CAPÍTULO 109.
Un anciano decrépito, asistido a cada lado por dos frailes, apareció a la vista de todos.
Avanzó despacio entre aquel pasillo humano con la cabeza en alto y su mirada al frente.
Se apoyaba en un bastón, pero sus pasos eran tan cortos que necesitó una eternidad para llegar hasta la cabecera del refectorio.
Felipe estaba impresionado. También él pensaba que el cantero habría muerto.
Su rostro se iluminó. Estaba comenzando a entender lo que su amiga Ane pretendía.
Los religiosos lo sentaron en una silla con respaldo a solo unos pasos del escaño y se retiraron.
―¡Pedro, por Dios! ¿Dónde os habíais metido? Pensé que os encontraríais al abrigo de nuestro señor ―saludó de forma irónica Belenguer Clavería.
La voz del cantero sonó frágil y desafinada.
―Quizá Dios me tenía reservado este último acto ―saludó―. Mis manos no tienen ya fuerza para sujetar un cincel y mis piernas no me sostienen, pero mi cabeza funciona como siempre.
El magistrado gesticuló afirmando repetitivamente.
―¿Dónde vivís? ―insistió.
―Con los frailes del convento de San Francisco. Hace muchos años que vivo como uno de ellos. Siempre disponen de un mendrugo y de buen vino.
No hizo falta que nadie preguntara nada al cantero, bastó con el silencio que se hizo en la sala.
―Tristán era un demonio. Supongo que ahora se encontrará ardiendo en el infierno ―dijo sin ningún tipo de piedad.
Sus antiguos compañeros de oficio no le llevaron entonces la contraria.
―Cuando Rodrigo me encontró hace unos días y me contó lo ocurrido, todo aquello vino otra vez a mi memoria ―explicó. Hizo una pausa y continuó―. Algunos en la Navarrería se sentían molestos porque quienes dirigían las obras de la catedral no pertenecían a la buena villa. Y actuaron.
Uno de los jueces más jóvenes, el vecino de la Navarrería, intervino.
―¿A qué os referís?
―Yo vivía junto a la catedral. La noche en que murió Perrin de Simur vi al médico Lot ben Abraham discutir junto a las obras con Juan de Artajona. Poco después sonaron las campanas y el judío anunció el fallecimiento del maestro como consecuencia de una apoplejía ―recordó Pedro.
Algunos miraron hacia el banco reservado para los miembros del concejo, pero Artajona seguía allí sentado sin una reacción demasiado evidente. Mantenía erguido su torso y escuchaba con atención.
―Eso que contáis no resulta extraño ―afirmó el magistrado de la Navarrería impaciente.
―Nadie dudó de que así fuera, pero semanas después un rumor corrió como la espuma. El maestro había sido envenenado.
El jurado de la Navarrería se había contenido hasta ese momento, pero no pudo más.
―¡Dios santo! ¡Vos lo estáis diciendo! ¡Solo fueron rumores! Ese hombre murió de una apoplejía. Él lo puede confirmar ―pidió señalando Lot.
El nuevo rabino de la aljama de Pamplona no le contestó.
Solo cuando Juan de Artajona volvió su vista hacia él pareció darse cuenta de que Lot estaba ya condenado.
Se encontraba hundido en la silla, ausente, mientras un revuelo de voces airadas recorría la sala.
Los testimonios contra él por el asesinato de Levy eran notables y su pasividad ahora los confirmaba.
Ya no podía contar con él en aquel juicio. El rabino no haría nada por ayudarle.
El cantero continuó sin siquiera mirar al jurado.
―Cuando escuché por primera vez lo del veneno me di cuenta de que pudo haber ocurrido.
Ese día había visto juntos en varios momentos a Juan de Artajona, al médico y a Tristán.
Los dos primeros fueron quienes nos comunicaron la causa de la muerte del maestro.
El último pasó a ocupar el puesto del fallecido.
Engarrán de Villers quiso aportar aquello que sabía.
―Como almirante del Burgo también conocí esa sospecha. Había muerto un vecino principal de San Cernin y estudiamos denunciar a ambos. Pero no dispusimos de testigos. Por eso no lo hicimos.
―¡Vos lo estáis diciendo! ¡Solo son suposiciones! ―rebatió el ahora acusado―. ¡No soy capaz de preparar ningún veneno ni sé cómo administrarlo!
Su rostro airado denotaba nerviosismo y sus palabras sonaron impostadas.
―Pero estabais muy cerca. Pudisteis ser vos quien solicitó ese veneno al médico para colocar a un hombre de la Navarrería al frente de las obras de la catedral ―le contestó Pedro con una lucidez impropia de su edad―. Es lo que se comentó.
―¡Maldito bastardo! ¡Eso no es cierto! ¡Y no podéis demostrarlo!
Se hizo el silencio. Ane no hizo comentario alguno y Belenguer Clavería impuso entonces su juicio.
―Pedro, eso que comentáis son recuerdos de un viejo, como yo mismo lo soy, que quizá cree como cierto lo que en aquel momento supuso.
Engarrán de Villers bajo la vista y asintió el comentario.
―Tengo todavía buena memoria, pero nada más puedo hacer ―claudicó el cantero.
Juan de Artajona respiró algo más calmado y aprovechó las palabras del magistrado.
