El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Hawthorn me sirve el café a las siete y dieciocho minutos. Lo sé porque acabo de mirar el reloj del despacho del tío al levantarme de la mesa, y porque el reloj del despacho del tío adelanta dos minutos según me confirmó anoche el propio Hawthorn cuando bajábamos al comedor.

—Buenos días, milord.

—Buenos días, Hawthorn.

Me trae el café fuerte, sin azúcar, en una taza pequeña de porcelana azul que reconozco como pieza del juego de mi tía abuela y que llevaba veintitantos años sin ver.

Mi madre quiso ese juego para Mayfair durante toda mi infancia.

Mi tío nunca se lo mandó. Mi tía abuela tampoco.

Y ahora la taza me espera a mí, en el despacho de Ashvere Hall, con un café demasiado caliente que un mayordomo viejo me sirve a la primera hora con la naturalidad de quien lleva nueve años calculando para qué hora exacta tendría que estar puesto el agua si su nuevo señor llegaba el martes por la noche.

Le hago una inclinación. Hawthorn me la devuelve.

Le pregunto si Bell ha contestado lo del puente del molino.

Me dice que esperaba la respuesta de Bell antes de las once.

Le pregunto si los Ashen están en la finca esta semana o se han ido al norte.

Me dice que están. Le pregunto, sin que venga al caso, por la cocinera.

Me dice que se llama Eudora y que lleva en Ashvere desde antes de mi tío.

Asiento. Bebo el café. Hawthorn se aparta dos pasos hacia la ventana y espera, con la paciencia de los hombres de su oficio, a que yo decida qué necesito a esta hora.

Necesito hablar con el duque de Ravenfell.

Lo decidí anoche, antes de cerrar el cuarto del huésped principal, mirando por la ventana del descansillo la luz que se apagaba al otro lado del muro de piedra del jardín del sur.

Si voy a entender qué fue Ashvere durante los nueve años en los que no la pisé, el primer hombre con quien tengo que sentarme — antes que con mi propio administrador, antes que con el rector de Keswick, antes que con cualquier vecino del condado — es el duque de Ravenfell.

Treinta años de amistad con mi tío. Acuerdos de tierras viejos cuyo origen exacto no aparece en ninguno de los libros mayores que repasé anoche.

Una cena conjunta cada mes, según las cartas.

Y, en concreto esta mañana, tres arrendamientos del oeste que no me cuadran y que, según mi instinto, no me van a cuadrar tampoco si los llevo a Hawthorn antes de tener una idea sobre quién es el hombre que vive al otro lado del muro.

Le pido a Hawthorn que me prepare a Hume — el caballo viejo, el bueno, el que mi tío llevaba años montando — y que mande recado por escrito a Ravenfell House anunciando mi intención de presentarme a las diez. Le digo que voy a desayunar arriba mientras le contesto a mi madre.

—Sí, milord.

Sube él mismo la bandeja a mi cuarto media hora más tarde.

Lo cual no es necesario. Lo cual significa que ha decidido que mi primera mañana en Ashvere Hall merece la bandeja del mayordomo, y no la de las doncellas.

La carta de mi madre la dejo cerrada — la abriré por la noche, cuando tenga la cabeza lo suficientemente despejada para contestarla.

La de mi cuñado Croft la abro porque las cartas de Garrett siempre son cortas y se leen de un vistazo.

En esta hay solo un párrafo y una posdata.

El párrafo me felicita por haber salido por fin de Mayfair sin que mi madre tuviera que arrastrarme.

La posdata dice solo: «Cuídate del frío de Cumberland, Cael.

Es distinto. Te enfría desde dentro». No firma.

Croft nunca firma. Mi cuñado lleva escribiéndome cartas de tres líneas desde que se casó con Clara hace cuatro años, y ninguna ha llevado firma.

Mi madre, que ha leído todas las que han llegado a Mayfair, tampoco se lo ha reprochado nunca.

Es una de esas pequeñas cosas que Wyndham House ha aprendido a permitirle al marqués de Croft.

Doblo la carta. La guardo. Como pan, queso, un huevo, un trozo de jamón frío. Bebo otro café. Bajo al patio.

Hume el caballo me espera ensillado. Es un alazán mayor de doce años, con la mirada tranquila de los caballos que llevan demasiado tiempo aguantando a un mismo amo.

El mozo de cuadras — un muchacho larguirucho que no me han presentado todavía, pero que Hawthorn me confirmará al volver que se llama Tobías — me sostiene el estribo con esa rigidez exacta de los servidores nuevos que todavía no saben si su nuevo señor es un caballero serio o un calavera de Londres.

