CAPÍTULO 7 #2
Sale. Cierra la puerta detrás de él con la suavidad de los mayordomos que han envejecido aprendiendo a cerrar puertas sin que el chasquido del pasador se oiga al otro lado del corredor.
Yo me quedo solo en el despacho del difunto señor con la partitura abierta sobre el secante.
La doblo otra vez en cuatro. La meto entre las dos primeras hojas del libro mayor del año en curso.
Cierro el libro mayor. Lo dejo encima de la mesa.
Cojo el Plinio. Lo guardo en el cajón pequeño de la izquierda — el cajón donde un caballero del condado guarda los libros prestados por otros caballeros para acordarse, al sacarlos, de a quién pertenecen.
Tomo un sorbo del café frío de la taza azul.
Bajo al patio sin sombrero — porque el aire del norte a esta hora no exige sombrero, sino una vuelta corta al jardín del este de Ashvere con las manos en la espalda y la cabeza al sol blanco — y le hago a Tobías una indicación pequeña con la barbilla para que mande ensillar a Hume.
Hume el caballo me lleva, ese mediodía, no a Ravenfell.
Me lleva, por el camino del oeste — el opuesto al de Ravenfell, el de Portinscale, el del molino — hasta la granja de los Bell.
Quiero hablar con el señor Bell antes de la próxima cena de Ravenfell.
Quiero ver con mis ojos los seis acres del prado del este que figuran en el libro mayor con seis libras más al año de lo que figuran en la copia que el señor Bell me hizo llegar la semana pasada por mediación de Hawthorn.
Quiero, además, no volver a Ashvere antes de las cuatro de la tarde.
Porque, antes de las cuatro de la tarde, Tobías el mozo no habrá vuelto de Ravenfell con la respuesta — o con la no respuesta — de Pennywick.
Y un caballero del condado que sabe esperar, según la frase pequeña que Brennan no me ha soltado todavía pero que llevo notando desde la primera cena en el saloncito amarillo, no espera en casa.
Espera fuera.
Espera, en concreto, en la granja de un arrendatario que lleva nueve años pidiéndole al difunto conde de Ashvere que vaya a ver con sus ojos los seis acres del prado del este.
Y, dentro de cinco horas, espera a Tobías el mozo, que volverá a Ashvere con el sobre cerrado en el bolsillo — o sin el sobre, lo cual será todavía más informativo — y le entregará a Hawthorn la respuesta que la institutriz de la pequeña lady Pippa haya decidido, sin pedir permiso, hacer pasar de las manos de Pennywick a las manos del mayordomo de un conde joven recién llegado al condado.
Hume el caballo gira por el camino del oeste sin que tenga que tirarle de las riendas.
La niebla baja del Derwentwater ya se ha levantado entera del valle.
El sol blanco del norte calienta lo que el norte permite que se caliente en marzo.
El señor Bell, según me anunciará dentro de cuarenta minutos su mujer en el portón de la granja del oeste, está en el prado del este con el zagal mayor y vuelve a comer a la una.
Comeré con los Bell.
Tomaré la cerveza floja en la jarra de barro y aceptaré el queso fuerte del condado y la torta de avena.
Le pediré al señor Bell que me lleve, después de comer, al prado del este.
Le confirmaré la diferencia de las seis libras.
Le ofreceré el arreglo a cuenta del arrendamiento del año que viene.
El señor Bell me devolverá la inclinación pequeña de los granjeros del valle.
La señora Bell — la prima de la del paño de Portinscale, no la misma — me dará un tarro pequeño de miel a la salida, porque las mujeres del condado, lo voy aprendiendo, despiden a los caballeros nuevos con tarros pequeños de cosas hechas en casa para que los caballeros nuevos sientan, al cabalgar de vuelta a Ashvere, que el condado los ha dejado un poco más adentro que cuando llegaron a la granja.
Llegaré a Ashvere a las cinco menos cuarto.
Hawthorn me recibirá en el zaguán con la cara impasible de los mayordomos que han ensayado una cara impasible durante toda la tarde.
Me anunciará, en el tono neutro de las cosas pequeñas, que Tobías ha vuelto de Ravenfell con un libro pequeño envuelto en un papel de seda blanco fino y un sello pequeño del cuervo, y que el libro está sobre la mesa del despacho a la espera del señor.
No me esperará una nota.
Lo cual, en la institutriz de la pequeña lady Pippa — que ayer cumplió a rajatabla la promesa de no volverse al salón principal durante quince minutos, y que esta mañana ha aceptado la carta de cortesía musical sin devolverla — será exactamente lo que un caballero recién llegado al condado, después de medio día en la granja de los Bell, podía esperar.
Y, sin embargo, al subir al despacho a las cinco menos diez, al deshacer el papel de seda blanco del paquete con la cara impasible de los mayordomos viejos esperando en la puerta a un palmo, al ver que dentro del papel de seda hay un volumen de Plinio — un Plinio mío, no el que le devolví a Brennan, sino otro Plinio, una edición que no conozco, con una encuadernación más nueva, las páginas color hueso pero cortadas con un cortapapeles distinto al de Ravenfell — y al abrir el libro por la primera página, encontraré, entre la dedicatoria impresa al editor inglés y la primera carta de Plinio el joven, una hoja pequeña, doblada en dos.
La hoja tendrá, en el centro, una sola línea de tinta marrón clara, en la caligrafía regular del pentagrama de esta mañana:
«Lord Ashvere: el compás veintidós, completo, está en la página ochenta y cuatro».
Sin firma.
Y Hawthorn, a un palmo de la puerta del despacho, advertirá que su nuevo señor — sin levantar la vista del libro — se ha permitido por primera vez en su nueva casa una sonrisa pequeña que dura medio segundo y se le va.