El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 7
17%

CAPÍTULO 7

Hawthorn tiene una manera muy suya de discrepar de su señor.

La descubro a media mañana, dos hojas adentro del libro mayor del año en curso, cuando le pregunto por una partida pequeña que figura como gasto de mantenimiento del invernadero del oeste y que, según la suma de los cinco trimestres anteriores que tengo a la izquierda, está al doble de lo que costaba en mil ochocientos quince.

Hawthorn, a mi derecha, junto al ventanal del despacho, deja pasar dos segundos antes de contestarme.

—Milord. El invernadero del oeste no tiene cinco trimestres anteriores comparables.

Su señor tío lo cerró en mil ochocientos catorce, después del aguanieve de aquel diciembre, y no volvió a abrirlo.

Lo que figura como gasto del invernadero del oeste, en mil ochocientos diecisiete, son cristales nuevos para el invernadero del este.

—¿El del este?

—Sí, milord.

—¿Y por qué no figura como tal en el libro?

Hawthorn cruza la mano izquierda sobre el dorso de la derecha. La cruza despacio. La cruza, sobre todo, sin retirarse del ventanal, lo cual es la maniobra del mayordomo del condado de un cierto tipo: el que ha decidido contestar a la pregunta cara a cara, no de lado.

—Porque el invernadero del este, a finales de mil ochocientos catorce, dejó de llamarse el invernadero del este.

Cambió de nombre. Se le llama, desde entonces, en esta casa, el invernadero pequeño.

Para diferenciarlo del grande, que es el del centro.

La partida la dejó así su señor tío. No me ha parecido oportuno cambiarla yo.

Bajo la pluma. Le miro.

—Hawthorn. ¿Cuántas partidas más, en el libro mayor del año pasado, tienen el nombre antiguo y se refieren al sitio nuevo?

—Cuarenta y siete, milord.

Dejo la pluma sobre el secante.

—Hawthorn.

—Sí, milord.

—Le ruego, esta tarde, que me prepare una hoja con las cuarenta y siete equivalencias.

Mañana por la mañana, antes del desayuno, las repaso con usted en este mismo despacho.

Y, una vez repasadas, le doy permiso, en mi nombre, para que en el libro mayor del año en curso las partidas figuren con el nombre nuevo.

Hawthorn cruza las manos al revés. La derecha, ahora, sobre la izquierda. Es el matiz pequeñísimo con que un mayordomo viejo concede que su nuevo señor le acaba de pedir lo correcto.

—Como milord disponga.

Acepta el café que él mismo trajo a las once en la bandeja con la taza azul.

Yo me quedo mirando la columna de los cuarenta y siete por la página un cuarto de minuto más, sin verla, porque la cabeza ya se me ha ido a la conversación que tuve hace seis días con Brennan en la colina del seto de espinos y a la regla que él mismo me trasladó: que el primer aliado de un caballero recién llegado al condado es su mayordomo, siempre que el caballero tenga la inteligencia de no echarle en cara las cosas que ese mayordomo lleva nueve años haciendo solo.

Hawthorn se retira a las once y dieciocho.

Lo deja a las once y dieciocho porque su excelencia el duque de Ravenfell me ha mandado, según la nota que Pennywick me hizo llegar anteayer por mano de Tobías, un libro pequeño de poesía latina que él me había prometido en la velada musical de la noche anterior.

La nota dice: «Cael, va el Plinio. Devuélvalo en cuanto pueda.

Mi mujer no me lo perdonaría más de un mes».

El libro está sobre la mesa de mi despacho, encima del libro mayor del año en curso, envuelto en un papel de seda blanco fino con un sello pequeño del cuervo.

Lo he tenido toda la mañana al codo izquierdo sin abrirlo.

Lo abro al irse Hawthorn.

Es un Plinio. El de cartas. Encuadernado en piel oscura, sin dorados, con las páginas color hueso de los libros que un coleccionista del condado lleva consultando cuatro décadas.

Hojeo las primeras quince páginas. Reconozco un par de fragmentos.

Y entonces, entre la página cuarenta y la cuarenta y una, mis dedos tropiezan con una hoja distinta del papel del libro — una hoja doblada en cuatro, papel pautado, no de imprenta.

La saco con la torpeza pequeña de quien ha encontrado algo dentro de un libro prestado por un duque y no quiere abusar.

Es una partitura.

Una hoja sola, escrita a mano. Tinta marrón clara.

La letra del pentagrama, fina, de mujer, regular.

Encabezamiento: «Clementi — sonata seis del segundo libro, compases trece a veintidós».

Por debajo del título, en la esquina inferior derecha, una sola línea de tinta más rápida, en la caligrafía de los doce años de quien la ha copiado: «Para que la termine usted, milord».

Sin firma.

Me quedo un instante con la hoja en la mano.

La luz de la ventana del despacho — la luz blanca alta del norte, la que entra plana sobre las once y media — me cae oblicua sobre el papel.

La caligrafía tiene la regularidad seca de las mujeres educadas en piano desde la infancia.

