PRÓLOGO #2
La mesa principal — roble macizo, dos tablones largos pegados por el centro, dieciocho cubiertos posibles — está puesta con un cubierto solo en el extremo del este.
Mi cubierto. Hawthorn me espera de pie a la izquierda de la silla, con la jarra del agua en la mano.
Hay un único candelabro de tres velas encendido en el centro de la mesa.
La chimenea grande arde al fondo. Las cortinas largas de terciopelo verde, que mi madre llevaba años queriendo cambiar y que mi tío no le dejaba cambiar, están corridas.
La sala huele a leña, a vino caliente, a la sopa que están sirviendo en algún sitio detrás de la puerta de la cocina y, vagamente, a lavanda.
Tomo asiento. Hawthorn me sirve el agua sin que yo se lo pida.
Detrás de él, la doncella alta — Pearl, la oiré llamar más tarde — entra con la sopera de plata.
Es una sopera demasiado grande para un solo comensal.
Mi tío la encargó en Carlisle hace veintitantos años para banquetes de doce.
Esta noche contiene caldo de cordero para uno.
Pearl me sirve. Sale. Vuelve. Me trae el pan. Sale otra vez.
Como en silencio.
La cuchara golpea la porcelana. El pan se parte.
Hawthorn, a tres pasos de mi codo izquierdo, ha encontrado un sitio neutro junto a la chimenea desde el que vigila sin estar encima, y respira tan bajo que un hombre menos acostumbrado a las casas grandes podría olvidar que está.
Pearl sirve el segundo plato — cordero asado, patatas, una salsa de menta — y se vuelve a la cocina.
Mary, la doncella joven, entra una sola vez a rellenarme la jarra de agua y sale antes de cruzarme la mirada.
El fuego de la chimenea cruje. El reloj de péndulo del rincón del este, que no había visto al entrar, da los cuartos.
Como solo.
La mesa es para dieciocho personas. En el plato hay un cordero.
En la copa hay un vino oscuro del valle de Stowe que mi tío descorchaba para los días de cordero.
La chimenea gasta una leña que algún mozo cortó hace tres meses para que estuviera seca esta noche.
El candelabro tiene tres velas, no una. Las cortinas verdes son las que mi madre llevaba veinte años queriendo cambiar.
Y, en algún punto entre el cordero y la salsa de menta, por una de esas cosas que le pasan a los hombres cuando bajan demasiado la guardia en habitaciones que llevaban mucho tiempo esperándoles, me acuerdo de las cenas de Wyndham House.
Me acuerdo de mi padre en la cabecera, con la levita azul oscuro de los lunes, sirviéndole el vino primero a mi madre y después a Clara, que entonces tenía catorce años y no había aprendido todavía a no protestar.
Me acuerdo de Garrett discutiéndole a Marcus por una herradura que había dejado en el cuarto que no le tocaba; me acuerdo de Marcus contestándole con la boca llena de cordero — el cordero también era el de los lunes —, y de mi madre llamándole a los dos cabezones sin levantar la voz, mientras Dorian, a mi lado, me daba con la rodilla por debajo de la mesa porque su pan se había caído al suelo y necesitaba el mío.
Me acuerdo de la risa de mi madre, que era pequeña y le salía siempre tres segundos después del chiste, como si le hiciera falta comprobar que el chiste merecía reírse.
Me acuerdo de mi padre sirviendo más vino, sin pedirle permiso a nadie.
Me acuerdo de Cecily Olivia, que en aquellas cenas todavía no había nacido. Me acuerdo de Marcus, que entonces se llamaba simplemente Marcus y no «el segundo Marcus».
Me acuerdo de un comedor que sonaba.
Hawthorn, junto a la chimenea, no se ha movido. Pearl trae el postre — manzana asada, crema, un dedo de oporto — y se vuelve a salir. El fuego cruje. El reloj da las ocho menos cuarto.
«Esta casa necesita volver a estar habitada».
Me como la manzana. Me bebo el oporto. Le hago una inclinación pequeña a Hawthorn al levantarme de la mesa. Hawthorn me devuelve la suya.
—¿Necesita algo más milord antes de retirarse?
—No, Hawthorn. Mañana a las siete, en el despacho.
—Sí, milord.
Salgo del comedor por la doble puerta, cruzo el zaguán — la alfombra roja, la bandeja de plata con las dos cartas que dejaré para mañana, el reloj de pared que da el cuarto justo cuando paso — y subo la escalera principal sin mirar atrás.
En lo alto del primer rellano, sin embargo, me detengo un segundo y miro por la ventana del descansillo, que da al jardín del sur.
Los faroles están todos encendidos. Más allá del jardín, más allá del muro de piedra del fondo, se ve por entre los árboles una sola ventana iluminada en la planta baja de Ravenfell House.
No alcanzo a distinguir nada dentro de esa ventana.
Solo la luz. Alguien, en la casa del duque vecino, está despierto a estas horas en una habitación que da al muro.
Sigo subiendo. Llego al cuarto del huésped principal. Hawthorn ha dejado el fuego encendido y el jarro lleno de agua nueva.
Saco la libreta de cuero del bolsillo del chaleco. La abro por la primera página, debajo de las dos líneas de antes. Añado, con la pluma corta del bolsillo, una tercera:
«Esta casa necesita volver a estar habitada».
Cierro la libreta. La guardo. Me desabrocho la levita. Soplo la vela del lavamanos.
Fuera, en algún sitio detrás del muro de piedra del jardín del sur, la ventana iluminada de Ravenfell House — la única encendida en esa fachada — se queda a oscuras.