El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Maren es mi hermana. Maren está en Yorkshire — en Settle, en la casa de mi tía paterna, donde vive desde nuestra orfandad gracias a una tía decente que aceptó a la pequeña cuando ya no podía aceptar a las dos.

Maren tiene dieciocho años. Yo le mando a Maren seis libras cada trimestre del estipendio que recibo de la duquesa.

Le mando, además, las cartas que le mando: una semanal, los miércoles, una carta corta con lo del pueblo, con lo de Pippa, con un párrafo sobre el lago si las flores del jardín lo permiten.

Cartas que se pueden leer en voz alta delante de la tía paterna sin que la tía paterna frunza la frente.

Pero hay otras.

Las otras cartas son las que escribo en el cuaderno gris. No las mando.

Tengo siete escritas. Llevan en el cuaderno gris desde la primavera pasada.

Cada una está fechada. Cada una empieza con «querida Maren».

Cada una termina con «tu hermana, que te quiere».

Y, entre las dos fórmulas, hay las cosas que un hueco quirúrgico exacto en el centro del pecho de una mujer joven en Ravenfell House necesita que oiga alguien que la quiere a una, aunque ese alguien no las vaya a leer hasta dentro de muchos años.

La primera carta es de marzo del año pasado y la titulé sin querer «el martes en el que el carpintero me hizo el doble fondo del cajón».

La segunda es del mayo de la primera vez en que Pippa me llamó «mi Bryn» sin pedirle permiso a nadie.

La tercera es de la noche en la que su excelencia la duquesa me dejó pasar al saloncito amarillo a las nueve para tomar el té con ella sin que yo le hubiera pedido permiso.

La cuarta es la del otoño pasado, cuando supe por la señora Halliwell que el primo Halford había vendido los muebles del comedor de Furness.

La quinta y la sexta son del invierno — una sobre una pesadilla, otra sobre una conversación de Pennywick.

La séptima la escribí hace seis semanas, sin motivo claro, después de una nevada pequeña.

La octava la voy a escribir esta noche.

Mojo el plumín. Lo aprieto un instante contra el cuello del tintero para soltar la gota que sobra. Escribo arriba, en la esquina derecha, la fecha:

«Nueve de marzo de mil ochocientos dieciocho».

Y, debajo, en mi caligrafía de los doce años — la única que mantiene la línea recta cuando me tiembla un poco la mano por las noches —, la entradilla:

«Querida Maren».

Espero un instante.

La hoja, al principio, no quiere ser escrita.

Es una de las cosas que he aprendido en este cuaderno: las cartas que importan se resisten los primeros veinte segundos.

Hay que dejarlas resistirse. Si una empieza demasiado pronto, se escribe sobre el papel la versión social de la información, no la verdadera.

La hoja se queda en blanco mirándome desde el escritorio durante un cuarto de minuto largo, en el que solo se oye el carbón asentándose en la lumbre.

Después la hoja cede.

«Querida Maren. Hoy ha bajado al salón un caballero del condado al que su excelencia la duquesa ha invitado por tercera vez en seis días.

Es el sobrino del difunto conde de Ashvere, el de la finca contigua, que se llama, por si te lo pregunta alguna vez la tía Hester sin que yo te lo haya dicho, lord Cael Wyndham.

Tiene treinta y tres años. Sus modales son corrientes, lo cual quiere decir que no son llamativos, lo cual quiere decir, en mi nuevo vocabulario, que son los mejores que he visto en mi vida.

Pero los modales de un caballero del condado no son lo que te quiero contar.

Lo que te quiero contar es esto: he tocado el Clementi de mamá durante quince minutos, dándole la espalda al salón, mirándole solamente a la partitura, y el caballero del condado, que estaba sentado en el sillón más lejano del piano, no se ha movido ni una vez.

He cumplido la promesa que le hice a su excelencia esta mañana de no buscarle la mirada al sentarme.

Pero hay una cosa, Maren, que su excelencia no me ha pedido a mí porque su excelencia no sabe que yo, por debajo de los quince minutos del Clementi, llevaba la cuenta de las veces que el caballero del condado movía la cabeza, los pies, las manos, los hombros, o cualquier cosa que un caballero del condado pueda mover en un sillón sin que su anfitriona lo note. Y la cuenta, Maren, es esta:».

Hago una raya.

«Ninguna. El caballero del condado ha movido la cabeza, los pies, las manos, los hombros y cualquier otra parte de él cero veces durante los quince minutos del Clementi.

He llevado la cuenta con la oreja derecha, que es la oreja por la que el sillón del este caía en mi línea perpendicular del piano.

Una mujer que toca a Clementi una sonata sexta de quince minutos y, durante esos quince minutos, registra a un hombre sentado a doce pasos de su nuca por el sonido pequeñísimo de la tela del sillón cuando un hombre cambia el peso de las nalgas, es una mujer, Maren, que tiene un problema».

Mojo el plumín.

«Y, lo peor de todo, Maren, es que mi problema, esta noche, no es el caballero del condado, que tiene los modales corrientes de los caballeros del condado y al que dentro de tres semanas habré olvidado de la cara.

Mi problema, esta noche, soy yo, Bryn. Que llevo dieciocho meses contando libras, peniques, chelines, semanas, meses y años en una columna firme de un cuaderno firme, y que esta noche, sentada delante del cuaderno firme, la cabeza no ha querido hacer la cuenta de las libras. Ha querido hacer la del sillón».

Tengo que parar un instante.