CAPÍTULO 2 #2
—Bryn lleva en esta casa diecisiete meses.
Bryn vino aquí porque yo crucé a Keswick una tarde de septiembre y, en la posada del Cisne Blanco, la mujer del posadero — Eliza Halliwell, sí, la mujer del rector nuevo que también es la posadera mayor de su propia posada porque mi señora Halliwell es una mujer con una capacidad organizativa que el condado entero desconoce — me dijo a media voz, después de la segunda taza de té, que la viuda joven que la propietaria del Cisne Blanco había alojado dos noches antes era Bryn Marlowe, antes Bryn Rowan, hija del difunto baronet Rowan, casada hacía cinco años con Renn Marlowe, recién enviudada de seis meses, sin un chelín, con una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda, y con el plan de aceptar la primera plaza de institutriz que se le presentara entre Carlisle y Kendal porque la familia política, según le había contado Bryn a la señora Halliwell con la corrección exacta de las mujeres que han aprendido a no hablar más de lo necesario, le había cerrado la casa de Furness.
Esa misma tarde, sin terminar el té, mandé a Pennywick a la posada del Cisne Blanco con una carta para Bryn.
Bryn aceptó la plaza a las once y cuarto de la mañana siguiente.
Llevamos diecisiete meses cuidándola con la única regla que le pedí: que en esta casa no se hablara nunca de Renn Marlowe, ni de Furness, ni del bebé, hasta que ella decidiera hablar.
Y Bryn no ha decidido hablar todavía. Eso lo sabes tú, Brennan, y lo sabe Pennywick, y lo sé yo.
Y, hasta esta mañana, no lo sabía nadie más en el condado salvo Eliza Halliwell, que sigue trabajando a media tarde detrás del mostrador de su posada porque le gusta ver pasar a los caballeros que están por casarse mal sin que ellos sepan que ella sabe.
—Lo sé, Cora.
—Pues, si lo sabes, entiendes lo que te voy a decir.
—Sí.
Cora deja el cuaderno cerrado sobre el reposabrazos del sillón. Le pone la pluma encima.
—Bryn no es Annabel. Bryn no es Miss Halliwell.
Bryn no se puede sentar a una velada musical con el caballero de turno, presentado por mí, y a la tercera invitación dar un paso a la izquierda.
Bryn, si la presionamos, se nos va a Bath o a Edimburgo.
Lleva diecisiete meses ahorrando para irse a Bath o a Edimburgo.
Lo sabe Pennywick, que ha visto la caja de costura por dentro y por fuera porque le sube él la bandeja del té cada tarde a las cuatro.
Lo sé yo, porque la propia Bryn me lo dijo entera la noche en que aceptó la plaza, y le di mi palabra de duquesa de Ravenfell de que ahorraría aquí lo que necesitara, y de que el día que decidiera irse yo le firmaría la carta de referencia más larga del condado y le buscaría yo misma colocación en Bath con tres llamadas.
Si presionamos a Bryn, perdemos a Bryn. Si perdemos a Bryn, perdemos a Pippa, que ha aprendido a leer con Bryn y que no acepta a ninguna otra institutriz desde Navidad.
Si perdemos a Pippa, te pierdo a ti, Brennan, durante seis meses, porque Pippa es lo único que esta casa ha tenido por entero suyo desde que las dos niñas se nos fueron.
Y eso, Brennan, yo no lo voy a permitir.
—Cora.
—Espera. Hay más.
La dejo seguir.
—Lo otro es Cael. Cael, si se enamora hoy de Bryn, va a esperarla doce años si hace falta. Y Bryn, que ha sobrevivido a un hombre que la rompió sin esperarla un solo día, no va a saber qué hacer con un hombre que la espera doce años. Eso, Brennan, es lo que me preocupa de verdad.
—Lo sé, Cora.
—¿Lo sabes en serio?
—Lo sé en serio.
Cora me sostiene la mirada un instante. Asiente.
—Bien. Entonces escúchame. Esta es la regla.
Yo abro el cuaderno. Yo apunto a Cael. Yo apunto a Bryn.
Yo organizo los encuentros — los velada musical, las cenas pequeñas, los paseos por Portinscale, las visitas al cottage de los Ashen.
Pero tú, Brennan — y esto va de duquesa a duque, no de mujer a marido — tú no me ayudas.
Tú me dejas a mí. Tú, lo único que vas a hacer, es invitar a Cael a esta casa una vez por semana.
Una. No dos. Ni tres. Le invitas a cenar, le invitas a desayunar, le invitas al saloncito amarillo.
Pero no a tres invitaciones la misma semana.
Si lo presionamos, Cael se asusta. Si Cael se asusta, no vuelve.
Si Cael no vuelve, Bryn no lo cruza. Si Bryn no lo cruza, ni Cael aprende a esperarla bien, ni Bryn aprende a no salir corriendo del primer caballero que se ofrece sin gritar. ¿Entendido?
—Entendido.
—Y otra cosa.
—Otra.
—Si en algún momento te entran ganas de sentar a Cael delante de tu chimenea y soltarle que hay mujeres a las que no se las salva, que solo se las mira, no se lo sueltes.
—Cora.
—No esta semana. Ni la que viene. Cael no está listo. Cael tiene que llegar solo. Cuando llegue, le sueltas tu frase. Y va a esperar a Bryn como hay que esperarla.
—De acuerdo, Cora.
—Mírame, Brennan.
La miro.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo, Cora.
Cora asiente. Coge el bastidor. Vuelve a la campanilla blanca a medio bordar. Pasa cuatro puntadas. Yo me termino el coñac. El fuego está bajando. El reloj del rincón da las diez.
Después, sin levantar la vista del bordado, mi mujer me dice una última cosa de la noche:
—Invítalo a cenar el viernes. Cena de cinco — tú, yo, Cael, los Ashen.
Bryn baja al postre con Pippa porque Pippa ha aprendido el lunes a recitar el Salmo veintitrés en latín.
Bryn no se sienta. Se queda de pie tres minutos detrás de la silla de Pippa, con la mano en el respaldo, mientras Pippa lo recita.
Cael va a estar veintidós segundos sin parpadear.
Yo voy a tomar nota mental del veintidós.
Tú lo apuntas mañana en el cuaderno por mí porque a esa hora me va a temblar la mano.
—Cora.
—¿Qué?
—Te dije que iba a dejarte a ti.
—Y yo te dije que ibas a tomar nota por mí. Eso no es ayudar. Eso es secretaría.
Cora pasa la quinta puntada de la campanilla blanca.
Yo me sirvo el segundo coñac de la noche.
Me levanto. Atizo el fuego una última vez.
Vuelvo al sillón. Pennywick, que sabe leer las horas de las noches de los duques desde fuera de las dos puertas dobles del saloncito amarillo, cruza el corredor de regreso de la cocina para retirarse a sus habitaciones, y al pasar registra — porque eso es lo que Pennywick hace, registrar — que las dos puertas siguen cerradas, lo cual significa que el duque y la duquesa todavía no han terminado, lo cual significa que mañana por la mañana habrá una cosa nueva en la casa.