CAPÍTULO 4
Cumberland en marzo es una sucesión de mañanas frías y de tardes que el lago no termina de calentar.
La niebla sube del Derwentwater al amanecer, sube otra vez al atardecer, y entre las dos brumas el sol blanco del norte se asoma cinco horas largas que un caballero del condado aprovecha como puede.
En las diez jornadas que siguen al paseo a Portinscale, yo aprovecho las mías de tres formas.
Cabalgo con Hawthorn las dos fincas del este de Ashvere.
Le escribo al alguacil del valle que me indicó Brennan.
Acepto, una tras otra, las invitaciones que la duquesa de Ravenfell me hace llegar por escrito a través de Pennywick.
Son tres invitaciones en diez días.
La primera me la trae Pennywick a Ashvere Hall el miércoles tres de marzo, en una tarjeta de cartulina crema con el escudo del cuervo grabado en seco en la esquina superior izquierda.
Té con la mujer del rector de Keswick, el jueves a las cuatro, en el saloncito amarillo de Ravenfell.
La duquesa Cora me anuncia la pequeña reunión como una cortesía menor: dos vecinas mayores y dos primas que han venido a pasar la semana.
Acepto por escrito, en mi propia tarjeta.
La segunda me llega el viernes — visita al cottage de los Ashen el sábado por la mañana, con Brennan, para conocer al granjero principal y a su mujer.
La acepto también. La tercera me la trae Pennywick el lunes ocho de marzo, en mano, una hora después de la cena: velada musical el martes a las siete y media, en el salón principal de Ravenfell, con dos parejas del condado.
La acepto la misma noche, antes de subir al cuarto.
Es la pieza que faltaba.
Tres ocasiones en seis días. La regla del condado era una invitación por semana. La duquesa ha decidido cambiar la regla: multiplicar las habitaciones en las que la señora Marlowe podría estar y no está.
Eso es lo que veo el jueves al cruzar el zaguán de Ravenfell House para el té de la mujer del rector.
Pennywick me lleva al saloncito amarillo.
En el saloncito amarillo hay cuatro mujeres: Cora; la señora Holcomb, mujer del rector de Keswick, una mujer de cincuenta años con la voz baja de las personas que han escuchado a sus maridos durante demasiados sermones; y las dos primas — la señora Sloane, prima segunda de Cora por la rama materna; y la señorita Sloane, hija de la anterior, una joven de veintidós años de pelo castaño claro a la que Cora me presenta con una sonrisa pequeña que conozco de tres días antes.
Las cuatro tomamos té. La señora Holcomb me habla del nuevo órgano de la iglesia.
La señora Sloane, viuda madura del condado de Westmorland, me hace una pregunta cortés sobre la duquesa de Wyndham — mi madre — a la que respondo con la cortesía recíproca.
La señorita Sloane me habla de un libro de viajes a Italia que su tía abuela le ha hecho llegar el invierno pasado, y, cuando la conversación se aparta un instante de ella, me sostiene la mirada cuatro segundos.
La señora Marlowe no aparece en ningún momento.
Eso, ya lo sospechaba al subir la escalera.
Lo confirmo al primer cuarto de hora. Lo confirmo, sobre todo, cuando, al despedirme cuarenta minutos más tarde y cruzar de vuelta el zaguán, oigo desde el primer piso la voz pequeña de Pippa recitando algo en latín y, contestándole en el mismo tono pero más bajo, la voz exacta de la institutriz que ya conozco.
Las dos voces salen del cuarto que da al jardín del sur, según la geometría que llevo seis días aprendiendo.
Pippa recita el Salmo veintitrés. La señora Marlowe la corrige solo dos veces, en el quinto y en el séptimo versículo.
Yo no me detengo en el zaguán a escuchar — sería un caballero indecoroso si lo hiciera.
Cruzo, le hago la inclinación a Pennywick, recojo el sombrero, salgo.
Pero al subir a Hume el caballo, en el patio, advierto algo que no había visto al entrar.
En el zaguán de Ravenfell House, sobre la mesa redonda de las cartas, hay una cesta pequeña de mimbre con madejas de lana azul medio.
La misma lana que Cora compró conmigo en Portinscale el lunes anterior, cuando la señora Marlowe se quedó en el carruaje.
La duquesa ha hecho llegar la lana al saloncito del primer piso.
Cabalgo hasta Ashvere por el camino del este sin volverme.
El sábado a media mañana, visita al cottage de los Ashen.
Brennan y yo dos a caballo, sin carruaje, sin damas.
Los Ashen son una pareja de granjeros mayores de unos cincuenta años — Walter, alto, manos grandes, la espalda algo encorvada de tres décadas de heno; Anne, baja, ojos vivos, delantal blanco impecable.
La granja está a veinte minutos al oeste del molino, en una zona del valle que conozco de los mapas pero que no he pisado todavía.
