El problema del conde (Los Wyndham 3)
© inepub.com
PRÓLOGO
La grava cruje bajo las ruedas del carruaje cuando giramos por el camino del este, y reconozco el ruido antes de reconocer la casa.
Llevo nueve años sin oírlo. El carbón mojado se queda en la nariz primero, después el olor de los acebos viejos del muro, y solo entonces, cuando ya he respirado dos veces, levanto la vista del libro mayor que tengo abierto sobre las rodillas y veo Ashvere Hall por la ventanilla del carruaje, con la luz baja del atardecer cayéndole sobre la fachada del sur.
La casa está peor de lo que esperaba. Y mejor.
Peor en lo obvio: el ala oeste lleva nueve inviernos sin habitarse, y la piedra está oscurecida del lado por donde le da el viento del lago.
Una de las contraventanas del segundo piso cuelga torcida.
La hiedra ha trepado hasta donde no debería.
Mejor en lo otro. Las ventanas del cuerpo central están limpias.
De la chimenea del comedor sale humo. La puerta principal lleva los faroles encendidos, aunque todavía no ha caído la noche del todo, porque alguien ha decidido que la luz mande sobre el atardecer.
Mi tío llevaba muerto nueve años cuando subí por fin al carruaje de Londres. Pero Ashvere Hall, según parece, no se había enterado.
«Hawthorn».
Bajo del carruaje sin esperar al mozo. He pasado los últimos cinco días alojado en granjas y posadas pequeñas de las tierras del norte — primero las dos fincas de la marca, después los arrendamientos del valle, después la mina de Penshaw, después la antigua casa parroquial — y, llegado este punto del viaje, he dejado de aceptar que nadie me abra una portezuela.
Tengo barro hasta media bota. La levita del viaje, que era gris al salir de Londres, lleva ahora el color exacto del río que crucé el martes.
Y, sin embargo, alguien en la entrada de Ashvere ha decidido encender los faroles a tiempo.
Eso lo advierto sin proponérmelo, con la parte del cerebro que se ha pasado todos estos años aprendiendo a leer pequeñas decisiones de otros, y que ahora ha empezado a leer la casa.
Hawthorn baja los tres escalones de la puerta principal sin prisa. Lleva la levita negra de los días de visita y los guantes blancos de algodón impecables, aunque sabe perfectamente que el único visitante de hoy soy yo y que llevo cuarenta y ocho horas sin afeitarme.
—Milord.
—Hawthorn.
Nos hacemos las inclinaciones que se hacen entre un señor que acaba de heredar nueve años tarde y el administrador que llevaba nueve años esperándolo.
La suya es más profunda de lo que estrictamente exige la cortesía.
La mía es un grado más baja de lo que exigiría mi padre si me viera.
Ninguno de los dos comenta esa pequeña doble cortesía. Pero los dos la guardamos.
—¿Algún incidente en el camino, milord?
—Ninguno que valga la pena contar. Le hablé del puente del molino, en Penshaw.
—Sí, milord. He mandado escribir a Bell esta mañana.
Subimos los escalones juntos. Hawthorn no me ofrece el brazo, lo cual le agradezco sin decirlo, y tampoco se adelanta para abrirme la puerta, lo cual le agradezco igual.
El zaguán huele a cera vieja y a leña reciente.
La alfombra del centro — la roja, la que mi madre quería para Mayfair y nunca consiguió — está cepillada.
La mesa redonda del medio tiene una bandeja de plata con dos cartas.
Las miro de pasada. La letra de mi madre en una.
Una de Croft, sello inglés, en la otra. Las dos quedarán para más tarde.
—¿Su excelencia desea el guardarropa abierto antes de cenar, milord, o prefiere subir primero?
«Su excelencia».
Es la primera vez en mi vida que un hombre se dirige a mí con esa fórmula.
En Londres soy lord Ashvere desde hace nueve años, pero ese tratamiento, dicho en este zaguán y por la boca de Hawthorn, suena distinto.
Suena a que mi tío ya no está, suena a que voy a tener que dormir en su cuarto, y suena, sobre todo, a que el hombre que tengo delante lleva nueve años llamándole eso a un fantasma.
—Subiré primero. Diez minutos.
—Sí, milord.
Hawthorn me indica las escaleras con una mano, y yo subo solo.
El cuarto que era de mi tío está al final del pasillo este, y Hawthorn ha entendido perfectamente que no quiero ese cuarto todavía.
Me ha preparado el contiguo — el del huésped principal — con un fuego encendido desde hace tres horas, un jarro de agua caliente sobre el lavamanos, y una jofaina pequeña con romero y lavanda flotando, porque alguien en esta casa todavía cree en los remedios viejos para los hombres que han cabalgado cuarenta millas.
La levita gris claro que mi madre mandó por adelantado dos semanas atrás está colgada del perchero, lista.
Las botas de noche, junto al fuego. La camisa limpia, sobre la cama.
