El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 2
6%

CAPÍTULO 2

El conde de Ashvere se ha enamorado de mi institutriz.

Eso le pienso decir a mi mujer dentro de quince minutos, en cuanto Pennywick recoja la sopa y nos deje solos en el saloncito amarillo con el coñac de las noches sin huéspedes.

Y se lo voy a decir despacio, en el tono de las observaciones administrativas del condado, para que Cora — que sabe leer a mi voz desde el invierno mil ochocientos ochenta y nueve — entienda en el primer segundo que no estoy haciendo una broma.

Porque las bromas, en esta casa, las decimos sin levantar la vista del bordado.

Las cosas serias, en cambio, las decimos despacio.

Es martes. Llevo treinta y un años aprendiendo lo que aprendí esta mañana, a las once menos seis minutos, viendo cómo un hombre de treinta y tres años — al que conozco desde antes de que tuviera uso de razón, al que su tío me describió por carta durante tres décadas, al que recibí esta mañana por primera vez en mi saloncito del este con la composición casi intacta de los hombres jóvenes Wyndham — perdía la línea de un cuarto de hora de conversación sobre arrendamientos por la sonrisa de un solo lado que Bryn le había dejado en el umbral cinco minutos antes de que yo cruzara la puerta.

Y Cael ni siquiera lo sabía. Esa es la parte que me preocupa.

Pero todavía no estamos en el saloncito amarillo. Todavía estamos en el comedor pequeño, terminando la sopa de cebada, y Cora — que lleva su vestido de noche gris perla con la blonda nueva que se hizo subir de Edimburgo en enero — me mira por encima de la cuchara.

—¿Te has cansado mucho con Cael esta mañana, querido?

—Cael no me ha cansado, Cora. Me ha tranquilizado.

—¿Sí?

—Es un Wyndham segundo educado por un Wyndham primero que lo trataba como segundo. Eso es exactamente lo que su tío me prometía cada Navidad durante quince años. Tiene la libreta de su padre en el bolsillo del chaleco. La sacó dos veces. La segunda, sin pedirme permiso. Va a volver mucho.

—Que vuelva.

—Eso digo.

Cora deja la cuchara sobre el plato. Hace una inclinación pequeña a Pennywick, que entra a retirar.

Pennywick recoge la sopa, deja la fuente del cordero entre los dos, sirve el vino de Stowe — el bueno, el del que Cael se bebió una copa esta mañana en su despacho sin saber que era del bueno —, y se vuelve a salir sin que se le oigan los pasos.

Pennywick lleva veintinueve años en Ravenfell. Nunca ha aprendido a hacerse oír.

—Te dejas algo.

—Lo sé.

—¿Lo vas a decir tú o lo voy a decir yo?

Esa es Cora. Conmigo las cosas grandes no se pregunta si se dicen, se pregunta quién las dice primero. Treinta y un años con la misma regla.

—Lo digo yo. Pero al coñac, Cora. No al cordero.

—Bien.

Comemos cordero. Cora me habla de la carta que ha llegado de Cecily Olivia esta mañana — su sobrina segunda, la de Wyndham House, la pequeña — y del bordado que está terminando para el bautizo de la nieta de Lady Penhale.

Yo escucho a medias. Cora va cocinando, durante esos veinte minutos del cordero, la frase que me va a soltar en el saloncito amarillo.

Pennywick retira el cordero. Sirve el postre — manzana asada, crema, un dedo del oporto que mi padre puso a envejecer en la bodega de Ravenfell el año en que yo nací.

Cora come tres cucharadas. Yo me termino la manzana.

Nos levantamos. Pennywick nos lleva el coñac y el oporto al saloncito amarillo, deja la bandeja sobre la mesa baja entre los dos sillones, atiza el fuego una última vez, y se retira.

Cierra él mismo las dos puertas del saloncito al salir, una por una, en el ritual de las noches en que ha calculado que el duque y la duquesa van a tener conversación seria.

Cora se sienta en el sillón de orejas verde. Coge el bastidor pequeño. Pasa la primera puntada.

Yo me sirvo el coñac.

—El conde de Ashvere se ha enamorado de Bryn.

Cora no levanta la vista del bordado.

La aguja entra en la tela, sale, gira, vuelve a entrar.

Cinco segundos. Diez. Le veo la coronilla iluminada por el fuego — el pelo blanco recogido en el moño bajo de las noches, la raya del medio impecable, la peineta de carey de su madre que mi mujer lleva desde mil ochocientos noventa y siete sin haber dejado de llevarla un solo día — y le veo, lo cual hago muy pocas veces, no contestar.

Cora siempre contesta.

Esta noche no.

Pasa una segunda puntada. Una tercera. La aguja vuelve. Una cuarta. La habitación se queda con el ruido de la aguja entrando en la tela y con el ruido del fuego, y con nada más. Yo me bebo media copa de coñac, despacio, sin presionar.

Cora levanta por fin la vista del bordado a la quinta puntada.

—¿Estás seguro, Brennan?

—Sí.

—¿Cómo de seguro?

—Como cuando supe que tu tía Constance se había enamorado de Pennywick el verano que se vino a vivir tres meses a Ravenfell.

