CAPÍTULO 108.
Felipe solo se dio cuenta de la presencia de Jerónima cuando Ane la llamó. Se encontraba de pie junto a la pared del otro costado. La anciana herbolaria fue recibida con murmuraciones de toda la sala mientras avanzaba con aplomo hasta situarse a unos pasos de los jueces.
―Jerónima es una mujer que conoce mejor que nadie los motivos finales por los que fallecen los hombres ―la presentó la abogada.
Juan de Artajona no había intervenido hasta ese momento. No había hecho falta. Sentado en uno de los bancos de las primeras filas junto a otros miembros del concejo de la Navarrería, se levantó como un resorte.
―¡Todos sabemos las causas de la muerte del maestro Tristán! Son las de cualquier sentenciado a muerte arrojado desde la Galea. ¿O acaso pretendéis hacernos creer que sufrió una apoplejía tras la caída? ―preguntó provocando las risas de los presentes.
―Solo ruego a Dios para que hoy conozcamos toda la verdad ―replicó Ane recalcando cada palabra.
El gesto titubeante del anciano juez no auguraba una respuesta favorable.
―El jurado tiene razón. No tiene mucho sentido ―opinó.
Ane mantuvo la serenidad.
―Entiendo vuestra postura, pero si las declaraciones de una herbolaria o de cuantos testigos puedan hablar hoy aquí no son trascendentes no cambiarán vuestra opinión. Si por el contrario lo son, entiendo que serán bienvenidas para este tribunal.
Belenguer Clavería peinó su melena blanca hacia atrás mientras Godofre y otro de los jueces, un vecino de la Navarrería, replicaban a la abogada.
―¡Sigo sin entenderlo!
―¿Qué más podemos escuchar?
Fue entonces cuando Engarrán de Villers intervino.
―Felipe de Obanos es un hombre valioso para el reino. Debemos conocer toda la información de la que podamos disponer antes de condenarlo.
El juez principal se avino a la recomendación.
―Siempre ha sido nuestra intención escuchar todos los testimonios ―manifestó con voz grave y ampulosa―. Podéis continuar.
Lot miraba inquieto hacia la cabecera del refectorio y comprobó que la bruja de Villava había clavado la vista en él. Se removió en su asiento y le retiró la mirada.
―Herbolaria, ¿qué es lo que queréis contarnos? ―preguntó el magistrado Belenguer.
La anciana guardó silencio hasta que todos en la sala callaron.
―No todos los aquí presentes conocisteis al rabino Levy. Se encontraba muy enfermo y Blanca, la que fuera mi aprendiz, logró dar con la forma de curarlo. A los dos días de que comenzara el tratamiento se recuperó.
―Pero ¿de qué estáis hablando? ¿Qué relación tiene con este caso? ―preguntó el magistrado de la Navarrería.
―¡El rabino murió! ―intervino un espontáneo desde el fondo.
Jerónima no se amedrentó.
―Cuando nos comunicaron que había despertado y volvimos para comprobarlo el rabino había muerto ―explicó. Durante un momento que pareció durar una eternidad se mantuvo en silencio―. Lot lo había envenenado ―soltó de golpe.
Una exclamación de asombro y desconcierto recorrió la sala y se transformó de inmediato en un hervidero de comentarios. Todos señalaban al que fuera médico real. Se encontraba inmóvil en su asiento y estaba pálido como un muerto. Al poco reaccionó. Se levantó y empleó toda la fuerza que reunió.
―¡Eso es falso! ¡El rabino murió por el tratamiento que le administraron esas dos brujas! De no ser por ellas quizá habría vivido.
Felipe se mostraba perplejo; sus padres, Rodrigo y Blanca se miraban entre sí tratando de encontrar sentido a aquella declaración.
Había judíos entre los presentes y todos ellos adoraban al rabino Levy. Fue uno de ellos, un jurado de la Navarrería sentado junto a Juan de Artajona, quien le preguntó:
―¿Cómo podéis demostrarlo? Eso ahora es imposible después de tanto tiempo.
―Hay una mujer que puede dar testimonio de que así ocurrió ―intervino Ane eligiendo el momento exacto. Hizo una pausa y subió el tono de voz―. Se trata de Ester, la que fuera ama de llaves del rabino Levy.
