CAPÍTULO 3
Brennan me ha pedido que recorramos juntos la zona oeste del lago.
Salida a las once, ida a Portinscale por el camino del rector, parada en la granja de los Ashen, vuelta por el mirador del Derwentwater.
Lo decidió ayer, cuando me invitó al desayuno del viernes y le pregunté yo mismo por el itinerario de los arrendamientos del oeste que todavía no me cuadran.
Brennan me dijo: «el viernes después de cenar te explico lo que sé; el lunes te llevo a verlo».
Y lunes ha sido. Faltan diez minutos para las once.
Llevo veintitrés minutos esperándolo en el patio principal de Ravenfell House con Hume el caballo, sombrero de viaje, levita marrón oscura, guantes de cabritilla, y la libreta de cuero en el bolsillo del chaleco.
Es la tercera vez que cruzo el portón de Ravenfell en seis días. La primera, el martes — el saloncito del este, la señora Marlowe, la libreta sacada sin pedir permiso. La segunda, el viernes — la cena de cinco con los Ashen. La tercera, hoy.
La señora Marlowe no apareció el viernes.
La duquesa me lo explicó al sentarse. «Lady Pippa se ha indispuesto esta tarde con un dolor pequeño de garganta, milord, y la señora Marlowe ha preferido cenar con ella en el cuarto de los niños».
Lo dijo sin mirarme. Lo dijo cortando el pan.
Lo dijo en el tono exacto de las anfitrionas que ya han entendido, sin pedirle a nadie permiso, que el caballero al que sirven la sopa esa noche ha pasado los cinco minutos previos a la entrada al comedor mirando si había un cuarto cubierto en la mesa para alguien que no estaba.
La duquesa Cora — sesenta y dos años, alta, pelo blanco recogido en moño bajo, ojos azules clarísimos — me sirvió esa información como un cocinero sirve una salsa, en el momento exacto en que tocaba servirla y no antes.
Yo asentí. Brennan no levantó la vista del cordero.
Hoy es lunes. Tres días después. Pippa, según Pennywick — que ha bajado a indicarme que su excelencia bajará en cuatro minutos — está restablecida.
Lo cual es una buena noticia para Pippa.
Lo cual no me dice nada sobre la señora Marlowe, porque la señora Marlowe — me dijo Brennan al mismo viernes en el zaguán, cuando me alargaba el sombrero a la salida —, la señora Marlowe acompaña a Pippa hasta que Pippa se levanta entera de la cama, y eso, en una niña pequeña, es cuestión de cuatro o cinco días.
Por eso miro al patio cuando oigo ruido.
Lo que entra al patio principal de Ravenfell House a las diez y cincuenta y seis minutos no es Brennan.
Es el carruaje pequeño de Ravenfell — el de paseo, dos caballos grises, el cochero Ned al pescante — saliendo de la cochera del este sin que yo le haya visto entrar.
Lo aparcan en el centro del patio, delante de la escalera de piedra.
Ned baja del pescante. Le frena los caballos al mozo, que aparece desde el otro lado.
Tobías, que se ha venido conmigo desde Ashvere y lleva veintitrés minutos a mi espalda con la rigidez exacta de los mozos jóvenes esperando a que alguien les diga qué hacer, se aparta dos pasos.
Brennan baja la escalera de piedra. Pero no baja solo.
Detrás de Brennan baja la duquesa Cora. Con capa de viaje de paño gris oscuro, sombrero pequeño de fieltro, guantes negros de cabritilla.
Y detrás de Cora — un peldaño por detrás, en el sitio que las institutrices de la casa de un duque ocupan en el orden de salida cuando van como acompañantes — baja la señora Marlowe.
Con la pequeña Pippa de la mano. Pippa con un abriguito azul oscuro y un sombrero de paño con un lazo verde, el mismo verde del primer día.
La señora Marlowe con la misma capa de paño gris que el primer día — lo cual significa, supongo, que tiene una sola capa de viaje — un sombrero pequeño negro sin lazo, y un bolso de costura de tela en la mano izquierda.
Brennan, al pie de la escalera, me mira con la cara más impasible que le he visto en seis días.
—Wyndham. Buenos días.
—Brennan.
—Le pido disculpas por adelantado. Mi mujer se ha permitido convertir nuestra excursión de hombres en una excursión de cinco porque, según ella, necesitaba comprar lana en Portinscale y Pippa lleva tres días encerrada en el cuarto y le viene bien el aire del lago.
Es lo que mi mujer me ha anunciado durante el desayuno.
Cuarenta minutos antes de la salida. Diga lo que diga yo a partir de este momento, no va a cambiar la composición.
Brennan dice eso con el tono neutro de las observaciones administrativas del condado. Lo cual significa, ya lo he aprendido, que Brennan está cumpliendo una promesa que le hizo a su mujer ayer por la noche y que sobre esa promesa Brennan no tiene voz.
Le hago una inclinación a Cora.
—Su excelencia.