Me cambio sin pensar en lo que me estoy cambiando.
Cuarenta y ocho horas sin afeitarme; me afeito ahora mal, con prisa, y me hago un corte pequeño bajo la mandíbula que no me molesto en cuidar.
Me lavo las manos hasta que el agua del jarro deja de salir transparente.
Me cambio la camisa. Me cambio las botas.
Bajo al primer piso por la escalera principal, no por la del servicio, y sigo a Hawthorn — que me espera al pie de la escalera con las manos cruzadas a la espalda — hacia el ala oeste.
—El despacho de su señor tío sigue como él lo dejó, milord. No me he permitido tocar los libros mayores.
—¿Ni siquiera para limpiarlos?
—Los he sacado uno por uno, milord. Los he limpiado. Y los he vuelto a poner exactamente donde estaban.
Asiento sin contestar.
Empuja la puerta del despacho. Me deja entrar primero.
La ventana del despacho da al jardín del sur, al portillo del muro de piedra que separa Ashvere de la finca vecina, y, más allá del portillo, a la fachada lateral de Ravenfell House — la del duque de Ravenfell, amigo de mi tío durante treinta años.
La luz del atardecer entra por esa ventana y cae primero sobre la mesa de roble — gastada, oscurecida en el centro por nueve años de codo del tío y dos siglos de codos anteriores — y después sobre el sillón vacío detrás de la mesa.
Me siento en el sillón del tío.
Hawthorn cierra la puerta sin que yo se lo pida. Se queda al otro lado dos segundos, midiéndome la presencia, y después se va por el pasillo a sus cosas. Lo oigo bajar la escalera del servicio.
Los libros mayores están a mi izquierda, en la repisa baja.
Cuatro tomos por año desde mil ochocientos nueve.
Treinta y seis volúmenes en total. Mi tío llevaba la contabilidad de la finca con una letra inclinada hacia adelante, tinta negra, sin temblores hasta el último año.
Saco el último volumen. Lo abro por la primera página.
La primera anotación que encuentro es de octubre de mil ochocientos nueve. La caligrafía es la misma que llevo viendo en las cartas de Hawthorn durante nueve años; no era mi tío, era el administrador, escribiendo en lugar del muerto. Hawthorn ha mantenido los libros vivos.
«Vamos a tener una conversación larga, Hawthorn».
Cierro el tomo. Saco el cuaderno de cuero del bolsillo interior del chaleco — el mío, el de las cosas que observo —, lo abro por la primera página todavía en blanco, y escribo dos palabras al margen, con la pluma corta que me cabe en el bolsillo:
«Empezar por la mina».
Y después, dos líneas más abajo, sin saber del todo por qué:
«Quién mantiene las ventanas limpias».
Trabajo una hora. No es trabajo de verdad — es la primera lectura de un terreno que voy a llevar conmigo los próximos meses.
Reviso el último año de cuentas. Comparo dos arrendamientos del oeste — el de los Bell, el de los Ashen — con lo que Hawthorn me mandó por carta el invierno pasado, y veo una diferencia de seis libras que decido no señalar todavía.
La luz de la ventana cambia mientras leo, se vuelve más naranja, se vuelve más roja, se vuelve esa luz baja de los inviernos del norte que la gente de Mayfair no conoce.
Cuando levanto la vista del libro mayor por primera vez, el cielo ya está oscuro y los faroles del jardín del sur están encendidos.
No los he visto encender. Alguien — un mozo, un jardinero — ha cruzado el jardín con un quinqué en algún momento de esta hora y los ha ido prendiendo uno por uno sin que yo me enterara.
Llaman dos veces a la puerta del despacho.
—Milord, la cena está dispuesta cuando milord guste.
—Bajo en cinco minutos, Hawthorn.
—Sí, milord.
Los pasos de Hawthorn se alejan por el pasillo.
Cierro el libro mayor. Lo coloco encima de la mesa, sin devolverlo a la repisa, porque pienso seguir mañana.
Soplo la vela del escritorio. Cojo del bolsillo del chaleco el reloj de cadena que me dio mi padre el día que cumplí veintiún años — el reloj de los Wyndham segundos, el que llevaba mi gemelo antes que yo, el que él me cedió formalmente en una cena de Mayfair el invierno que vino al mundo Cecily Olivia.
Lo miro. Las siete y veintidós. Me lo guardo otra vez en el chaleco.
Salgo del despacho. Cruzo el ala oeste de vuelta hacia el comedor.
Las dos doncellas — dos muchachas que no me han presentado todavía, una alta, una más joven — se apartan en el corredor para dejarme pasar.
Las dos me hacen reverencia. Las dos esperan a que pase y a que cierre la doble puerta del comedor antes de empezar a respirar otra vez.
Al cerrar la puerta veo, sin querer, que la más joven se ha apoyado un segundo en la pared. No comento.
El comedor de Ashvere Hall es la habitación más grande de la casa y la más vacía esta noche.