CAPÍTULO 4 #2
—La señora Marlowe ha aceptado tocar el piano esta noche porque mi marido se lo ha pedido por una vía indirecta que no le voy a explicar y que la señora Marlowe no sabe que es indirecta.
Lo cual significa que la señora Marlowe cree esta noche que le hace un favor a un duque cansado de música mala en su propio salón.
Lo cree porque mi marido es un buen actor cuando le hace falta.
La señora Marlowe no ha aceptado tocar para usted. ¿Está claro?
—Está claro, Cora.
—No quiero, dentro de tres meses, una conversación con la señora Marlowe en la que tenga yo que disculparme.
—No la habrá.
Cora asiente. Termina el jerez. Se levanta. Cierra la conversación con la naturalidad de las anfitrionas mayores.
—Pennywick acaba de anunciarme la llegada de los Mortlake. Acompáñeme.
Los Mortlake son una pareja de cuarenta y largos años de Cumberland del sur: él, Thomas, un terrateniente de aspecto seco y modales precisos; ella, Margaret, una mujer rubia con un brillo agudo en los ojos que conozco de las cenas de Mayfair sin que sus pasos hayan pisado nunca Mayfair.
Los Whitcombe llegan diez minutos después: un matrimonio joven, recién casados el otoño pasado, ambos de menos de treinta años, callados, atentos, con la rigidez encantadora de los novios que aún no se atreven a hablar en exceso fuera de su casa.
La señorita Sloane viene con la señora Sloane su madre, y se acerca a saludarme con la inclinación exacta de las jóvenes del condado que han recibido instrucciones de su anfitriona y han decidido cumplirlas con desenvoltura.
Hay también el rector de Keswick, Holcomb, sin su mujer.
Diez personas en total, contando con Brennan y Cora.
Cenamos a las siete y cuarenta y cinco.
La cena ocupa una hora. El cordero del invierno, una sopa de verduras del huerto, un pescado del lago que el cocinero ha preparado con manteca y limón, manzana asada.
Hablamos de la mina de Penshaw — el señor Mortlake conoce al alguacil del valle —, hablamos del nuevo órgano de la iglesia de Keswick — el rector Holcomb prepara una colecta —, hablamos del libro de viajes a Italia que la señorita Sloane ha mencionado el jueves anterior.
Yo respondo lo que toca responder. Bebo el vino de Stowe.
Le hago a la señorita Sloane los cumplidos exactos que un caballero soltero le hace a una joven en una velada del condado: ni un grado más, ni un grado menos.
La señorita Sloane se ríe en dos ocasiones, una de un chiste mío y otra de un chiste de Mortlake.
Cora me mira por encima de los candelabros, una vez, en mitad del pescado.
La señora Marlowe no baja a cenar.
Pasamos al salón principal a las nueve menos cinco.
Cora le indica a Pennywick que abra el piano y prepare la primera partitura — una sonata pequeña de Clementi, la que la señora Marlowe ha aceptado tocar.
La señora Mortlake me hace una pregunta sobre Mayfair en el primer minuto.
Le contesto. Brennan le sirve oporto al rector.
La señorita Sloane se sienta a la izquierda del piano, en una silla de respaldo recto.
Yo me siento en el sillón del fondo del salón, contra la pared del este — el sitio más alejado del piano que el salón ofrece sin parecer una descortesía.
Lo elijo a propósito. Es el sitio desde el cual un caballero puede no buscar la mirada del intérprete sin tener que esforzarse.
A las nueve y dos, Pennywick abre la puerta del fondo del salón.
La señora Marlowe entra al salón sin que nadie la anuncie.
Lleva un vestido distinto al que llevaba el martes pasado en Ravenfell.
Es un vestido de tarde gris medio — más oscuro que el de viaje, sin más adorno que el broche de azabache pequeño de la garganta, manga larga, cuello cerrado, falda recta.
El moño bajo apretado, otra vez. No lleva el bolso de costura.
Lleva una partitura plegada en la mano derecha.
Y el anillo de oro fino en el anular de esa misma mano.
No saluda a nadie. Va directamente al piano.
Le hace a Cora, al pasar por delante del sillón verde, una inclinación pequeña.
A Brennan, otra. A los Mortlake, en grupo, una tercera.
A los Whitcombe, una cuarta. A los Holcomb y a los Sloane, en el mismo gesto, una quinta.
A mí, situado al fondo del salón, no me ve.