Como cuando supe que el rector nuevo le tenía miedo a Lady Penhale.

Como cuando supe que tu hermana Annabel le iba a aceptar al barón de Kettering tres semanas antes de que Annabel se enterara ella misma. Esa clase de seguro.

—Esa es bastante seguro.

—Esa es por completo seguro, Cora.

Cora deja el bastidor a un lado. La aguja queda clavada en la tela, en mitad de un pétalo de campanilla blanca a medio bordar.

Se quita los lentes pequeños de la nariz — los lentes que se compró el año pasado, que disimula durante el día y que solo se pone en los saloncitos privados de las noches — y los deja encima del bastidor.

Cruza las manos sobre el regazo. Me mira.

Cora tiene los ojos azules muy claros, casi grises a esta luz. La piel pálida de las mujeres del norte. Una arruga pequeña entre las cejas que se le profundizó el año que perdimos a la niña — la primera, en mil ochocientos noventa y dos — y que no se le ha vuelto a ir.

—Cuéntamelo, Brennan.

Le cuento.

Le cuento la entrada de Cael al saloncito del este, hace una hora menos por mi reloj de cadena.

Le cuento que Bryn cruzó la galería interior con Pippa apoyada en la cadera porque la niña la había llamado a gritos.

Le cuento la doble inclinación — la primera de duquesa, equivocada, la segunda de disculpa, deliberada.

Le cuento el segundo «milady» que Cael le soltó a Bryn cinco segundos después de saber que no era milady.

Le cuento la frase de Cael: «He confundido la elegancia con un título».

Le cuento la sonrisa pequeña de un solo lado que se le escapó a Bryn al oír esa frase.

Le cuento que Cael, los doce minutos siguientes — los que pasamos hablando de la mina de Penshaw y del alguacil del valle — me escuchó a medias.

Le cuento que sacó la libreta una vez sin pedirme permiso.

Le cuento que escribió tres líneas. Le cuento que, al salir Cael del saloncito, Pennywick me trajo una bandeja con una taza vacía de té negro y dos pequeñas manchas del tintero portátil que Cael había usado en el reposabrazos.

Le cuento que el tintero portátil de un hombre joven solo se saca cuando una observación no puede esperar a casa.

Y le cuento — porque esto es lo que más me ha importado — que Cael, al despedirse, no me preguntó por Bryn.

Lo cual significa que Cael, después de cuarenta horas comprimidas entre el viaje y la primera noche en Ashvere y la primera mañana en Ravenfell, conserva todavía la educación de un Wyndham segundo y no se permite preguntar a un duque por una mujer de la casa de ese duque la primera mañana en la que cruza el portón.

Eso es lo que más me ha gustado de Cael.

Eso es lo que me confirma que Cael es Cael, y no un calavera de Londres con el apellido.

Cora me escucha entero.

Cuando termino, no contesta inmediatamente.

Vuelve a coger el bastidor. Vuelve a ponerse los lentes.

Pasa tres puntadas. Después deja el bastidor.

Se levanta. Cruza el saloncito amarillo hasta el secreter pequeño de la pared del este.

Lo abre. Saca de un cajón pequeño, no del grande, un cuaderno encuadernado en cuero verde oscuro, del tamaño de la mano.

Lo trae al sillón. Lo abre por la primera página todavía sin escribir.

Yo conozco ese cuaderno.

Mi mujer lleva veinte años teniendo ese cuaderno en el cajón pequeño del secreter del saloncito amarillo. Lo ha abierto, hasta la fecha, en doce ocasiones que yo sepa.

Cora coge la pluma. Moja la punta en el tintero pequeño del secreter, que ha traído al sillón. Escribe en la primera línea, en la caligrafía pulcra de su madre que le enseñaron a los siete años, la fecha:

«Veintiséis de febrero, mil ochocientos dieciocho».

Y, debajo, sin pensarlo demasiado, los dos nombres:

«C. W. — B. M.».

Cierra la primera página. La aprieta con el dedo sobre la siguiente. Se queda mirando la portada del cuaderno durante diez segundos, con la pluma todavía en la mano y la tinta secándose en la página de dentro. Después levanta la vista.

—Lo prometiste.

—Lo prometí.

—Hace dos años. Después de lo de Miss Halliwell, que casi se nos descabala porque el rector no entendía de mi cuaderno. Me prometiste que no te volverías a meter.

—Y tú me prometiste tres cosas en mil ochocientos noventa, Cora, y solo has cumplido dos. La que no has cumplido es la de no meterte. Así que lo de prometernos cosas en este saloncito tiene los antecedentes que tiene.

Cora sonríe. La sonrisa pequeña, breve, contenida, que es la sonrisa de cuando un hombre le ha dicho algo verdadero a su mujer después de treinta y un años y la mujer ha decidido no hacérselo pagar. Se le queda dos segundos.

—Brennan. Esta es distinta.

—Sí, Cora.

—Esta es distinta porque Bryn no es la sobrina segunda de Lady Penhale. Y no es Miss Halliwell. Y no es Annabel.

—Lo sé, Cora.