El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 8
19%

CAPÍTULO 8

Vuelvo a Ravenfell House cuatro días después con un sobre cerrado en el bolsillo izquierdo del chaleco y la cabeza serenada.

Los cuatro días me los he tomado enteros.

El viernes lo dediqué a los Bell. El sábado a la mina, con Hawthorn, después de una mañana entera con los libros mayores del año en curso.

El domingo bajé al rector Holcomb en la iglesia de Keswick y le seguí a su casa parroquial para almorzar pan negro con su mujer, que no me preguntó por mi madre, lo cual le agradecí sin decírselo.

El lunes me senté con Hawthorn en el despacho durante cuatro horas seguidas y, hoja a hoja, le repasé las equivalencias de los cuarenta y siete nombres viejos a los nuevos.

El martes le mandé recado escrito por Tobías a su excelencia la duquesa Cora pidiéndole audiencia privada para esta tarde.

Me llegó la nota de vuelta antes del té: las cinco en punto, en el saloncito amarillo, con Pennywick sirviendo. Sin compañía.

Ahora son las cinco menos siete minutos.

Pennywick me recibe en el zaguán con la cara neutra de la conformidad — no la cara impasible, que es la del trabajo, sino la cara neutra, que es la de los criados muy viejos que han recibido instrucciones por escrito de su patrona.

Me ofrece el sombrero de la mano. Me quita el sobretodo. Le hago una inclinación pequeña.

—Pennywick.

—Milord. Su excelencia espera al señor en el saloncito amarillo.

—¿Está sola?

La pregunta no me hace falta hacerla. La hago para confirmar lo que la nota de Cora dejaba claro. Pennywick lo entiende. Asiente con una décima de inclinación.

—Su excelencia está sola, milord.

Subimos por la escalera principal. El saloncito amarillo, a las cinco menos cinco, tiene el fuego encendido, las cortinas a medio correr, una luz tibia de la tarde colándose por la mitad superior de las dos ventanas que dan al jardín del oeste.

El sillón verde de orejas frente a la chimenea, vacío.

Y, en el sillón de enfrente —el otro, más pequeño, tapizado en el mismo verde— su excelencia la duquesa Cora, sentada, sin bordado entre las manos.

Sin bordado entre las manos.

Lo retengo al cruzar el umbral. Cora, en este saloncito y a esta hora, sin la labor encima del regazo, es Cora preparada.

—Lord Ashvere.

—Su excelencia.

—Pase usted. Pennywick, café para milord. Té de la tarde para mí.

Pennywick se retira. La puerta queda entornada un palmo, no por descuido, sino porque la regla de las conversaciones del saloncito amarillo a estas horas exige una puerta entornada un palmo: ni cerrada del todo, lo cual sería impropio entre una duquesa y un huésped soltero; ni abierta del todo, lo cual sería un descortés.

Cora me indica el sillón frente al suyo. Me siento. Cruzo las piernas. Apoyo las manos en las rodillas.

—Su Gracia.

—Cora.

—Cora. Le agradezco que me reciba sin haber esperado el día del té semanal.

Cora me mira sin sonrisa. Una mirada de duquesa que ha estudiado a un huésped, a su gemelo, al gemelo de su gemelo, al cuñado del gemelo y a la madre del huésped en sucesión durante treinta años de cartas, y que considera, esta tarde, que ya tiene el suficiente material para la conversación que vamos a sostener.

—Cael, le he recibido sin esperar el día del té semanal porque mi marido me dijo el jueves pasado, después del jerez con usted, que vendría a pedirme audiencia esta misma semana. Entiendo, por la nota de ayer, que ha tomado usted una decisión.

—La he tomado.

—Le escucho.

Saco el sobre del bolsillo del chaleco. Lo apoyo en la mesa baja entre los dos sillones — sin tendérselo.

La regla de los caballeros del condado, cuando se le hace una propuesta a una mujer que vive bajo el techo de un duque, exige que la propuesta se ponga en presencia de la duquesa antes de ponerla en presencia de la mujer.

El sobre lleva escrito en la cara delantera, con tinta negra, sin sello:

«Propuesta de empleo doméstico, conde de Ashvere a la señora Marlowe, viuda de Renn Marlowe, en presencia de su excelencia Cora, duquesa de Ravenfell, 15 de marzo de 1818».

Cora lo mira. Lo lee al revés desde su sillón, con la facilidad de las anfitrionas mayores.

—Resuma usted el contenido.

—Tres tardes a la semana en Ashvere Hall.

Lunes, miércoles, viernes. De dos de la tarde a siete.

Administración doméstica de la planta noble, supervisión del servicio de catorce personas, reorganización inicial de los libros mayores domésticos del difunto señor, gestión de la cocinera y la despensa, ayuda al mayordomo en lo que el mayordomo le quiera consultar.

Sin título formal de ama de llaves. Sin uniforme.

La señora Marlowe mantiene su puesto en Ravenfell House como institutriz de lady Pippa y mantiene su residencia en esta casa.

La asignación adicional, pagada por trimestre en oro a la mano de la propia señora Marlowe, es de veinte libras anuales. Empezando el primer lunes de abril.