Eso me lo permito creer durante medio minuto.
Después, mientras la institutriz alisa la partitura en el atril del piano y se quita los puños de la manga derecha con la precisión de las mujeres que llevan años teniendo que tocar para otros y han aprendido a tocar sin que el puño se les meta en la tecla, advierto que la señora Marlowe ha hecho cinco inclinaciones en orden estricto de proximidad al piano, no de rango.
La de los Whitcombe — los novios — antes que la del rector y la del matrimonio Sloane.
La mía, último puesto, porque estoy al fondo.
No me ha ignorado. Me ha incluido en una geometría que no me deja a mí en una silla próxima al piano.
Asiento despacio, sin que se me note.
La señora Marlowe se sienta al piano. Se ajusta el banco. Apoya las dos manos sobre las teclas sin tocar todavía. Espera tres segundos. Empieza.
Es Clementi. La sonata sexta del segundo libro, la pequeña en sol mayor — la que mi tía Annabel tocaba en Mayfair los domingos cuando yo tenía catorce años.
La conozco por dentro. La señora Marlowe la toca con la técnica exacta del piano de las casas del campo inglés: limpia, seca, sin un trémolo, sin un retardo de los que las jóvenes londinenses se permiten para llamar la atención del caballero del fondo.
Toca como si estuviera sola en un cuarto privado.
Toca como si yo, los Mortlake, los Whitcombe, los Sloane, los Holcomb, Cora y Brennan fuéramos un mueble más del salón.
Y, mientras toca, aprendo dos cosas.
La señora Marlowe ha estudiado piano con un maestro inglés serio durante al menos doce años. La familia de la señora Marlowe era una familia caballeresca con dinero.
Y tiene una manera propia de cerrar las cadencias del compás trece — un retraso pequeñísimo, casi imperceptible: la mano izquierda esperando una décima de segundo más de lo que el compás pide, para que la mano derecha entre con la repetición en la posición exacta del teclado. Eso es técnica vieja de maestro serio.
La señora Marlowe no se vuelve durante los quince minutos. Ni una vez. Mantiene la cabeza inclinada cuatro grados sobre la partitura.
Termina la sonata sexta a las nueve y diecisiete. La señora Marlowe levanta las manos del piano. Las baja al regazo. Espera dos segundos en silencio. Después se vuelve hacia la sala — pero solo hacia Cora — y le hace una inclinación pequeña.
—Su excelencia.
—Le agradezco, señora Marlowe. Ha sido un consuelo.
La institutriz se levanta del piano. Pliega la partitura.
Sale por la puerta del fondo del salón con los cinco pasos de la mujer del condado que ha cumplido su palabra al duque que se lo ha pedido y se vuelve a sus habitaciones sin entretenerse.
La puerta del fondo se cierra detrás de ella con el clic pequeño que las puertas dobles de los salones grandes hacen cuando un mayordomo viejo las acompaña.
Brennan, junto al rector Holcomb, no se ha movido.
Cora, en el sillón verde, sí. Cora le aplaude a Pennywick con dos golpes pequeños de las palmas — el aplauso exacto de las duquesas que aprueban el trabajo de un servicio que ha entendido — y se vuelve a sus invitados con la sonrisa breve de las anfitrionas que han ofrecido lo que pueden ofrecer y se dan por satisfechas.
La señora Mortlake se permite un comentario sobre la pureza del toque.
La señorita Sloane, junto al piano, dice algo cortés.
El rector Holcomb le pide a Cora si puede tocar él una pieza menor a continuación — una marcha de su juventud — y Cora acepta, porque acepta todo lo que sus invitados le piden las noches en las que ya ha hecho lo que quería hacer.
Yo me quedo en el sillón del este de la pared. Sin moverme. La copa de jerez al lado, en una mesa baja, sigue intacta desde la primera mitad de la cena.
Pero, mientras el rector Holcomb se acerca al piano y la señora Mortlake me hace una segunda pregunta sobre Mayfair, mi cabeza no está en Mayfair.
Mi cabeza está en el compás trece de la sonata sexta.
En la décima de segundo en la que la mano izquierda de la señora Marlowe se ha demorado para que la mano derecha entrara en el sitio exacto.
Una mujer que toca a Clementi con el compás trece atrasado una décima de segundo es una mujer que sabe esperar.
Brennan, desde el otro lado del salón, me sostiene la mirada un segundo y medio. No sonríe. Vuelve a su conversación con el rector.