—Lord Ashvere. Le acompañamos hasta Portinscale, si su excelencia milord nos lo permite. Su excelencia mi marido y yo iremos en el carruaje pequeño con la pequeña. La señora Marlowe nos acompaña como dama de compañía mía. ¿No le incomoda demasiado el cambio, milord?
La pregunta es retórica. La pregunta es la cortesía exacta que la duquesa Cora le hace a un huésped joven cuando ya ha decidido, sin pedirle permiso, que el huésped joven va a aceptar la composición ampliada.
Y yo, que llevo seis días aprendiendo a leer las cortesías retóricas de esta casa, sé lo que tengo que contestar.
—No me incomoda en absoluto, su excelencia. Es un honor.
Lo digo en serio. Lo digo, además, mirando exclusivamente a Cora — porque mirar a la señora Marlowe en este patio, a esta hora, con Pippa de la mano y la capa gris doblada sobre el brazo, sería un error de un caballero de Mayfair de primer año.
Le hago a la señora Marlowe una inclinación pequeña al final de la frase, dirigida al grupo.
La señora Marlowe me devuelve una inclinación de barbilla. No de cabeza. No se me va.
—Excelente —dice Cora—. Pues nos pondremos en marcha.
Lord Ashvere, mi marido sugiere que cabalgue usted con él hasta el cruce del molino, donde el camino se ensancha lo suficiente para que el carruaje pueda ir en paralelo.
A partir del cruce, si milord lo prefiere, puede unirse al carruaje y dejarle el caballo a Tobías para que lo lleve a paso.
Es más cómodo para los últimos dos kilómetros.
—Como prefiera, su excelencia.
Cora hace una inclinación pequeña. Le tiende la mano a Pippa, que se le sube al carruaje pequeño con la facilidad de la niña que ha hecho ese gesto cien veces.
La señora Marlowe sube detrás de Pippa sin que nadie le tienda la mano — Ned el cochero le abre la portezuela y le retira el estribo, pero nadie le ofrece el brazo.
La señora Marlowe no lo espera. Sube por sí misma.
Lo retengo otra vez. Cora sube la última.
Ned cierra la portezuela. Brennan monta a Ravenfell — un alazán joven, nervioso, mucho más caballo que Hume el viejo. Yo monto a Hume.
Salimos del patio principal a las once y dos minutos.
Brennan cabalga a mi izquierda, en silencio, durante los primeros cuatrocientos metros del camino del este.
El carruaje pequeño nos sigue cien pasos por detrás, al trote corto que le marca Ned.
La mañana es fría — el aire del Derwentwater pegado todavía al suelo a las once de la mañana, una niebla baja sobre los prados, sol blanco sobre la niebla — y el silencio del primer cuarto de hora es el silencio que los caballeros del condado aceptan cuando llevan once años sin haberse cabalgado juntos por un mismo camino.
Brennan no comenta. Yo tampoco. A los cuatrocientos metros, cuando el camino sube por la pequeña colina del seto de espinos, Brennan rompe el silencio.
—Cael.
—Brennan.
—Lo de hoy no era mi idea.
—Lo había deducido.
—Bien. Una cosa más. Mi mujer va a presentarte a varios vecinos del condado en las próximas semanas.
Yo te voy a recomendar que aceptes las presentaciones.
Pero también te voy a recomendar que, cuando aceptes las presentaciones, no aceptes ninguna a la primera invitación.
La regla aquí, en Cumberland, no es la de Mayfair.
Aquí los hombres jóvenes recién llegados aceptan a la tercera.
Las dos primeras se rechazan con excusa.
La tercera se acepta. Eso lo entienden todos.
—Comprendido.
—Y otra cosa, Cael. Esta es la última.
Brennan se vuelve a mirarme en la silla.
Tiene los ojos grises pálidos exactos de Lady Pippa — la niña ha sacado los ojos del padre, no de la madre, lo cual no es lo más frecuente en las familias inglesas, lo cual significa que los Ravenfell llevan el azul claro y el gris pálido en la línea masculina.
—La señora Marlowe, en este paseo, va como dama de compañía de mi mujer.
Eso significa que tú no la vas a sacar a conversación.
Si mi mujer le habla a ella, tú te quedas mirando al lago.
Si mi mujer me habla a mí, tú me contestas a mí.
Si Pippa te habla a ti, tú le contestas a Pippa.
Pero a la señora Marlowe, durante las cuatro horas que dura este paseo, tú no le diriges la palabra.
No porque no sea correcto que se la dirijas — sí que es correcto.
Sino porque la señora Marlowe ha pedido subir al carruaje hoy con la condición de no tener que conversar.
Lo que ha pedido la señora Marlowe se respeta. ¿Entendido?
—Entendido.
Brennan asiente. Y, sin haberme mirado más de un segundo en toda la conversación, vuelve la vista al frente.
No comenta lo que ha dicho. No lo amplía.
No me explica si Bryn ha pedido eso ante Cora o ante él, ni si Cora le ha pasado la condición a Brennan por la noche, ni si Pennywick le ha llevado la condición escrita en una nota.
Brennan me ha trasladado la regla del paseo y se ha vuelto al frente.