CAPÍTULO 1 #4
Pero la otra parte — la parte de la libreta vieja, la que llenó las páginas centrales del cuaderno observando a las mujeres que mi madre quería para Dorian — se ha quedado en el umbral.
En el segundo y medio en que los ojos verdes oscuros se le movieron al oírme decir «milady» por segunda vez.
En el anillo de oro fino en el anular de la mano derecha — la posición de las viudas inglesas que han decidido no quitarse del todo el anillo de matrimonio pero tampoco llevarlo en el sitio de las casadas.
En la facilidad con la que ha sostenido a la niña en la cadera con un solo brazo, la facilidad de una mujer que ha hecho ese gesto miles de veces.
Lo que esa parte de mi cabeza quiere preguntarle a Brennan es por qué la institutriz de su hija pequeña sostiene a la niña como una madre.
No lo pregunto.
Brennan termina de hablarme del alguacil del valle. Apura el café. Mira el reloj de la repisa de la chimenea. Las once menos siete. Se levanta. Yo me levanto detrás.
—Cael. Volverás. Y volverás muchas veces. Hawthorn te va a mandar a esta casa a hablar conmigo cada vez que se le atragante una cuenta que tu tío no le explicó. Lo cual va a pasar bastante. Y, además, mi mujer querrá invitarte a cenar el viernes.
—Su excelencia la duquesa.
—Cora. No te vuelvas a equivocar. Su excelencia la duquesa también es mi padre, en otro sentido.
Cora ya te conoce, aunque tú no lo sepas, porque tu madre y ella se escriben cada quince días desde que cumplí cincuenta.
Si te invita a cenar el viernes, no llegues tarde.
Y si te invita a cenar el viernes y trae a la institutriz a la mesa — lo cual es probable, porque mi mujer tiene la costumbre de invitar a la institutriz cuando la familia está sin huéspedes, porque le parece más entretenido que cenar nosotros tres — no le pidas perdón otra vez por la confusión de esta mañana.
Mi mujer se reiría. Pennywick se reiría también, en privado, cuando le sirviera el café a la mañana siguiente.
Y la institutriz, que es una mujer demasiado bien educada para reírse de un caballero la primera vez que cruza el portón, se permitiría una sonrisa.
Brennan dice eso último sin levantar la voz, en el mismo tono neutro con el que me ha hablado de la mina y del alguacil, como si fuera una observación administrativa más. Le sostengo la mirada un segundo. Brennan me devuelve la suya. No sonríe.
Pero algo, en algún sitio detrás de los ojos del duque de Ravenfell, advierte que yo lo he entendido.
—Pennywick le traerá el sombrero, Cael. Cuídese.
—Brennan.
—Hasta el viernes.
Sale por la puerta del fondo, hacia la galería interior, con el Plinio en latín bajo el brazo.
Yo cojo el sombrero que Pennywick — que ha materializado en el umbral del zaguán como solo materializan los mayordomos viejos — me tiende a la entrada de la sala.
Bajo los seis peldaños de la escalera de piedra.
Tobías me acerca a Hume el caballo. Subo.
Le hago a Tobías una inclinación pequeña.
Tobías ya no parpadea dos veces; esta vez es solo uno.
Algo en el chico se está acostumbrando a mí.
Salgo del paseo de Ravenfell House por el portón principal a las once y diecinueve.
Hume recorre los cien metros de gravilla rastrillada sin que yo tenga que indicarle la dirección, porque la dirección es la única posible — hacia atrás, hacia Ashvere, por el camino del este.
A medio paseo cojo, sin pensarlo, el camino del muro de piedra que separa las dos fincas.
El portillo que veía anoche desde la ventana del descansillo está cerrado.
el alazán trota por el sendero del lado de Ravenfell, junto al muro, durante doscientos metros, y después gira por sí mismo hacia el camino del este, porque sabe que el portillo, hoy, no se va a abrir.
Pero, antes de que gire, levanto los ojos hacia la fachada lateral de Ravenfell House, que se ve desde aquí.
Veo dos ventanas iluminadas en el primer piso, a esta hora.
La del medio, que debe de ser la del comedor pequeño.
Y, dos ventanas más a la derecha, otra. Por la ventana del medio se ve, a contraluz, la figura de una mujer alta de pelo recogido en moño bajo apretado, de pie junto a la mesa del desayuno, mirando hacia abajo a la niña pequeña que está sentada a la mesa con un cuenco de algo caliente y una cuchara demasiado grande para la mano.
La mujer dice algo, gira la cabeza un cuarto, oye algo que le dice la niña, y vuelve a girar la cabeza despacio hacia la ventana.
La señora Marlowe me ve.
Eso lo guardo con la parte del cerebro que ya he decidido, esta misma mañana, que no va a anotarlo en la libreta de cuero porque hay anotaciones que un caballero no se hace a sí mismo por escrito.
La señora Marlowe me ve a caballo, desde la ventana del comedor pequeño del primer piso de Ravenfell, en el momento exacto en que Hume gira hacia el camino del este y la dirección de su mirada y la mía se cruzan por dos segundos.
No me devuelve la inclinación que un caballero podría hacerle, sentado a caballo, a una mujer en una ventana lejana.
Pero no aparta los ojos.
Los dos segundos completos.
Y, después, la señora Marlowe gira despacio la cabeza otra vez hacia la niña pequeña de la mesa, y la cuchara demasiado grande, y el cuenco humeante. Y desaparece detrás de los visillos del comedor pequeño. La ventana del medio sigue iluminada. Pero la señora Marlowe ya no está en el cuadro.
Hume me lleva por el camino del este de vuelta a Ashvere Hall.
No saco la libreta del bolsillo durante todo el trayecto.