Le hago una inclinación pequeña al subir. Tobías parpadea dos veces.

Salgo de Ashvere Hall por el camino del este.

Cumberland en febrero a las nueve y media de la mañana no es Mayfair.

La niebla del lago Derwentwater está pegada a los prados hasta media altura, y la luz que se cuela por encima tiene un blanco distinto al de las brumas de la City, un blanco de algo que se ha quedado quieto durante horas.

Hume conoce el camino, lo cual me permite mirar a los lados sin tener que pensar en las riendas.

Reconozco un seto de espinos que mi tío me dejó describir por carta cuando yo tenía catorce años.

Reconozco la curva del molino. No reconozco el portón nuevo de la entrada principal de Ravenfell, que mi tío no llegó a ver porque lo pusieron, según calculo, hace siete u ocho años.

Es un portón de hierro forjado en dos hojas, con el escudo de los Ravenfell en lo alto — un cuervo negro sobre un cuartel de oro — y los cerrojos engrasados de los que se usan en el norte. Está abierto. Cruzo.

Ravenfell House es más grande que Ashvere.

Eso lo sé desde antes de llegar, porque mi tío me lo escribió una vez con un orgullo curioso de hombre que prefiere vivir en la casa más pequeña.

La fachada principal es de piedra gris clara, tres plantas, doce ventanas en la planta noble, una escalera de piedra de seis peldaños subiendo a la puerta principal.

Una bandera familiar — la misma del portón, el cuervo sobre el cuartel — cuelga del mástil sobre el frontón.

La gravilla del paseo está rastrillada en líneas paralelas, lo cual me dice que el jardinero principal de Ravenfell hizo su trabajo hace menos de tres horas.

La sensación general, mientras el alazán trota los últimos veinte metros del paseo, es la de una casa donde todo funciona porque alguien lleva treinta años pendiente.

Me espera, en lo alto de la escalera, un mayordomo delgado de unos sesenta años con la levita negra de los días normales y un par de guantes blancos impecables.

Tiene la inclinación natural de los criados ingleses de cuna alta — sin teatro, sin servilismo, solo la curvatura justa de un hombre que conoce su oficio.

Se llamará, según averiguaré después, señor Pennywick.

—Milord. El conde de Ashvere, supongo.

—Pennywick, supongo yo.

Una sonrisa pequeñísima.

—Su excelencia el duque espera a milord en el saloncito del este. Si milord es tan amable de acompañarme. ¿Su gracia conoce ya la casa?

—No, Pennywick. Mi tío me la describió. Pero nunca crucé el portón.

—Una casa que no se cruza no se conoce, milord. Por aquí.

Le entrego las riendas de Hume a Tobías, que ha venido detrás a paso.

Subo los seis peldaños detrás de Pennywick.

Cruzo el zaguán de Ravenfell House — más alto que el de Ashvere, con un techo abovedado de yeso pintado y una doble escalera curva subiendo al primer piso.

El suelo es de mármol blanco con dibujo gris.

De algún punto del primer piso baja un olor débil a chocolate caliente.

Una de las dos puertas dobles del salón principal está abierta, y al fondo de esa sala se ve un piano negro de cola con una partitura abierta sobre el atril.

No pregunto. Pennywick me lleva por una galería hacia el ala este.

El saloncito del este es pequeño. Más pequeño que el despacho de Ashvere, incluso.

Tres sillones de orejas de terciopelo verde inglés, un fuego encendido en una chimenea baja con un mármol gris, una mesa de centro con una jarra de agua y dos vasos.

Encima de la repisa de la chimenea, un reloj pequeño de bronce.

En la pared del fondo, un retrato al óleo de un caballero joven con peluca empolvada y casaca azul oscuro — un Ravenfell anterior, calculo, mediados del siglo pasado.

La luz entra por una sola ventana alta a la izquierda y le cae sobre el sillón del centro.

Pennywick me indica el sillón de la derecha, el más alejado de la puerta — la cortesía exacta de los criados que han aprendido a poner al huésped en el sitio menos expuesto.

—¿Acepta milord té, café u otra cosa mientras su excelencia se desocupa?

—Té, gracias, Pennywick.

—Negro o con leche, milord.

—Negro.

—Sí, milord.

Sale. La puerta se queda entreabierta detrás de él un palmo, no por descuido sino porque el saloncito del este — me doy cuenta ahora — abre directamente al zaguán por una puerta lateral con una sola hoja que cierra solo por dentro. Es la puerta que Pennywick acaba de cruzar.

Me siento. Cruzo las piernas. Saco la libreta de cuero del bolsillo interior del chaleco y la abro sin leer las anotaciones de anoche.