El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

La regla, sin embargo, ya está dicha. La señora Marlowe ha pedido no conversar conmigo. No con cualquier vecino. Conmigo. La sonrisa pequeña que se le escapó el martes pasado, durante seis días, ha sido una cosa que ha querido no haber tenido.

La consecuencia material de todo eso es que, al llegar al cruce del molino y bajar yo de Hume el caballo para subirme al carruaje en el sitio que la duquesa Cora me ha indicado, voy a sentarme frente a una mujer que durante las próximas tres horas no me va a mirar.

Eso decido aceptarlo.

Cabalgamos los siguientes dos kilómetros sin volver a hablar.

Brennan me indica con la fusta dos lindes — el del este de los Ashen, el del oeste de los Bell.

Me señala el sendero por el que se baja a la mina de Penshaw cuando uno no quiere usar el camino principal.

Asiento. Hume el caballo conoce los caminos.

El carruaje pequeño nos sigue cien pasos por detrás, sin alcanzarnos, porque el camino sigue siendo demasiado estrecho para que los dos caballos del coche pasen junto a Ravenfell y a Hume.

La voz de Pippa se oye dos veces — una para señalar un cuervo, otra para preguntarle algo a Cora que yo no alcanzo a oír.

La voz de Cora, contestándole. La voz de la señora Marlowe, dos veces, una para señalarle a Pippa algo en el campo, otra para decir algo sobre el tiempo.

La señora Marlowe tiene la voz exacta del primer día — baja, exacta, sin floritura.

Esta vez no me llega ninguna palabra entera, solo el tono.

Llegamos al cruce del molino a las once y treinta y dos. Ned para los caballos.

Yo desmonto. Le tiendo las riendas de Hume a Tobías. Tobías ya no parpadea ni dos veces ni una. Tobías ha aprendido, en tres viajes de Ashvere a Ravenfell y vuelta, a coger las riendas sin parpadear. Lo advierto con una satisfacción pequeña que no me permito alargar.

Subo al carruaje pequeño por la portezuela del lado derecho — el que Ned me abre.

El carruaje pequeño de Ravenfell es para cuatro: dos sentados de espaldas al cochero, dos sentados de cara.

Cora me indica con un gesto pequeño que me siente frente a ella, de cara a Ned, en el sitio del fondo izquierdo.

Lo cual me coloca, según la geometría exacta del coche, frente a Pippa, que está sentada a la derecha de Cora; y diagonal a la señora Marlowe, que está sentada a la izquierda de Cora, al fondo derecho del coche.

Subo. Cierro la portezuela detrás de mí. Le hago una inclinación a Cora. Le hago una inclinación a Pippa. Y, finalmente, le hago una inclinación a la señora Marlowe, sostenida exactamente la fracción de segundo que el protocolo exige para una dama de compañía de una duquesa, ni más ni menos.

La señora Marlowe me devuelve una inclinación de barbilla. La misma del patio. Sin mirar.

—¡Lord Ashvere! —dice Pippa.

—Lady Pippa.

—Te has subido.

—Sí, lady Pippa. Su excelencia su madre me ha invitado.

—Bien. Cuéntale algo a mi Bryn.

Cora no levanta la vista del guante que se está alisando. La señora Marlowe, frente a mí en la diagonal, mantiene la cabeza vuelta hacia la ventanilla del lado derecho del coche — la que da al lago. Yo, durante un segundo y medio que se siente como cuatro, advierto dos cosas a la vez:

Que la pequeña Pippa, con sus cinco años, acaba de poner sobre la mesa la prohibición exacta que Brennan me ha trasladado treinta minutos antes en la colina del seto de espinos.

Y que la señora Marlowe, frente a mí en la diagonal, no se ha movido ni ha cambiado la dirección de la mirada al lago.

—Pippa —dice Cora, sin levantar la vista del guante—.

A los caballeros recién llegados no se les exige que cuenten historias en el carruaje.

Eso solo se le exige a la familia. Lord Ashvere te puede mostrar más adelante, en Portinscale, dónde compra su cocinera el jengibre que tu padre toma para el dolor de espalda.

Eso será suficiente conversación para tu día.

—Pero mi Bryn no ha tenido ninguna conversación.

—La señora Marlowe ha pedido no tener conversación hoy, Pippa. La señora Marlowe está cansada. Hace tres noches que duerme en una silla junto a tu cama. Hay que respetar la fatiga de la señora Marlowe.

—Ah. ¿Está cansada por mí?

—Sí, Pippa.

—Pues que duerma en el carruaje.