Brennan me lleva por los lindes. Me presenta a Walter Ashen.
Me presenta a Anne Ashen. La señora Ashen me sirve cerveza floja en una jarra de barro, pan negro recién horneado y un pedazo pequeño de un queso del condado que es más fuerte de lo que recordaba.
Walter me explica, con la voz lenta de los hombres de su oficio, el problema del muro bajo del prado del este, que necesita reparación antes del verano.
Tomo nota mental. Brennan asiente. Yo asiento.
Le ofrezco a Walter la reparación a cuenta del arrendamiento, en lugar de subírsela al precio del año que viene.
Walter Ashen acepta con una inclinación pequeña de los hombres del valle.
Al volver al patio de la granja, Anne Ashen baja desde la casa con una pequeña cesta cubierta con un paño blanco.
—Milord.
—Señora Ashen.
—Que me perdone milord la confianza. Hierbas para la cocina de Ashvere.
Romero, salvia, menta. La cocinera de Ashvere — su excelencia su tío llamó a mi marido por la cocinera hace muchos años.
Las dos se conocen de niñas. La cocinera de Ashvere usa la salvia de mi huerto desde antes de que naciera milord.
Acepto la cesta. Le hago una inclinación más profunda que las que llevo haciendo en esta visita.
—Le agradezco, señora Ashen. Y gracias por el queso. ¿Tienen algo que necesiten de Ashvere a cambio? Hawthorn me indicará cómo hacérselo llegar.
Anne Ashen sonríe. La una sonrisa de un solo lado de las mujeres mayores del valle. Niega con la cabeza.
—Que milord visite a su cocinera. Lleva nueve años sin verle. Y que coma su pan.
Salimos por el portón de los Ashen. Brennan, junto a mí en el sendero, espera a que la granja nos quede a cien metros para hablar.
—Walter Ashen lleva sirviéndole a tu tío desde que tenía veintiún años.
Anne Ashen le dijo a tu cocinera, en una visita a la cocina hace tres meses, que esperaba con paciencia el día en que el sobrino del señor pisara por fin la granja.
Mi mujer recibió esa información por la sobrina de Anne Ashen en la velada de Navidad.
Eso, Cael, lo apuntas si no quieres que se te olvide.
Lo apunto.
El martes a las siete y media de la tarde, velada musical en Ravenfell House.
Pennywick me recibe en el zaguán a las siete y veintidós, lo cual significa que llego con ocho minutos de margen — los justos para el caballero que ha aprendido la regla del condado y no quiere ser el primero ni el último.
En el salón principal arde la chimenea grande.
La duquesa Cora ha encendido tres candelabros de plata sobre la mesa larga arrimada al fondo, junto al piano de cola de la primera mañana — el piano negro de la partitura abierta.
Cora viene a recibirme al umbral. Lleva el vestido de noche de raso color marfil y la peineta de carey de su madre.
—Lord Ashvere. Llega usted antes que mis dos parejas. Mejor para nuestra conversación previa.
Me lleva al saloncito amarillo, que está vacío.
Me ofrece jerez. Me sirve ella misma sin esperar a Pennywick.
Se sienta enfrente, en el sillón verde de las noches sin huéspedes, con las manos cruzadas sobre el regazo y la apenas una sonrisa con la que las duquesas del condado entran en conversaciones que han decidido tener.
—Cael.
—Su excelencia.
—Cora. Su tío me llamó Cora veinte años. Le pido que continúe la tradición. ¿Querría hacerme un favor esta noche?
—Si está en mi mano, Cora.
—Está. La señora Marlowe ha aceptado bajar al salón principal durante un cuarto de hora para tocar el piano.
Es un favor que yo le he pedido y que ella me ha concedido con dos condiciones.
La primera es que tocará una sola pieza — Clementi, lo cual significa quince minutos justos — y volverá al primer piso en cuanto cierre la partitura.
La segunda es que tocará desde el piano sin volverse al salón.
Si milord — si usted, Cael — encuentra en algún momento de los quince minutos la mirada de la señora Marlowe sobre el piano, le ruego que no se la sostenga.
—Cora.
—Sí.
—No le sostendré la mirada.
—Le agradezco.
Cora bebe un sorbo de jerez. Cruza las manos otra vez.
—La segunda parte del favor es que, al terminar la pieza, milord se quedará en el sitio en el que esté.
No se levantará. No se aproximará. La señora Marlowe saldrá del salón por la puerta del fondo, que da a la galería interior, sin saludar a los invitados.
Mis dos parejas — los Mortlake y los Whitcombe — entenderán que se trata de una de las costumbres de la casa, porque mi marido y yo se lo explicaremos.
La señorita Sloane, que también está esta noche, entenderá lo que yo quiera que entienda.
—Comprendido.
—Otra cosa, Cael.
Cora me mira los segundos largos de las duquesas que han decidido decir lo que tienen que decir.