CAPÍTULO 1 #2
Es un gesto que llevo haciendo desde los veintidós años.
La libreta tiene los bordes oscurecidos por la manipulación.
Las primeras páginas las llené en Londres cuando era el segundo de Dorian y tomaba nota de qué caballeros le caían bien y mal a mi gemelo para no equivocarme en los saludos.
Las páginas siguientes — las que llené entre los veinticinco y los treinta — las llené observando a las mujeres que mi madre quería para Dorian.
Cada vez que mi madre invitaba a una joven a una velada en Wyndham House, yo me sentaba en el rincón del salón con la libreta en el chaleco y le anotaba a mi gemelo, después, cómo había mirado la chica al servicio cuando le habían traído el té, si había levantado la barbilla al saludar a mi padre, si se había permitido reírse del chiste que mi tío Oscard contaba siempre el segundo de los entremeses.
Dorian se reía de mí. Pero Dorian se casó con Isadora, que era exactamente la mujer que la libreta había recomendado tres invitaciones antes.
Y ahora, en un saloncito de un duque de Cumberland, sin nada todavía que apuntar, la libreta espera en mi muslo izquierdo con las páginas en blanco que empezarán a llenarse en cuanto el duque cruce esa puerta y empiece a hablarme de cosas que no salen en los libros mayores.
Un golpe pequeño detrás de mí. La puerta del fondo del saloncito — la que da a la galería interior, no la del zaguán — se ha abierto sola un dedo, empujada desde el otro lado por algo que pesa poco. Levanto la vista de la libreta.
La empuja una niña pequeña.
Tendrá cinco o seis años. Lleva un vestido de muselina blanca con un lazo verde en la cintura, un par de botines de cabritilla que le sobresalen por debajo del dobladillo, y el pelo rubio rizado que le cae a los hombros sin recoger.
Tiene los ojos castaños grandes y la cara seria que ponen las niñas pequeñas cuando descubren a un desconocido en una habitación en la que no esperaban encontrar a nadie.
En la mano izquierda lleva un libro forrado en tela azul, casi tan grande como su pecho.
Me mira.
Me incorporo un poco en el sillón, sin levantarme del todo — no querría intimidarla quedándome de pie demasiado pronto — y le hago una inclinación pequeña con la cabeza.
—Buenos días, milady.
Lo digo en serio. Es la hija del duque. Le corresponde milady, aunque tenga cinco años.
La niña parpadea dos veces sin contestar.
Después, con la misma lentitud con la que ha entrado, da media vuelta y se aleja por la puerta del fondo, dejándomela entreabierta detrás.
Oigo sus pasos pequeños cruzar la galería interior, y después su voz alzándose hacia el primer piso por una escalera de servicio que no veo desde aquí:
—¡Bryn! ¡Hay un señor!
Bryn.
Es la primera vez que oigo ese nombre en mi vida.
Y, sin embargo, en cuanto la niña lo grita por la galería, el saloncito del este de Ravenfell House se queda con ese nombre dentro como con un mueble nuevo.
No lo digo en metáfora. Es así. Una habitación a la que ha entrado una palabra que no estaba antes, y que ya no se va a ir hasta que alguien la saque a la fuerza.
Pasos en la galería. Esta vez no son los pasos pequeños de antes.
Son pasos firmes, de mujer adulta, sin prisa, los pasos de alguien que ha sido llamada por una niña pequeña y que llega sin perder la compostura porque sabe que las niñas pequeñas llaman a gritos por cosas que pueden esperar treinta segundos.
Aparece en el umbral.
Es alta. No tanto como Isadora, pero alta.
Tendrá veintiocho o treinta años. Lleva un vestido de paño gris muy claro, manga larga, escote alto cerrado con un broche de azabache en la garganta — el azabache, en Cumberland en febrero, no es decorativo: es luto reciente o luto que no se va.
El pelo rubio oscuro, casi castaño, recogido en un moño bajo apretado en la nuca, sin un solo mechón fuera.
Los ojos verdes oscuros, no claros. Una cicatriz pequeña, finita, sobre la ceja izquierda, que se ve solo si la luz le cae de tres cuartos por delante, y que esta mañana se ve porque la luz de la ventana del saloncito le entra exactamente de tres cuartos.
La piel pálida con la palidez de quien duerme poco.
Y, en la mano izquierda, sosteniendo a la niña pequeña — que ha vuelto sin que yo la viera entrar otra vez — un libro forrado en tela azul, el mismo de antes.
Lleva la niña apoyada en la cadera, sostenida con un solo brazo, en el gesto exacto en el que las mujeres de la aristocracia inglesa sostienen a sus hijas pequeñas: con la mano abierta bajo el muslo de la niña y el brazo izquierdo bajo el trasero, manteniendo a la niña apoyada en el costado de la cadera izquierda y dejando el lado derecho libre para saludar.
Me pongo en pie.
Cuando una mujer entra en una habitación, un caballero se pone en pie. No hay excepciones. Me levanto.
