cora. Sale del saloncito amarillo sin que Pennywick — que ha esperado en el corredor — la haya tenido que acompañar dos puertas.
Llega a la puerta del saloncito en cinco pasos exactos.
Cruza el umbral. La cinta amarilla atada al puño izquierdo desaparece detrás del marco.
Los pasos siguen por el corredor, suben la escalera, se pierden.
Pennywick cierra la puerta del saloncito amarillo a sus espaldas con la suavidad con la que las puertas dobles se cierran cuando un mayordomo viejo ha entendido que la patrona y el huésped tienen una última frase pendiente.
Cora pasa la séptima puntada. Después baja el bastidor a su regazo y me mira.
—Cael.
—Cora.
—Le ha pedido a usted que la cifra no aumente.
—Sí.
—¿Sabe usted lo que esa petición significa?
—Significa que la señora Marlowe ha entendido el cálculo en menos de un minuto, como yo había previsto.
Y significa, además, que la señora Marlowe quiere reservarse el derecho de tomar la decisión sobre la cifra exacta que yo he calculado, no sobre una más alta que yo le habría puesto delante si pretendiera comprarla.
Lo cual ha sido — lo digo en serio, Cora — una cortesía hacia mí. Por mucho que parezca lo contrario.
Cora aprieta los labios un instante.
—Cael.
—Cora.
—Lo ha pedido también porque quiere mañana al desayuno mirarme a la cara y decirme una cifra que coincide con la cifra que su marido le mencionó el jueves pasado al describir esta propuesta. Mi marido le mencionó esa cifra al hablar con la señora Marlowe ayer al desayuno.
Levanto las cejas.
—Cora. Brennan no ha hablado con la señora Marlowe ayer al desayuno.
Cora me sostiene la mirada. La sonrisa pequeña le aparece en la comisura de la boca durante el segundo y medio del condado.
—Mi marido, Cael, no. Yo sí. Mi marido prefiere ignorar ciertos protocolos.
Es una de las pocas cortesías que esta duquesa concede a esta casa: que su marido no tenga que enterarse de todas las cosas que ocurren a ocho metros de su despacho.
Pero la señora Marlowe sabía, antes de bajar al saloncito hace doce minutos, que el conde de Ashvere iba a ofrecerle veinte libras al año por la administración doméstica de Ashvere Hall.
Lo cual quiere decir, Cael, que esta tarde la señora Marlowe ha aceptado, sin permitírselo a sí misma todavía.
La aceptación formal me la dirá mañana al desayuno. Pero ya está dada.
Bajo la cabeza.
Cora coge la taza, fría ya. La aparta a un lado. Se permite por fin, después de cuarenta y cinco minutos de saloncito, una sonrisa entera. Pequeña, contenida, sin diente, pero entera.
—Cael.
—Cora.
—Pennywick le mostrará la salida. Mi marido se honrará con tenerle de nuevo el viernes.
—Su excelencia.
—Una cosa más.
—Cora.
—Cuando salga de aquí, le agradezco que no se vuelva en el patio principal a mirar las ventanas del primer piso de la fachada lateral.
La señora Marlowe estará allí, en la ventana del cuarto de juegos, dándole un cisne de servilleta de Pearl a Pippa.
Pearl le habrá enseñado el cisne, sí. Pero la señora Marlowe sostendrá el cisne con la mano izquierda — la del puño con la cinta amarilla — y mirará por la ventana el patio principal durante los doce segundos que su excelencia tarda en cruzarlo y subir a Hume el caballo.
Esos doce segundos le pertenecen a la señora Marlowe, Cael. No a usted.
Asiento.
Salgo del saloncito amarillo. Bajo por la escalera principal. Pennywick me devuelve el sobretodo y el sombrero. Cruzo el zaguán. Salgo al patio principal.
Cuando subo a Hume, sin volverme — sin permitirme volverme — al caballo, advierto, sin mirar, el peso pequeñísimo de unos ojos en la fachada lateral del primer piso a la altura aproximada del cuarto de juegos.
Hume el caballo da los primeros doce pasos de la gravilla al portón principal al paso.
Por los doce pasos siento, sin mirar, los doce segundos.
Después salgo al camino del este sin haber girado el cuello.