―¡Por Dios! ¿Cuándo podemos juzgar a Felipe de Obanos por el asesinato de Tristán? Han declarado ya todos los testigos.
―No todos lo han hecho ―replicó entonces Ane.
Mantuvo un instante de silencio.
―Su reverencia, el obispo Sancho Sánchez de Oteiza, también estaba presente ese día.
Felipe contuvo la respiración y también Artajona mostró un gesto de sorpresa.
―Él ya ha declarado ―se oyó.
―Únicamente ha respondido a lo que se le ha requerido. Pero él fue testigo de los hechos.
Belenguer Clavería admitió la pretensión de la abogada asintiendo.
El prelado se encontraba sentado en uno de los extremos y simplemente se levantó. Todo el mundo guardó un respetuoso silencio a la espera de lo que pudiese declarar.
―Es cierto lo que ha manifestado Felipe de Obanos ―introdujo―. Pensaba cesar en el cargo al maestro Tristán y sería él quien lo ocupara. Sin embargo, yo no los cité en la Barbazana ese día. Aunque sé quién lo hizo.
El silencio pesó más que nunca.
―Lo hicisteis vos, Juan de Artajona ―manifestó mirándolo directamente a los ojos.
Un clamor se alzó nuevamente en el refectorio.
―Uno de los muchachos que habitualmente hace para mí de mensajero me lo confirmó ―aseguró.
Unió las manos en su pecho como si fuera a hacer una confesión íntima.
―Y lo que puedo añadir es que también vos estabais dentro de la torre aquel día ―declaró―. Os vi salir a hurtadillas cuando la mayoría de los que allí se encontraban prestaban atención al apaleamiento de Felipe.
El auditorio quedó mudo. Solo Juan de Artajona reaccionó.
―¡No es cierto! ¡Estaba allí, sí! ¡Junto a la puerta! ¡Pero no salí de la torre! ¡Todos los testigos han declarado que vieron al acusado dejar la Barbazana! ¡Nadie me vio a mí salir! ¡Os confundís!
El silencio se hizo irrespirable. Los asistentes esperaban expectantes que ocurriera algo definitivo. Ane callaba también de forma consciente. Quizá aquella mecha prendiera.
Artajona buscó desesperadamente una ayuda.
Lo hizo entre sus compañeros de bancada y todos le retiraron la mirada.
Reparó de nuevo en Lot y comprobó que se mantenía absolutamente abatido.
En aquel momento era incapaz de defenderse de ningún tipo de acusación, llegase de donde llegase.
Pensó que debía soltar el lastre que suponía Lot y deshacerse de él para luego cuestionar la observación del obispo.
―Habéis desenmascarado al asesino que envenenó al rabino y que casi mata a la reina ―declaró―. Quizá incluso envenenó a Perrin de Simur. ¡Ya lo tenéis! ¡Ahí está! Yo nada tengo que ver con ninguno de los crímenes que aquí se juzgan. Os lo he dicho. No sé de venenos ―aseguró.
Lot levantó la cabeza y se quedó mirándolo. No dijo nada. Se levantó de pronto de su silla y se dirigió al hombre que ahora lo acusaba.
―Siempre me habéis pedido ayuda. También esta vez. Y siempre os he ayudado.
―¿Ayudarme? ¿A qué me habéis ayudado? ―le replicó nervioso.
―¿Ahora me abandonáis?
―¡Ya os han condenado! ―clamó enfurecido el jurado.
Los asistentes al juicio seguían escuchando en silencio, como si de una obra de teatro se tratara.
―¡No estuve en la torre, solo en el claustro! Os lo aseguro. Decenas de testigos declararán que me vieron allí en el momento en que cayó Tristán.
Lot seguía mirándolo fijamente con un gesto bobalicón. Ni una palabra en su defensa. Ni un gesto. Después de tantos años, Artajona lo entregaba.
―¿Queréis salvaros solo vos? No caeré solo.
El jurado no le contestó. Entonces Lot se dio media vuelta y habló para el tribunal.
―Fue él quien me pidió ayuda el día que murió Perrin de Simur. Yo solo le facilité el veneno ―confesó.
―¡Mentís! ―gritó Artajona con el rostro congestionado.
Los soldados se acercaron a él para contenerlo, mientras toda la sala aguantaba la respiración.
―Y fue también él quien citó a Tristán y a Felipe en la Barbazana, como ha relatado el obispo. Quería forzar al tracista a renunciar al puesto de maestro principal y que Tristán, un hombre de la Navarrería, lo siguiera ostentando ―declaró con voz cavernosa.
―¿Qué es lo que decís? ¡Os mataré! ―amenazó el jurado.
Lot cerró los ojos un instante.
―Pero el maestro estaba consumido y no estaba dispuesto a seguir soportando esa carga.
Sus hombres lo saben. ―Tomó aire y continuó―.
Acusar a Felipe fue muy sencillo. Todos lo habían visto salir de la torre y sabían que se odiaban.
Pero no ocurrió así. Artajona me contó que discutió con Tristán en la terraza de la torre antes de que llegara Felipe, se engancharon y finalmente lo empujó.
Si no iba a seguir ostentando ese cargo, ya no le hacía falta, fueron sus palabras.
―¡Miente! ¡No podéis creer a este judío! ¡Es un asesino confeso! ―bramó el jurado tratando de zafarse de los soldados.
Los guardias lo retuvieron mientras el clamor de la sala se desbordó.