Cora no se mueve.

—Veinte libras.

—Veinte libras, Cora.

—Cael.

—Sí.

—Es una cifra cuidada.

Bajo la cabeza un grado.

—Es una cifra calculada para que la señora Marlowe lea la cifra como una cifra de tiempo, no de dinero.

Su marido me indicó el jueves, sin permitirse explicármelo, que la señora Marlowe ahorra.

Asumo, sin ningún derecho a saberlo, que ahorra para un destino que ella no le ha contado a usted ni a mí ni a nadie del condado salvo a la persona que ella haya decidido.

Veinte libras anuales adicionales, sin restarle gastos, le suponen a la señora Marlowe acelerar la salida que ella se haya prometido.

Eso le restaría, a la cuenta del tiempo, aproximadamente la mitad de los años que la cuenta antigua le da.

Si la cuenta antigua es de dieciséis años, la nueva es de ocho.

Si la antigua es de diez, la nueva es de cinco.

La señora Marlowe entenderá el cálculo en menos de un minuto.

Cora levanta los ojos.

—¿Cómo sabe usted que entenderá el cálculo en menos de un minuto?

—Porque su marido me dejó claro que la señora Marlowe administra la planta noble de Ravenfell sin título por escrito.

Porque copia partituras de Clementi con una caligrafía de pentagrama de doce años de maestro inglés serio.

Una mujer educada en una casa con dinero hasta los veinticinco años sabe contar.

Cora me sostiene la mirada cuatro segundos.

—Bien.

Pennywick entra con la bandeja. Café para mí, té para Cora, un platillo pequeño con dos pastas. Sirve. Se retira. La puerta queda otra vez entornada al mismo palmo.

Cora bebe un sorbo. Apoya la taza en el platillo.

—Cael. Tengo dos observaciones.

—Le escucho.

—La primera. La asignación, calculada como usted la ha calculado, es justa. Si la señora Marlowe la acepta, va a aceptar empleo, no afecto. Eso es lo que mi marido y yo le pedimos.

—Comprendido.

—La segunda. La señora Marlowe va a pedirle veinticuatro horas para considerar.

Las va a pasar contando, en la cabeza, los años que se le restan.

Va a llegar a la conclusión sola, sin pedirme parecer a mí.

Y va a venir a verme, mañana al desayuno, a comunicarme la decisión antes de comunicársela a usted.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Porque, hace quince años, antes de morirme a la primera niña, le acepté a mi marido una propuesta de empleo del condado del oeste — no para mí, para una sobrina segunda.

Tardé veintitrés horas en darle a mi marido la respuesta.

Y, la noche anterior, me senté en este mismo sillón con la libreta de cifras de mi padre en el regazo a calcular los años que la propuesta le restaba a la sobrina.

La señora Marlowe va a hacer lo mismo. Y mañana al desayuno me lo comunicará.

—Comprendido.

Cora bebe el segundo sorbo. La taza vuelve al platillo sin un solo tintineo. La duquesa, en este saloncito, controla incluso la porcelana.

—Hay una tercera observación, Cael. Que no se la habría hecho yo si mi marido no me hubiera pedido el jueves pasado que se la hiciera.

Inclino la cabeza.

—Le escucho.

—La señora Marlowe lleva en mi casa diecisiete meses.

Ha entrado por la puerta de servicio del este una sola vez — la tarde de su llegada.

A partir del segundo día, ha entrado y salido por la puerta principal con Pippa de la mano.

Mi marido le indicó a Pennywick, hace dieciséis meses y tres semanas, que la señora Marlowe, mientras viviera bajo este techo, entraría y saldría como las mujeres del condado entran y salen de las casas que las han recibido.

Eso, Cael, no es decoración. Si la señora Marlowe acepta su propuesta, los lunes, miércoles y viernes va a cruzar la finca por el portillo del muro de piedra del jardín del sur.

El portillo lleva sin engrasar nueve años.

Lo sé porque mi marido se lo recordó a su tío en dos cartas del año diez.

Si la señora Marlowe va a cruzar tres tardes a la semana por ese portillo, el portillo se engrasa antes del primer lunes de abril.

Mi marido se ofrecerá a partir el coste con usted en el desayuno de mañana.

Yo le sugiero que se lo agradezca a mi marido y que lo asuma usted entero.

Es un gesto pequeño. La señora Marlowe lo retendrá.

—Lo asumiré entero.

—Bien.

Cora deja la taza.

—Una cosa más. Y es la última.

—Cora.

—Si la señora Marlowe acepta su propuesta y, en algún momento de los próximos meses, le pide a usted, por cualquier vía, que dé por terminada la relación de empleo, usted la dará por terminada en el plazo que ella indique, le pagará el trimestre completo en el que ella esté, le firmará una carta de referencia tan larga como las que firmo yo a mis criadas, y la dejará marchar sin pedirle explicaciones.

Esa es la condición que mi marido me ha pedido que le pase.

Si usted no acepta esa condición, no le entrego el sobre.

—La acepto.

—Sin la condición escrita.

—Sin la condición escrita, Cora. Pero la acepto.