CAPÍTULO 5 #3
La hoja se queda esperando. La pluma me queda en la mano.
Apoyo el codo izquierdo en la mesa y me cubro un momento los ojos con la palma de la mano izquierda — el gesto pequeño que aprendí hace diez años en otra casa, en otro escritorio, con otra letra muy distinta a la mía, y que aprendí porque mi madre me lo enseñaba al verme estudiar a los doce años cuando los ojos me empezaban a pesar.
Mi madre lleva muerta nueve. Mi madre no llegó a verme casar.
Quito la mano de los ojos.
Mojo el plumín otra vez. Continúo.
«Eso, Maren, es lo que llevo dieciocho meses sin tener que escribirte.
Bath sigue siendo la idea. Bath sigue siendo la promesa.
Bath sigue siendo lo único firme que tengo.
Y, sin embargo, esta noche he comprendido — sentada delante de las cuentas viejas, con las monedas en montoncitos sobre el paño marrón — que el peligro de Cumberland en marzo de mil ochocientos dieciocho no es el caballero del condado.
Es que yo, sin pedirle permiso a nadie, he empezado a contar otras cosas.
Y las otras cosas, una vez se empiezan a contar, son difíciles de descontar.
Espero, Maren — y te lo digo a ti porque a su excelencia la duquesa no se lo puedo decir, porque a Pippa por razones obvias tampoco, y porque a Maren la pequeña, en Yorkshire, las cosas verdaderas, aunque me las guarde en este cuaderno gris para que no las leas hasta dentro de muchos años, se las digo a la pequeña Maren, y solo a ella — espero que el caballero del condado, después de esta semana, deje de visitar Ravenfell durante un mes.
Espero, en concreto, que su excelencia la duquesa Cora, que es muchísimo más sabia que yo, advierta el problema antes de que el problema se haga mayor, y que vuelva a la regla de la una invitación por semana del condado, que es la regla que un caballero recién llegado al condado debe respetar mientras la viuda que toca el Clementi en el salón principal aprende a contar otra vez las libras y no a los hombres».
Bajo la pluma.
Hago la firma. Es firme la pluma esta vez.
«Tu hermana, que te quiere, Bryn».
Cierro el cuaderno gris.
Lo dejo sobre el escritorio, encima de la hoja de las tres columnas plegada, encima del tintero pequeño con el plumín dentro.
Me suelto el moño bajo. Me cepillo el pelo veinte veces como me enseñó la tía Hester a los nueve años.
Me lavo la cara con el agua fría de la jofaina pequeña, sin avivarme demasiado el aire, porque hace frío en este cuarto a las once y media de la noche y no quiero coger un catarro mañana antes de la primera clase de Pippa.
Me pongo el camisón de algodón blanco. Me trenzo el pelo en una trenza floja para la cama.
Y entonces, en lugar de meterme bajo el edredón, hago dos cosas pequeñas que la mujer que ha contado libras durante dieciocho meses se permite hacer las noches en que ha contado, en lugar de las libras, otra cosa.
La primera. Cruzo el cuarto descalza hasta la ventana pequeña que da al jardín del sur.
Aparto un dedo de cortina. Miro fuera. La luna alta del valle es media luna baja.
El jardín del sur de Ravenfell baja al muro de piedra en una pendiente pequeña — un sendero, un parterre, otro sendero, el muro.
Más allá del muro hay un portillo oxidado que separa Ravenfell de Ashvere Hall.
Más allá del portillo, el jardín de Ashvere.
Más allá del jardín de Ashvere, la fachada lateral de la casa del difunto conde.
Ashvere Hall tiene a esta hora dos ventanas iluminadas en el primer piso, las dos pequeñas, las dos del ala oeste.
Una corresponde, por la geometría que he aprendido a calcular sin haber pisado la casa, al despacho del difunto señor.
Otra corresponde al cuarto del huésped principal.
La del despacho lleva iluminada desde antes de las once, porque la he mirado dos veces esta noche al cruzar el cuarto. La del huésped principal acaba de encenderse.
Lo cual significa que el caballero del condado ha llegado a Ashvere Hall del salón principal de Ravenfell y ha subido al cuarto del huésped principal.
Lo cual significa que va a estar despierto al menos otra hora, porque los caballeros que recogen los libros mayores de los despachos antes de las once vuelven al cuarto a esa hora con la intención de leer al fuego.
Y los caballeros que leen al fuego se quedan despiertos hasta la una.
La cortina vuelve a su sitio.
La segunda cosa que me permito es esta. Vuelvo al escritorio.
Abro el cuaderno gris por la última hoja escrita — la octava carta a Maren, fechada esta misma noche.
Al final, debajo de la firma «tu hermana, que te quiere, Bryn», con un trazo finísimo de la pluma que casi no me deja tinta porque ya estoy moviéndome más despacio, añado tres palabras pequeñas:
«Tres semanas, Maren».
Es lo único que me concedo esta noche.
Cierro el cuaderno gris.
Lo devuelvo al cajón del doble fondo. Cierro el cajón. Apago la mecha del candil pequeño del escritorio con dos dedos mojados. Quedo con la luz de la lumbre, que apenas ya. Me meto bajo el edredón.
La luz de la lumbre tarda otros doce minutos en apagarse del todo. Yo, durante esos doce minutos, no duermo. Hago la cuenta. La cuenta es esta: cero. El caballero del condado no se ha movido ninguna vez en su sillón durante el Clementi de esta noche.