CAPÍTULO 8 #2
Cora me mira sin moverse. Después, en la única concesión pequeña de la tarde, asiente con la cabeza — no con la barbilla. Como duquesa a duque. No como anfitriona a huésped.
—Le creo, Cael.
Tira de la campanilla pequeña que tiene a la izquierda del sillón verde — una cinta de seda roja que cae de un tirador de bronce en la pared. La campanilla suena dos pisos por debajo en la cocina. Pennywick aparece en la puerta entornada antes de que el sonido haya acabado.
—Pennywick.
—Su excelencia.
—Hágale saber a la señora Marlowe que su excelencia el conde de Ashvere se ha presentado en el saloncito amarillo con una propuesta de empleo doméstico para considerar.
Indíquele que la propuesta está aquí. Indíquele que su excelencia su excelencia y el propio conde la esperan, si la señora Marlowe puede dejar a Pippa con Pearl durante un cuarto de hora, para escuchar la propuesta en persona.
Indíquele que la señora Marlowe no debe contestar hoy, sino mañana al desayuno conmigo, y al conde el viernes.
Indíquele todo esto en este orden y sin un grado más.
—Sí, su excelencia.
Pennywick se retira. La puerta vuelve a quedar al palmo.
Cora no me habla durante los seis minutos que tarda Pennywick en subir al primer piso, encontrar a la señora Marlowe, transmitirle el recado en el orden indicado, esperarle la respuesta, recoger a Pearl en el cuarto de juegos para que se haga cargo de Pippa y volver a bajar conmigo y con la duquesa al saloncito amarillo.
Yo tampoco le hablo a Cora. La duquesa coge por fin el bastidor pequeño del cesto que tiene a sus pies — el bastidor de las campanillas blancas a medio bordar.
Pasa cinco puntadas. La duquesa borda contando.
Llaman dos golpes a la puerta entornada.
—Adelante, Pennywick.
Pennywick entra primero. Detrás, la señora Marlowe.
Lleva el vestido gris claro del primer día. El del moño bajo apretado, el del broche de azabache de la garganta, el de la manga larga, el del cuello cerrado. Y, sin embargo, esta tarde lleva una cinta amarilla menuda — la cinta de muñeca de Pippa — atada al puño izquierdo de la manga.
Le hago una inclinación al levantarme. Una inclinación de las que protocolo del condado exige para una mujer del estatus de la señora Marlowe en presencia de la duquesa: ni un grado más profunda que la del primer encuentro en el saloncito del este, ni un grado menos.
La señora Marlowe me devuelve la inclinación.
Esta vez con la cabeza, no con la barbilla.
Mira a Cora. Cora le indica el tercer sillón — el pequeño, de respaldo recto, sin orejas, contra la pared del sur.
La señora Marlowe se sienta. Pone las dos manos sobre las rodillas.
Mantiene las dos manos enguantadas — ha entrado al saloncito sin quitarse los guantes, lo cual es la cortesía exacta de las empleadas que han sido convocadas a un encuentro del que no conocen el propósito y no quieren parecer instaladas.
—Señora Marlowe —dice Cora—. Su excelencia el conde de Ashvere ha venido esta tarde a este saloncito con una propuesta de empleo para usted.
Mi marido y yo, durante los últimos diez días, le hemos sugerido al conde la posibilidad.
Antes de que el conde le exponga la propuesta, le advierto, señora Marlowe: si en algún momento de los próximos quince minutos a usted le incomoda continuar oyendo la propuesta, mi marido y yo aceptaremos que se retire usted con todas las cortesías.
Le prevengo además: la decisión que usted tome al final de los quince minutos no es la decisión final.
Mañana al desayuno me la comunicará a mí en privado.
El viernes al conde, en este mismo saloncito y en mi presencia. ¿Entendido?
La señora Marlowe inclina la cabeza.
—Sí, su excelencia.
—Lord Ashvere.
Tomo aire por la nariz, despacio, una vez.
Después miro a la señora Marlowe a los ojos —los ojos verdes oscuros, los del primer día, los del paseo a Portinscale, los del compás trece del Clementi — y le hablo en el tono más neutro que se me permite a mí en marzo de mil ochocientos dieciocho en un saloncito de un duque.
—Señora Marlowe. Le agradezco que haya bajado al saloncito sin haber tenido aviso por adelantado.
Tres tardes a la semana en Ashvere Hall.
Lunes, miércoles, viernes. De dos de la tarde a siete.
Administración doméstica de la planta noble, supervisión del servicio, reorganización inicial de los libros mayores domésticos, gestión de la cocinera y la despensa.
Sin título formal de ama de llaves. Sin uniforme.
Sin pernoctas. Usted mantiene su puesto en Ravenfell House como institutriz de lady Pippa y mantiene su residencia en esta casa.
La asignación adicional, pagada por trimestre en oro a su mano, es de veinte libras anuales.
Empezando el primer lunes de abril, si usted acepta.
El portillo del muro del jardín del sur lo mando engrasar yo antes del primer lunes.
La señora Marlowe no me interrumpe.