CAPÍTULO 107.
El día del juicio amaneció con un cielo azul impoluto y una ligera brisa de aire caliente impropia del mes de enero. Blanca no había podido dormir en toda la noche y cuando entró en la cocina y vio que María trajinaba en el fuego, pensó que tampoco ella lo habría hecho.
―¿Habéis visto el día? ―preguntó a su suegra―. No hay ni una sola nube en el cielo. Sin duda se trata de una buena señal.
―Dios te escuche, hija ―respondió uniendo sus manos en un gesto de súplica.
Miguel estaba también cerca del fuego. Parecía haber envejecido años en aquellas dos semanas.
Las posturas contra Felipe se habían extremado hasta el punto de volverse violentas y eso les había afectado.
Jesús se había enfrentado con alguno de los obreros de la catedral, incluso llegando a las manos, y también Simón tuvo varios encontronazos con judíos que defendían la postura de su nuevo rabino.
Miguel se levantó y se encaminó hacia el patio.
―¿Adónde vas? ―le preguntó María.
―A la iglesia. Rogaré a Dios y a la Virgen del Camino. Solo ellos pueden salvar a nuestro hijo.
Pese a que no se permitía presencia pública en el juicio, la sala del refectorio, a solo unos metros del lugar en el que había muerto Tristán, se hallaba repleta.
Muchos de los mazoneros y obreros de la catedral estaban allí presentes como testigos y otros formaban parte de la acusación.
Los padres de Felipe, Rodrigo y la propia Blanca habían podido acceder gracias a la intercesión de Adrián.
Se hallaban de pie en primera fila, muy cerca del lugar en el que él mismo se sentaría.
Desde allí se escuchaba un rumor sordo proveniente del exterior.
La multitud se agolpaba en las galerías del claustro y llegaba hasta las naves cercanas de la incipiente catedral.
Hablaban entre ellos gesticulando y se asomaban una y otra vez a la puerta del Amparo, por donde aparecería el acusado.
Un numeroso grupo de soldados del rey lo esperaban también para custodiar su paso hasta el refectorio.
La comitiva partió a pie desde la cárcel de la Galea.
Rodeado por cuatro soldados, Felipe avanzaba erguido con las manos a la espalda y la zancada firme.
Detrás, Rodrigo, Jesús y Simón los seguían muy de cerca.
El recorrido hasta salir del Burgo por Portalapea no resultó complicado.
Miguel, María y sus hijos eran muy queridos y muchos le lanzaban gritos de ánimo.
Cruzaron la tierra de nadie, entraron en la Navarrería y el panorama cambió por completo.
Allí un hiriente griterío se trasladaba a su paso entre el gentío como una ola.
Lo llamaban asesino y le lanzaban palos y piedras, aunque también se hicieron notar quienes defendían al del Burgo, enfrentándose a los primeros.
Felipe seguía mirando al frente, como si fuera inmune a todo lo que ocurría a su alrededor.
Subieron la rúa Mayor hasta que al fin penetraron en el claustro a través de uno de los dos vanos en que se dividía la puerta del Amparo.
La protesta alcanzó allí su mayor virulencia.
Fue la única vez en la que Felipe se giró.
Jesús se enfrentaba a uno de aquellos locos que pretendía alcanzarlo y también Simón intentaba contener a un par de hombres armados con picos y mazas.
Varios guardias acudieron raudos y lograron atajar la rebelión colocándose delante.
Solo al entrar en el refectorio cesaron los empujones y los golpes. Los gritos allá afuera se convirtieron en un rumor grave, como si se hubieran abierto las compuertas de un gigantesco río.
El escenario del juicio hubiera sido muy austero de no ser por las preciosas seis bóvedas de la cubierta y por el rosetón situado en el frente de la nave, a través del que se filtraba la luz teñida de sus cristales rojos, dorados y verdes.
Flanqueaban la espectacular vidriera dos estrechos ventanales que cubrían toda la altura del edificio.
Los jueces se encontraban en un pequeño escaño elevado y, a sus pies, algunos bancos en los que se sentarían acusado y testigos.
Entre los presentes Felipe pudo ver en las primeras filas a Juan de Artajona junto a otros miembros de la corporación de la Navarrería, al rabino Lot y, muy cerca, al obispo Sancho Sánchez de Oteiza.
Todos ellos habían estado presentes en el claustro de la catedral el día en que falleció Tristán y, sin duda, todos habrían sido citados para declarar lo que allí vieron.
Le dolió ver al obispo. Aquel fatídico día el prelado lo había citado en la torre Barbazana para encumbrarlo con la mayor de las responsabilidades en la obra de la catedral.
Ahora su declaración quizá sirviera para condenarlo.