Los compases trece a veintidós son los del retraso de la mano izquierda — el sitio exacto en el que ayer, en el sillón del este del salón principal de Ravenfell, advertí que la pianista del banco hacía algo más viejo que lo que la pieza pide.

Cuento los compases con la vista, despacio. Once compases. La cifra del título es exacta — del trece al veintidós, ambos incluidos.

Y el último compás de la copia no es el compás veintidós.

Es la primera mitad. La pianista ha copiado los compases trece a veintidós, sí, pero ha dejado el compás veintidós a medias.

La mano derecha entra en una semicorchea suelta, sin la nota siguiente.

La izquierda, en el último tiempo del veintidós, no aparece.

Me siento. Despliego la hoja sobre el secante.

«Para que la termine usted».

En la mano de cualquier otra dama del condado, la frase sería una broma elegante. En la mano de la mujer que ayer cumplió a rajatabla la promesa de no volverse al salón, es otra cosa.

La señora Marlowe me ha dicho dos cosas.

La primera: que sabe quién mira al fondo de un salón durante quince minutos de Clementi.

La segunda: que el sitio donde la pieza se queda colgada — el último tiempo del compás veintidós — es donde la conversación, si los anfitriones lo hubieran permitido, podría haberse continuado.

Los anfitriones no lo han permitido. La conversación se queda en el papel pautado, a la mitad del compás veintidós, sin firmar.

Apoyo los codos en la mesa. Las dos manos en la cabeza. El despacho se queda en silencio entre el reloj de pared y el carbón del brasero del rincón.

Es Hume el caballo, abajo en el patio, el que rompe el silencio veintidós minutos más tarde con un relincho corto, porque Tobías el mozo ha llegado tarde con la avena del mediodía y a Hume las cosas de la cuadra le importan.

Cojo la pluma. Saco una hoja en blanco del cajón. La doblo en dos, no en cuatro — porque doblar en cuatro sería imitar el papel pautado de la pianista, y porque imitar es pedirle perdón sin haber sido yo quien tendría que pedirlo. La extiendo. Mojo la pluma.

Pienso lo que voy a escribir treinta segundos largos. Después me lo permito.

«Señora Marlowe,».

«El compás veintidós, según yo le he aprendido a usted anoche, se cierra con la mano izquierda en un tiempo más largo del que el compás pide.

Esa mano izquierda — la que retrasa una décima de segundo el cierre de la cadencia para que la mano derecha vuelva en el sitio exacto del teclado — es la única que termina la sonata sexta.

La derecha sola no la puede terminar. Mañana le devolveré a su excelencia el duque el Plinio que me prestó anoche.

La partitura, con su permiso, la guardo.

Si en alguna velada futura de su excelencia la duquesa, dentro de las semanas que ustedes consideren prudentes, alguna huésped de su excelencia retoma a Clementi en el banco del salón principal, sabré, milady, dónde es el compás veintidós y aprenderé a no moverme del sillón hasta el último tiempo de la mano izquierda.

Esta carta no espera respuesta. Suyo, en sentido estricto del condado,».

«El conde de Ashvere».

Releo. La firma con el título es la única cortesía que el caballero recién llegado al condado puede permitirse cuando le contesta a una mujer casada sobre una partitura que la mujer no le ha entregado en persona.

La carta dice una sola cosa: que el conde no va a presentarse en el portillo del muro del jardín del sur ni esta semana, ni la siguiente.

Que va a esperar. Y, en el milady deliberado de la primera línea, que se permite llamarla así por tercera vez sin haberla confundido nunca con una duquesa.

Doblo la carta. La meto en un sobre pequeño de papel verjurado.

La sello con el lacre rojo del condado, no con el del título — un lacre menor de la casa, sin el escudo de los Wyndham, con la indicación neutra de «Ashvere» grabada en el sello pequeño que un caballero usa para la correspondencia interna de la finca.

Escribo en la cara delantera, con la pluma:

«Para la atención de la señora Marlowe, Ravenfell House».

Llamo a Hawthorn con dos golpes secos en el pasador.

Entra a los veintidós segundos.

—Hawthorn. Esta carta. Que se la lleve Tobías a Pennywick esta misma tarde, antes del té de las cuatro.

Con la indicación, a Pennywick, de que es respuesta privada de cortesía musical a la institutriz de la pequeña lady Pippa, y no debe pasar a su excelencia ni a la duquesa.

Pennywick entenderá. Tobías esperará a Pennywick en el patio, recogerá lo que Pennywick quiera devolverle si quiere devolverle algo, y volverá.

Hawthorn coge la carta. La sostiene un instante entre dos dedos. No la mira. Hace una inclinación pequeña.

—Como milord disponga.

Y, ya en la puerta, se vuelve.

—Milord.

—Sí, Hawthorn.

—Pennywick lleva veintinueve años al lado de su excelencia el duque. Tres años más de los que llevo yo al lado del difunto señor. La cortesía entre las dos casas tiene historia.

—Comprendo, Hawthorn.

—La carta llegará a manos de la institutriz.