Todos, incluidos Adrián, Felipe y su familia, se volvieron sorprendidos hacia la puerta del refectorio.
Ester se encontraba allí, mirando al frente.
Sabían que la judía había regresado, pero no esperaban que estuviera dispuesta a declarar contra Lot.
Los asistentes murmuraron. Algunos no sabían quién era aquella mujer y los que la conocían daban cuenta a los demás.
Lot, de pie, se balanceaba como si fuera a perder el equilibrio de un momento a otro.
―¡Yo no maté al rabino! ¡Esa mujer no tiene nada que decir! Solo yo estaba en la habitación cuando murió ―se defendió.
Ester se acercó con pasos cortos pero decididos y se situó de pie ante el tribunal. Intervino entonces el juez principal.
―¿Qué es lo que queréis contarnos? ―preguntó ahora con curiosidad.
―Yo vi la sanación del rabino. Pero aquel día, antes de que llegaran las herbolarias, el médico Lot se encerró con él en la habitación. Yo no estaba dentro. Es cierto. Pero al cabo de un rato escuché forcejeos y después los gritos de dolor del rabí.
Ester respiró profundamente.
―Poco después el médico salió de la habitación sudoroso. El rabino había muerto ―concluyó provocando un nuevo murmullo de desconcierto.
Lot continuaba de pie, pero no aguantaba más. Se dejó caer en su enorme silla y desde allí trató de repeler la acusación.
―Eso que contáis solo prueba que el rabino murió. Nada más. Intenté asistirlo, pero aquel ataque lo mató.
El magistrado Godofre también se mostró incrédulo.
―¿Lo denunciáis ahora después de tantos años? ¿Por qué no lo hicisteis entonces?
―Él me amenazó. Me fui de la aljama porque lo temía. Todas las mujeres lo tememos ―remató con lágrimas en los ojos.
El murmullo ahora se había convertido en cuchicheos de sorpresa y comentarios apagados. Solo cuando aquel sonido sordo se calmó, la herbolaria retomó la palabra.
―Ese mismo día encontramos entre las cenizas del fuego del hogar dos frascos de cerámica que Lot había arrojado allí.
Eran idénticos a este ―anunció mostrándolo en alto―.
Contenían un veneno que Lot conoce muy bien: una mezcla de beleño y mandrágora.
Este que os muestro lo retiré de los fuegos de las cocinas de Olite.
Fue justo el día después de que detuvieran al médico por intentar asesinar a la reina Leonor.
Una nueva exclamación surgió unánime en la sala. Lot temblaba ahora en su sillón mientras las voces de indignación crecían por momentos. Belenguer se puso de pie y trató de calmar los ánimos con sus gestos.
―¿Qué decís a estas acusaciones? ―preguntó mirando a Lot.
―Todo es falso ―siguió negando sin demasiada convicción.
El jurado de la población Juan de Artajona se mantenía en tensión ante el hundimiento del nuevo rabino. Se levantó entonces e intervino con grandes aspavientos.
―Este es un juicio contra Felipe de Obanos por el asesinato del maestro Tristán. A nadie interesa traer a este tribunal hechos de hace tantos años que son imposibles de probar.
Su compañero de corporación, el judío que se hallaba sentado a su lado, le replicó.
―Quizá a vos no os interese. Nosotros amábamos al rabino Levy. Y hemos escuchado un testimonio creíble. Este traidor lo mató.
El silencio se hizo abrumador. Belenguer Clavería utilizó entonces su tono más grave y ampuloso para contestar a Artajona.
―No quitaré la razón al jurado Juan de Artajona. Hoy hemos venido aquí para conocer otros hechos. Sin embargo, este tribunal de Cort siempre ha juzgado y seguirá juzgando cuantos asuntos queden probados ante él.
Los jueces miraron a la pelirroja. Habitualmente eran ellos quienes interrogaban a los testigos, pero al parecer aquel día iba a ser la abogada quien dirigiera la sesión.
―Hay otra persona que desea también declarar en este juicio: el cantero Pedro de Asiain, a quien quizá conocéis.
Artajona abrió mucho los ojos, giró su cabeza y lo buscó en la puerta del refectorio una y otra vez hasta que al fin hizo su aparición. El jurado agachó la cabeza y la escondió entre sus manos.