Felipe tragó saliva y contuvo la emoción cuando descubrió a su madre y a Blanca.
Observó que Ane lo esperaba en la cabecera de la sala y se dirigió hacia allí.
Todavía no se acostumbraba a verla con aquellos enormes tocados que distinguían a las mujeres casadas.
Sin embargo, fue Adrián quien lo recibió antes de que llegara hasta ella.
Parecía cansado. Lo tomó del brazo y lo miró a los ojos.
―Confío plenamente en Ane. Aunque la veas muy seria, solo está concentrada en su trabajo.
―Gracias. Sé que hará todo lo que esté en su mano.
Adrián le dedicó un gesto de ánimo y se acercó aún más.
―Solo quiero responder a tu pregunta ―le dijo. Tardó un instante en continuar―. Si sois condenado, yo mismo te sacaré de la Galea.
Felipe apretó con fuerza el brazo de su suegro y asintió emocionado.
Los cinco magistrados del tribunal de la Cort y el escribano que tomaría cuenta de lo que allí sucediese lo esperaban sentados en aquella larga mesa.
Engarrán de Villers, saludó muy serio a Adrián cuando este tomó asiento junto a ellos en el extremo izquierdo.
El yerno del acusado no lo hacía como uno de los jueces que dictaría sentencia sino como representante de la corona.
Pese a todo, Felipe sabía que el rey apreciaba su trabajo y tenía una deuda con Rodrigo, por eso confiaba en la benevolencia de la mayor parte de los miembros del tribunal.
De todos salvo de Godofre. El que fuera jurado del Burgo, acaudalado comerciante y ahora juez del tribunal, sonreía y departía con obreros y mazoneros en una clara muestra de la posición que iba a adoptar.
El ronroneo de voces en el interior del refectorio continuó hasta que un hombre mayor, casi un anciano, que ocupaba el centro de aquella larga tabla, se levantó y pidió silencio con sus dos manos.
Belenguer Clavería lucía una corta melena cana y vestía una hopalanda de seda con grandes mangas que utilizaba ceremoniosamente para mostrar su autoridad.
El rumor se fue acallando y, una vez se apagó por completo, tomó la palabra.
―Hoy juzgaremos a Felipe de Obanos, acusado de la muerte del maestro de obras principal de la catedral ―se limitó a proclamar con una voz gutural propia de un sacerdote sermoneando a sus fieles.
Guardó un largo silencio y prosiguió.
―Los hombres y mujeres que incurran en falso testimonio en este juicio serán sometidos a escarnio público y su lengua les será arrancada para que semejante crimen no vuelva nunca a producirse.
Todo aquel que no guarde respeto a esta institución y que se rebele o ataque a cualquier interviniente en el proceso, sea juez, testigo, al propio acusado o a quien lo represente, será castigado con dureza ―relató con el mismo gesto suntuoso.
El juez hizo una nueva pausa y, tras acomodarse, abrió al fin el litigio.
―Escuchemos a los testigos. Ellos serán quienes determinen el resultado de este juicio ―advirtió mirando a Felipe.
Godofre, el mayor opositor de Ane en aquella instancia, tomó la palabra.
―No sé por dónde empezar. Son... tantos los testimonios... ―inició dubitativo con su exagerada voz nasal―. Bastaría uno solo de ellos y la coincidencia de los demás ―dijo arrugando su rostro y moviendo de forma desmedida sus manos.
Se trataba de uno de los procesos más importantes vistos en la ciudad y era patente el nerviosismo del magistrado.
No empleó mucho tiempo en explicar los hechos.
Sus escasas frases de introducción arrancaron aplausos entre quienes reclamaban una condena ejemplar.
Después fue dando paso sin demasiado orden a aquellos que lo habían denunciado y a todos los presentes que quisieron hablar.
Tal y como había anticipado, nadie aportó una versión diferente a la de los otros.
Salvo el buey Lot. El nuevo rabino de la judería era testigo y denunciante.
Su túnica, su talit y su kipá le daban una apariencia más respetable que la que había mostrado los últimos tiempos antes del nombramiento.
Sin embargo, su gesto y su mirada denotaban el sufrimiento insoportable provocado por sus rodillas.
―La animadversión de este hombre y la envidia por el cargo que ocupaba el maestro son conocidas por todos los trabajadores de la fábrica de la catedral ―manifestó nada más comenzar.
Los citados lanzaron un grito corto y unánime ratificando lo dicho.
―Ocurrió así desde que desgraciadamente falleció Perrin de Simur, víctima de una apoplejía, y Tristán fue el elegido como su sucesor.
―El propio maestro de la catedral me contó las amenazas que sufrió. Un hombre acostumbrado a usar cuchillos y hachas para cortar carne y partir huesos ―insistió con habilidad.
