El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Lo dice bajo. Lo dice con la voz exacta del primer día — la voz de quien le habla a una niña pequeña para que la niña pequeña entienda a la primera.

Lo dice mirándome a los ojos los dos segundos completos.

Y baja el escalón sin tocar mi mano. Se aparta dos pasos hacia el lado de Cora. Le hace una inclinación pequeña a Cora.

Yo bajo la mano despacio. Al ritmo natural en el que un caballero baja la mano cuando nadie la ha aceptado. Con la cara impasible.

Le hago a la señora Marlowe una inclinación pequeña.

Ella me devuelve la inclinación con la barbilla.

Cora, dos pasos a la izquierda, no ha movido un músculo.

Brennan, al otro lado del coche, está hablándole a Ned algo del freno.

Pippa, sujeta de la mano de Brennan, está mirándome a mí con los ojos grises pálidos en grande, en el silencio concentrado de las niñas pequeñas que acaban de entender algo que no han comprendido pero que saben que se acordarán de mayores.

—Lord Ashvere —dice Cora—. La señora Bell tiene la mejor lana de Cumberland en el escaparate del invierno y mi marido jamás aprenderá a apreciarla.

Si milord es tan amable, le pediría que entrara conmigo y con Pippa diez minutos a comparar el azul de invierno con el azul de la temporada pasada.

La señora Marlowe se queda con el carruaje.

La señora Marlowe lleva consigo una labor de Pippa que necesita acabar antes de la tarde.

La señora Marlowe asiente sin abrir la boca.

Cora me tiende su propio brazo.

Yo le ofrezco el mío. Cruzamos los siete metros que nos separan de la tienda de la señora Bell con la solemnidad exacta con la que las duquesas del condado entran en las tiendas pequeñas de lana de los pueblos pequeños.

Brennan se queda fuera, atendiendo lo del freno.

Pippa nos sigue corriendo entre Cora y yo, sujeta a la falda de su madre con la mano libre.

Cuando entramos en la tienda — la campanilla de la puerta, el olor a lana cruda, el calor pequeño del brasero, la señora Bell que sale del fondo con una reverencia más profunda de lo necesario — yo me vuelvo un instante al cruzar el umbral, sin permitírmelo del todo, hacia el carruaje pequeño aparcado en mitad de la plaza.

La señora Marlowe está sentada en el coche, en su sitio del fondo derecho, con la portezuela cerrada y el bolso de costura abierto sobre el regazo.

Ha sacado la labor — un dobladillo de muselina blanca — y la aguja.

Tiene el guante negro de la mano derecha quitado otra vez.

La mano del anillo de oro fino sostiene la tela.

La mano izquierda, sin guante, sostiene la aguja.

Tiene la cabeza inclinada sobre la labor.

No me mira.

Pero, antes de que termine de girarme hacia dentro de la tienda — antes de que la campanilla termine de sonar, antes de que la señora Bell me invite a pasar al escaparate del invierno — la señora Marlowe levanta la vista de la labor, mira hacia la puerta de la tienda, me ve, y baja la vista a la labor otra vez.

Medio segundo. Menos.

Yo entro en la tienda detrás de Cora. La señora Bell me señala el escaparate del invierno.

Cora me pregunta, en la voz neutra del condado, qué opino del azul oscuro de la izquierda frente al azul medio del centro.

Le contesto. Pippa señala uno verde que no había en ninguno de los dos lados. Le contestamos las dos cosas a la vez.

Pero la consecuencia material del paseo a Portinscale ya está guardada en otra parte:

La señora Marlowe no acepta la mano. Pero levanta la vista a la puerta cuando un caballero pasa por delante.

Cora — sin una palabra que no fuera la del condado — me ha dejado claro que el caballero recién llegado esperará. Lo que la duquesa no sabe es que el caballero recién llegado, antes de la tienda de la señora Bell, ya había decidido esperar.

La señora Bell despliega un tercer paño de azul medio sobre el mostrador.

Pippa, a mi lado, tira de mi levita.

—Lord Ashvere.

—Lady Pippa.

—Mi Bryn se ha quedado fuera.

—Sí, lady Pippa.

—¿Por qué?

Cora, sin levantar la vista del paño de azul medio que la señora Bell le ha desplegado en el mostrador, contesta por mí en el tono exacto en que las duquesas contestan a las niñas pequeñas que han hecho la pregunta exacta en la tienda de paños exacta a las doce y nueve de la mañana:

—Porque hay personas, Pippa, que descansan mejor en el sitio en el que no tienen que decirle a nadie buenos días.

Pippa asiente. Vuelve a tirarme de la levita.

—Lord Ashvere.

—Lady Pippa.

—El azul medio.

Le sonrío. Es la primera sonrisa que doy en toda la mañana. Se la doy a una niña pequeña porque las sonrisas, en este condado, todavía las puedo dar a las niñas pequeñas sin tener que pedirle a nadie permiso.

—El azul medio, lady Pippa.

La señora Bell envuelve el azul medio en papel marrón.

Cora paga. Salimos. La señora Marlowe sigue cosiendo el dobladillo de Pippa en el carruaje pequeño con la mano izquierda sosteniendo la aguja y la mano del anillo sosteniendo la tela.

No levanta la vista al volver nosotros al carruaje.

La labor avanza tres puntadas mientras yo subo el escalón.