El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Lo primero que hago al volver a mi cuarto es cerrar la puerta con llave.

La velada musical ha terminado a las once menos veinte.

Su excelencia la duquesa me ha mandado a Mary por la escalera de servicio con la indicación de que podía retirarme a mis habitaciones sin esperar a que los invitados se fueran del salón principal.

Lo cual significa que su excelencia no me necesita en el primer piso por la mañana hasta las nueve.

Lo cual significa que tengo, desde el momento en que la llave gira en el cerrojo, nueve horas y media para mí sola.

Es más tiempo del que dispongo en una semana habitual.

Apoyo la espalda en la puerta. Suelto la partitura plegada en la cómoda baja.

Me llevo la mano al broche de azabache del cuello y aflojo el alfiler.

Es la primera respiración honda que me permito desde las ocho menos cinco de esta noche, cuando Pennywick — que tiene la delicadeza de los criados muy viejos para no preguntar dos veces — me ha avisado a la puerta del cuarto de los niños que su excelencia el duque me agradecería el favor de bajar a tocar quince minutos al salón principal a las nueve y dos.

Quince minutos al salón principal a las nueve y dos: la fórmula del recado ha sido tan precisa que no he podido fingirme cansada.

Aunque lo estoy.

Cuelgo el chal de paño gris detrás de la puerta.

Me quito los zapatos pequeños de raso negro y los pongo bajo la silla.

Avivo la lumbre con dos golpecitos del atizador.

La lumbre del cuarto de las institutrices del primer piso es la lumbre menor de Ravenfell — el carbón llega tres horas más tarde que al resto de la casa, en una espuerta pequeña que Pearl la doncella alta sube por la escalera de servicio sin protestar — pero he aprendido a calcularla.

En diez minutos arderá lo justo para que yo pueda escribir media hora sin que me tiemble la mano.

Tengo cosas que escribir.

Pero antes, lo otro.

Ese «antes lo otro» es la cita pequeña que tengo conmigo misma desde hace dieciocho meses, y a la que he aprendido a no llegar tarde.

La cumplo las noches en que su excelencia la duquesa Cora me trae al primer piso a un caballero del condado y yo advierto que ha decidido sostener una telaraña pequeña alrededor de mí.

Esta noche he advertido los hilos.

Cinco invitados. Tres parejas, una mayor, una de mediana edad, una novios; el rector sin la mujer; la señora Sloane y la señorita Sloane, prima segunda y sobrina segunda de la propia duquesa.

Y, sentado en el sillón del este de la pared, lo más lejos posible del piano que el salón principal de Ravenfell le permitía sentarse a un huésped sin desairar a la anfitriona, el conde de Ashvere.

Tres invitaciones en seis días.

Pippa me lo ha contado al desayuno del lunes con la naturalidad de los niños pequeños que no saben todavía qué información se mantiene en privado: «mamá invitó al señor Wyndham al té de la mujer del rector el jueves».

Pippa me lo ha contado otra vez el viernes a la hora del baño: «papá invitó al señor Wyndham al cottage de los Ashen el sábado».

Pippa me lo ha contado, finalmente, esta mañana con la cuchara de la papilla en el aire: «mamá ha invitado al señor Wyndham a la música de hoy.

Lo dijo Pennywick a Pearl en la cocina».

Y yo, al desayuno del lunes, al baño del viernes y a la papilla de este mismo martes, he asentido con la cara impasible y le he cambiado a Pippa el tema de la conversación. Tres veces.

Lo cual no es una casualidad.

Su excelencia la duquesa Cora lleva dieciocho meses cuidándome.

Cora me alojó. Cora me protegió. Cora me dio palabra ducal de que en esta casa no se hablaría jamás de Furness, ni de Renn, ni del bebé, hasta que yo decidiera hablar.

Cora ha respetado esa palabra durante dieciocho meses sin un solo fallo.

A cambio de la palabra, yo le he prometido a Cora — con palabra de viuda, que es la palabra que me queda — dos cosas: la primera, no marcharme de Ravenfell sin tres meses de aviso.

La segunda, decirle a Cora la verdad si Cora me la pregunta.

Cora no me ha preguntado nada en dieciocho meses.

Pero Cora, ahora, ha empezado a hacer otra cosa.

Cora ha empezado a moverme delante de un caballero joven del condado.

Y eso, en su excelencia la duquesa Cora, no se hace por compasión ni por capricho. Cora mueve a las personas delante de las personas porque ha decidido, en algún momento previo, que las dos personas movidas se pertenecen.

Esto es lo que sé.

Cierro los ojos un segundo apoyada en la puerta del cuarto, con la mano todavía en el broche de azabache que ya he soltado, y permito que la información se asiente sola en mi pecho sin tener que pelearla.