—Eso será una excelente idea.

Cora le dice eso último a Pippa con la calma neutra del condado, sin levantar la vista del guante todavía.

Y, al levantarla por fin, no me mira a mí — me ahorra deliberadamente la mirada — sino que mira a la señora Marlowe con una sonrisa pequeña, brevísima, de las que cruzan las mujeres adultas cuando han decidido cuidarse entre ellas en presencia de un caballero al que no quieren incomodar más.

La señora Marlowe se da por aludida. Asiente, sin sonreír. Apoya la nuca en el respaldo del coche. Cierra los ojos.

No duerme. Yo sé que no duerme, porque las personas que duermen de verdad en los carruajes de paseo respiran de otra manera y la señora Marlowe respira como un metrónomo a las once y treinta y cinco de la mañana de un lunes de marzo.

Pero la señora Marlowe, con los ojos cerrados, ha resuelto el problema social del carruaje.

No tiene que mirar al caballero recién subido.

No tiene que devolver la conversación. No tiene que aceptar la mirada de Pippa pidiéndole permiso para hablarme.

Mantiene los ojos cerrados. Mantiene la dirección de la cara hacia la ventanilla.

Y mantiene, sobre todo — eso lo veo porque no puedo no verlo — el bolso de costura de tela apretado contra el muslo derecho, con la mano izquierda cerrada sobre la cinta del cierre.

La mano izquierda. Sin guante.

La derecha — la del anillo de oro fino — la lleva con guante de cabritilla negro.

Las mujeres del condado lo llevan al revés: el guante en la mano del bolso, la otra libre para el tacto. La señora Marlowe lo ha decidido al revés esta mañana al vestirse. Durante las cuatro horas siguientes, el anillo va a estar a la vista.

«No, milord. No subo a este carruaje sin recordatorio».

La acepto.

Cora me pregunta entonces, en la voz neutra de la conversación ligera, por la mina de Penshaw.

Le contesto. Pippa interrumpe dos veces — para preguntar qué es una mina, para preguntar si los mineros también tienen niñas pequeñas que esperan a sus padres en casa.

Cora le contesta con paciencia exacta. Yo respondo lo que Cora me pide que responda.

Brennan, fuera, sigue cabalgando a Ravenfell por delante del coche.

El sol blanco de las once de la mañana se desplaza despacio por el techo del coche.

La señora Marlowe sigue con los ojos cerrados y la mano izquierda — sin guante — apretada en el cierre del bolso.

Llegamos a Portinscale a las doce y cuatro minutos.

Ned para el carruaje delante de la tienda de paños de la señora Bell — la prima del señor Bell del arrendamiento del este, esposa de un comerciante de Carlisle, que tiene en Portinscale la única tienda de lanas decentes del valle.

Brennan desmonta. Le da las riendas de Ravenfell a Tobías.

Cora baja primero, ayudada por Brennan. Pippa salta sola, sin esperar a que la sujeten, y Brennan le coge la mano al aire para que el salto no se le tuerza.

La señora Marlowe ha abierto los ojos en cuanto el coche ha frenado, se ha alisado la falda con la mano izquierda, y se ha vuelto a poner el guante negro en esa misma mano antes de salir del coche.

Le sale del paño un anillo de oro fino, ahora, en cada mano.

Lo cual, naturalmente, es el guante negro disimulando el de la izquierda, no el de la derecha. Pero el efecto visual desde fuera es el de las dos manos enguantadas igual.

La señora Marlowe baja del carruaje sin que nadie le tienda la mano.

O, mejor dicho — porque tengo que repetirme la frase exacta, porque la frase exacta es la que importa — la señora Marlowe baja del carruaje sin que nadie le tienda la mano salvo yo.

Yo se la tiendo.

Ha sido un acto reflejo. Llevo treinta y tres años bajándome de los carruajes después de las mujeres y tendiéndoles la mano. Lo hago sin pensarlo. Soy el primer caballero del carruaje en estar fuera.

La señora Marlowe se detiene en el escalón del coche.

Tiene la mano izquierda en el marco de la portezuela.

La derecha — la del guante negro, la del anillo, la del bolso de costura — la tiene libre.

Mira mi mano. Mira mi mano un segundo y medio entero — el segundo y medio que aprendí en el saloncito del este que la señora Marlowe se reserva para pensar antes de contestar — y después levanta los ojos hacia mi cara.

Los ojos verdes oscuros, no claros. Esta vez sin la cicatriz visible — la luz es plana al mediodía y no le entra a la ceja de tres cuartos.

—Puedo sola, milord. Gracias.