La mujer que acaba de entrar, con la niña apoyada en la cadera izquierda, lleva un vestido gris claro, el moño bajo apretado, una cicatriz pequeña sobre la ceja, y, en el anular de la mano derecha, un anillo de oro fino, sin piedras.
Un anillo de matrimonio.
Y la niña pequeña, al verme de pie, ha estirado el brazo libre hacia ella y le ha dicho, en el tono confiado de quien le habla a alguien que es su sitio habitual:
—Bryn, ¿este es el que dice el papá?
La mujer no responde a la niña inmediatamente.
La está mirando a ella, no a mí, mientras le ajusta la posición sobre la cadera para que no se le resbale.
Le dice algo bajo — algo de no señalar a los invitados, lo capto a medias — y solo entonces, cuando la niña vuelve la cara contra el cuello de la mujer en un gesto de obediencia incompleta, la mujer me mira a mí.
Su inclinación es exacta. Ni media pulgada de más, ni media de menos. La curvatura que se reserva un anfitrión adulto femenino para un visitante de alto rango al que se cruza por primera vez en el zaguán de su casa. Pennywick, que la ha enseñado, estaría orgulloso.
Y entonces — el vestido caro pero sobrio, la pronunciación de la inclinación, el hecho innegable de que la niña la llama por su nombre de pila como solo la llamaría a una madre — mi cerebro, después de cuarenta horas sin dormir, decide en ese instante que la mujer que acaba de entrar es Lady Ravenfell.
Le hago la inclinación correspondiente a una duquesa.
Más profunda que la que le habría hecho a la mayoría de las matronas del condado. Un dedo más larga. La inclinación que se le hace, en una primera presentación, a la esposa de un duque amigo del padre de uno, no a la institutriz de la hija de ese duque.
—Milady. Perdone la intrusión a esta hora. Soy el conde de Ashvere. Le he pedido a su excelencia el duque un cuarto de hora si pudiera concedérmelo. Pennywick me ha hecho pasar.
La mujer no contesta inmediatamente.
Eso es lo primero que noto. No contesta inmediatamente, lo cual no es lo que haría una duquesa que ha sido saludada como duquesa por un conde joven recién llegado.
Una duquesa habría respondido en el medio segundo siguiente con una corrección elegante.
Lo que pasa, en cambio, es lo siguiente: la mujer del vestido gris claro me mira durante un segundo y medio más de lo necesario, con la niña girando la cara despacio contra su cuello, y entonces — y solo entonces — se le mueve algo pequeño en una comisura de la boca.
Que no es una sonrisa. Pero que se queda a un milímetro de serlo.
Y que decide, sin decirlo, no hacerme pagar la equivocación.
—Disculpe, milord.
Su voz es más baja de lo que esperaba. Y más exacta. No la voz de una duquesa joven; la voz de alguien que ha aprendido a hablarles a las niñas pequeñas para que las niñas pequeñas entiendan a la primera, y que ha conservado ese tono para hablarle al resto del mundo.
—Yo no soy la duquesa. Soy la señora Marlowe. La institutriz de lady Pippa.
Lady Pippa, que ha vuelto a girar la cara para mirarme, le mete el dedo índice en la mejilla a la mujer — a la señora Marlowe — y le dice, en el mismo tono confiado de antes:
—Mi Bryn.
La señora Marlowe ni siquiera baja la vista a la niña. Sigue mirándome a mí. Sigue esperando, con esa cortesía exacta que se les enseña a las mujeres de su condición a sostener cuando un caballero acaba de cometer un error social y necesita un segundo para recuperar la compostura.
Yo no recupero la compostura en un segundo.
Yo, que llevo nueve años en sociedad, que aprendí a equivocarme con elegancia desde antes que aprendiera a no equivocarme, que he visto a mi gemelo salir airoso de errores diez veces peores que el que acabo de cometer en este saloncito del este, me quedo de pie delante de la señora Marlowe — la institutriz — con la mano derecha todavía un grado por debajo de la altura del codo en la que un hombre cierra una inclinación demasiado profunda dedicada a la persona equivocada.
Bajo la mano.
Le hago una segunda inclinación. Esta vez más baja todavía. No la inclinación de la confusión: la inclinación de la disculpa.
—Le ruego perdone la torpeza, señora Marlowe. He confundido la elegancia con un título.
Lo digo en serio. Lo he confundido. Y lo digo despacio, porque he aprendido, en años de cenas en Mayfair, que las mujeres a las que se les ha pedido perdón demasiadas veces saben en el primer segundo si la disculpa va en serio o si va por compromiso.
La señora Marlowe me escucha la frase entera sin moverse.
La niña — lady Pippa — sigue con el dedo metido en la mejilla de la señora Marlowe y empieza a oler que ha pasado algo que no entiende del todo.
Y entonces ocurre.
La señora Marlowe sonríe.
No es una sonrisa entera. No es ni siquiera una sonrisa social.
Es una sonrisa pequeña, de un solo lado, de las que se les escapan a las mujeres educadas cuando un caballero, en lugar de defender su error o de disculparse en exceso, lo nombra.
La sonrisa le levanta una comisura de la boca durante un instante. Se le va al segundo y medio.