CAPÍTULO 1 #3
Pero el saloncito del este de Ravenfell House, a las diez y catorce minutos de un martes veintiséis de febrero, se queda con esa sonrisa dentro como antes se había quedado con el nombre.
Yo, que iba a continuar la frase con una segunda explicación más larga sobre por qué he confundido la institutriz con la duquesa — la edad de la niña, la altura del moño, la corrección de la entrada — no continúo.
La frase que tenía preparada se me sale de la cabeza entera, sin esfuerzo, en el segundo y medio en que la señora Marlowe sostiene esa sonrisa pequeña que se le va inmediatamente.
Y, cuando la sonrisa se le va, no consigo acordarme de cuál era la frase que tenía preparada antes.
Lo que digo, en su lugar, es:
—Milady. Le agradezco la corrección.
Sin pensarlo. Sin haberlo planeado.
Y eso es peor que la confusión anterior. La primera era social. Esto, en cambio — llamarla milady por segunda vez, a sabiendas — es decirle, sin pretenderlo, que algo en su persona no encaja con el «señora Marlowe».
La señora Marlowe lo advierte.
Eso se le ve en los ojos. No en la cara — la cara se mantiene impecable — sino en el medio segundo en que los ojos verdes oscuros se le mueven un milímetro hacia la izquierda y vuelven, en el gesto exacto que hace una mujer educada cuando acaba de oír algo que va a tener que decidir, más tarde, en privado, qué hace con ello.
Después, sin contestar al «milady», acaba la frase que le quedaba pendiente, en el tono más medido del condado:
—Le diré a Pennywick que avise a su excelencia el duque que milord espera. Lady Pippa y yo bajábamos al comedor pequeño a desayunar. Le ruego nos disculpe.
Y, sin esperar mi respuesta, gira media vuelta con la niña en la cadera y se aleja por la puerta del fondo, hacia la galería interior.
La niña — lady Pippa — me mira por encima del hombro de la señora Marlowe durante los tres pasos que le quedan a la institutriz para llegar al umbral.
Me mira con la curiosidad concentrada de las niñas pequeñas que han identificado a un adulto interesante y han decidido archivarlo para más tarde.
Después la señora Marlowe gira al cruzar el umbral, y la niña deja de verme.
Los pasos se alejan por la galería interior.
Yo sigo de pie.
La señora Marlowe se ha ido hace veintidós segundos y yo sigo de pie, con la mano izquierda metida todavía en el bolsillo del chaleco apretando el lomo de la libreta de cuero, mirando la puerta vacía por la que ha salido.
Me siento.
Saco la libreta del bolsillo. La abro por la primera página todavía sin escribir — la cuarta, después de las anotaciones de anoche. Saco la pluma corta del bolsillo. Mojo la pluma en el tintero pequeño que llevo dentro del chaleco para los apuntes en casa ajena.
Escribo una sola línea.
«Demasiado distinguida para ser solo una institutriz».
La miro durante medio minuto. La frase es exacta, y a la vez insuficiente.
Vuelvo a mojar la pluma. Añado, dos líneas más abajo, sin saber del todo por qué:
«El anillo. Mano derecha. No izquierda».
Cierro la libreta.
La guardo en el bolsillo del chaleco un segundo y medio antes de que la puerta del saloncito del este se abra desde la galería interior, y el duque de Ravenfell — Brennan, sesenta años, alto, delgado, encanecido temprano, levita marrón oscuro de mañana, con un libro pequeño en una mano y la otra extendida hacia mí — entra con la calma exacta de los hombres que han llegado a su edad sin haber tenido que correr nunca por su propia casa.
Me pongo en pie por segunda vez en menos de cinco minutos.
—Wyndham.
—Su Gracia.
—Brennan. Mi padre era Su Gracia. Yo soy Brennan. Y tú eres Cael — tu tío te llamó Cael delante de mí desde antes de que tuvieras uso de razón, y a estas alturas no voy a empezar a llamarte conde de Ashvere. Siéntate. Pennywick, té por favor. Café para mí. Cierra la puerta.
Cierra él mismo la puerta. Se sienta en el sillón frente al mío.
Cruza una pierna larga sobre la otra. Deja el libro pequeño sobre la mesa de centro — un Plinio, en latín, según veo del lomo.
Me mira sin prisa. La mirada de Brennan tiene la calma de un hombre que se ha pasado treinta años aprendiendo a no presionar a sus interlocutores, lo cual significa que es una calma profesional y que voy a tener que recordarme, a partir de este minuto, que no es una calma neutra.
—Tu tío te habría recibido con whisky a las diez de la mañana. Yo no. Pero acepto café fuerte, si Pennywick acierta con el grado de tostado, lo cual ocurre cuatro mañanas de cada cinco. ¿Has dormido?
—No del todo.
—Cumberland no se duerme entera la primera noche. Hace falta una semana. Dime qué te trae a mi saloncito a las diez en punto, Cael.
Le hablo de los tres arrendamientos del oeste.
Le hablo de la diferencia de seis libras del año pasado en lo de los Bell.
Le hablo de la mina de Penshaw y de la conversación que tuve el sábado con el capataz de allí.
Brennan me escucha sin interrumpir, con las dos manos cruzadas sobre la rodilla, mirando al fuego más que a mí. Cuando termino, asiente dos veces.
—Hawthorn lo lleva bien.
—Mejor de lo que esperaba.
—Tu tío lo escogió personalmente hace diecisiete años. No te preocupes por Hawthorn. Lo que tienes que preocuparte es de la mina. La mina no la lleva bien. Y no la lleva bien porque tu tío, los dos últimos años, dejó que la llevara mal alguien que le caía simpático. ¿Te suena el nombre de Wilkin?
—Lo he leído en los libros mayores.
—Pues empieza por Wilkin. Yo te explico lo que sé. Tu administrador te dirá lo que sabe él. Y, entre los dos, mi consejo es que decidas tú lo que se hace, no lo que les conviene a ellos.
Asiento.
Brennan continúa. Habla de la mina con la precisión de un hombre que ha visto a tres condados perder dinero del norte por no querer pelearse con un mismo contratista.
Me da nombres. Me da fechas. Me explica una conversación que tuvo con mi tío el invierno anterior a su muerte y que mi tío no llegó a anotar en ningún sitio.
Pennywick entra con el té y el café — el café, según el sorbo siguiente de Brennan, es de los aciertos — y se vuelve a salir sin decir palabra.
Yo escucho. Saco la libreta una vez para anotar el nombre de un alguacil del valle al que tengo que escribir antes del viernes.
Brennan ve la libreta. No comenta. Sigue hablando.
Y aquí es donde tengo que confesarme, a esta altura del encuentro, una cosa pequeña.
Es esto: escucho a Brennan a medias.
La parte profesional de mi cabeza — la que ha venido a Ravenfell House esta mañana a aprender de la finca vecina lo que no se aprende en un libro mayor — está haciendo su trabajo.
Estoy reteniendo los nombres. Estoy reteniendo las fechas.
La libreta del bolsillo va a tener, cuando salga de aquí, las anotaciones suficientes para llenarme una semana de trabajo con Hawthorn. Eso lo estoy haciendo bien.