La información tiene su peso justo. La pelearé después.

Ahora, antes de las cuentas, me concedo treinta segundos de respiración exacta.

Después, abro los ojos. Me suelto el broche entero del cuello.

Lo dejo en la repisa de la chimenea, junto al reloj pequeño de bronce que su excelencia la duquesa me regaló por mi cumpleaños el otoño pasado y que va dos minutos atrasado porque he decidido yo que vaya dos minutos atrasado.

Cruzo el cuarto hasta el escritorio pequeño bajo la ventana.

Levanto el doble fondo del primer cajón con la uña del pulgar — el doble fondo me lo hizo el carpintero del valle hace ocho meses, después de la primera vez en que perdí cinco chelines del bolsillo del delantal en la lavandería y le dije a Pennywick que tenía que volver a contar a solas — y saco de debajo del doble fondo la bolsita de tela cruda con la cinta blanca.

La llevo a la mesa de la chimenea.

La vacío entera sobre el paño marrón que tengo extendido.

Treinta y dos libras. Catorce chelines. Tres peniques.

Los voy contando con la mano izquierda — la mano del piano de esta noche, todavía rígida por el frío del salón principal — y los voy poniendo en montoncitos de cinco libras en monedas más pequeñas, porque mantenerlos en montoncitos exactos me permite ver el dinero como si fuera dinero.

Cuando lo tengo todo metido en una bolsa, el dinero, para mí, es polvo.

En montoncitos sobre el paño marrón, en cambio, es lo que es: monedas que pesan, que se tocan, y que valen para un billete de Carlisle a Bath en abril o mayo de mil ochocientos veinticinco.

Saco la hoja del bolsillo interior del delantal.

La hoja la llevo doblada en cuatro desde la mañana.

La he doblado nueve veces en los últimos tres días — la abro a primera hora, la abro a media tarde, la cierro antes de bajar al desayuno, la cierro antes de bajar al cuarto de los niños.

La hoja tiene tres columnas. La primera columna es lo ahorrado a fecha de hoy.

La segunda columna es lo necesario — trescientas libras, según el cálculo que hice con la señorita Halliwell la posadera el otoño pasado en su salita privada, comparando lo que cuesta una habitación decente en Bath con servicio una vez al día y dos comidas frías, frente a Edimburgo, frente a Brighton.

La tercera columna es el tiempo restante en años, calculado a la asignación neta anual que yo recibo de la duquesa después de descontar lo que le mando a Maren a Yorkshire cada trimestre, lo que gasto en zapatos, en cintas, en libros para Pippa, en regalos pequeños de Pascua, en penique de Pippa cada domingo.

La columna del tiempo dice quince años.

Lleva diciendo quince años desde hace tres meses. La he comprobado tres veces. Es exacta.

Quince años.

Cojo el plumín, lo mojo en el tintero pequeño de la mesa, y, en lugar de pasar a la cuarta columna que pensaba escribir — la columna nueva, la de «si la duquesa Cora me cambia la asignación al subir a la pequeña a institutriz formal de la planta noble» — me detengo.

Esta noche no quiero hacer la cuarta columna.

Esta noche quiero hacer otra cuenta.

Lo cual es nuevo, y por nuevo me incomoda.

Llevo dieciocho meses haciendo las cuentas en este escritorio con un sistema firme: cuentas firmes, columnas firmes, plazo firme.

Me la di yo misma la noche que llegué a Ravenfell, con el dinero del bolsillo de Renn que la señora Halliwell me había rescatado después de que el primo Halford me cerrara la casa.

Si las cuentas se vuelven flexibles, el plazo se vuelve flexible.

Y el plazo flexible, en el condado, es ninguno.

Pero esta noche me siento delante de la cuenta antigua de tres columnas y la cabeza no quiere hacerla.

La cabeza quiere hacer otra.

La cabeza quiere calcular cuántas veces, durante los quince minutos del Clementi de esta noche, el conde de Ashvere ha movido la cabeza en el sillón del este de la pared.

Eso es lo que pasa.

Bien.

Mejor saberlo.

Doblo la hoja sin escribir la cuarta columna.

La guardo. Recojo el dinero — moneda a moneda, lo cual me lleva otros cuatro minutos largos, porque hacerlo con prisa lo convertiría en esperanza vaga otra vez.

Cierro la bolsita. Devuelvo la bolsita al doble fondo.

Cierro el cajón. Sopla un pequeño viento por la chimenea y avivo otra vez la lumbre.

Después me siento en el sillón pequeño de junto al fuego, con el chal de paño sobre los hombros, y abro el cuaderno gris.

El cuaderno gris es el otro. No es el de las cuentas. Es el de las cartas a Maren.