El denunciante añadía un matiz diferente en cada una de sus observaciones, acaparando una y otra vez los vítores de los presentes.
―¡Por Dios! ¡Eso no tiene nada que ver! ―chilló Miguel desde primera fila.
María lo tomó del brazo para calmarlo mientras Blanca se mantenía a su lado con un gesto indescifrable en el rostro, parecido al dolor físico.
Felipe sintió la misma furia que su padre y no pudo contenerse.
―¡Nunca empuñé un arma contra él! ―gritó.
El rabino aprovechó la intervención del tracista.
―¡Lo amenazó de muerte, como han declarado muchos de los presentes! ¡Él me lo contó!
Guardó silencio a continuación, sabedor de que nadie refutaría su observación. Era cierta. Midiendo muy bien los tiempos prosiguió.
―Yo estaba en el claustro cuando cayó el maestro. Lo oí gritar horrorizado. Ese hombre no quería morir. No era su hora ―declaró―. Y al instante este hombre aquí presente, Felipe de Obanos, salió de la torre. Yo lo vi. Nadie más lo hizo. No quedan dudas ―concluyó.
Un auténtico clamor llenó la sala mientras el buey Lot se alejaba hasta una enorme silla sonriendo a Felipe a su paso. El juez Godofre también lucía un gesto de euforia. Mientras, los familiares de Felipe se abrazaban en una piña.
Todos los testigos habían dado cuenta de su testimonio salvo el obispo Sancho Sánchez de Oteiza y Felipe pensó que aquello lo protegía. Si el obispo declaraba lo que vio estaría hundido.
―¡Así es! ―clamó Godofre levantándose en el estrado―. No hay duda de lo que ocurrió ―añadió dirigiéndose ahora a Belenguer Clavería.
Ane estaba a punto de replicarle, pero fue el anciano presidente del tribunal quien intervino.
―Es cierto. Los testimonios escuchados pesan notablemente contra el acusado. No obstante, quiero darle la oportunidad de hablar ahora. Podéis colocaros frente a este tribunal y contarnos lo que ocurrió ―pidió con aquella voz grave.
El tracista miró a Blanca y la vio con sus manos apretadas junto a la boca. Se levantó y los gritos e insultos se recrudecieron. Otro miembro del jurado, un hombre de la Población al que Felipe conocía bien, se dirigió a él con toda la calma del mundo.
―Felipe de Obanos, ¿negáis alguna de las declaraciones de los testigos? ¿Os encontrabais en la Barbazana cuando ese hombre cayó desde lo alto?
―No puedo negarlo ―tardó en contestar―, pero yo no lo empujé.
―¿Mantuvisteis algún tipo de disputa con él en la torre? ¿Por qué lo hicisteis?
―No discutí con él. Ni siquiera lo vi hasta encontrármelo en las losas del claustro.
―Cuando salisteis del edificio el cadáver se hallaba ya en el suelo ―afirmó el juez pronunciando muy despacio cada sílaba.
―Sí. Es así. La única explicación es que él se arrojara al conocer que yo lo iba a sustituir en el puesto como maestro de obras principal de la catedral.
Un alarido de desaprobación surgió entre los obreros.
―¿Lo ibais… a sustituir?
―Así es. El obispo nos había citado a Tristán y a mí en la torre Barbazana. Él me anticipó que iba a ocupar el puesto del maestro y que nos lo comunicaría en breve. Supongo que ese iba a ser el momento.
Godofre miró hacia el lugar que ocupaba el obispo en primera fila.
―Excelencia, ¿es cierto que vos citasteis a ambos en la torre?
―No. Yo no lo hice ―contestó el obispo escueto.
Se dibujó una amplia sonrisa en el rostro del juez mientras Felipe miraba sorprendido al prelado.
Buscó a Ane. Mantenía el mismo gesto impertérrito, como si aquella respuesta no les afectara.
Frunció el ceño indignado. Quiso contestar a todos los que lo acusaban y amenazaban, pero no encontró forma de hacerlo.
Belenguer Clavería mostró un gesto de resignación y se levantó de su asiento. Entonces Ane, antes de que manifestase algún tipo de reflexión o veredicto, se acercó. El magistrado al verla se dirigió a ella.
―Os exhorto como representante del acusado. ¿Falta algo por preguntar al señor Obispo o al propio acusado? ¿Debemos saber algo más?
―No, señor. Preferiría no preguntar por ahora nada más a ninguno de los dos. Todo está claro.
Sancho Sánchez de Oteiza miró a Ane con cierta extrañeza, pero ella le pidió paciencia con un gesto con la mano. Felipe abrió mucho los ojos sin salir de su asombro.
―Pero, con vuestro permiso, querría solicitar el testimonio de otras personas ―pidió la abogada.