CAPÍTULO 106.
Después del toque de queda, un silencio total se adueñó de la Galea.
Era tal la quietud que Felipe pudo pensar en lo ocurrido en la torre Barbazana.
Rehízo en su mente la secuencia una y otra vez y no consiguió entenderlo.
Era imposible probar que él no lo hizo cuando todos los testigos lo vieron salir.
Pensó en su hijo Martín y se conjuró para evitar que sufriera su ausencia.
No dejaría que ocurriera. Las palabras de su esposa resonaron en su mente.
Le había dicho que lo sacaría de allí si Ane no podía demostrar su inocencia.
Trató de imaginar su huida. Escuchó con atención algún sonido que pudiera surgir en el interior de la torre, pero no oyó nada.
Solo el repiqueteo continuo de una gota que caía desde el techo de la celda.
No había nadie allí, solo el guardián habitual en la puerta de acceso.
Felipe había pasado cientos de veces delante de la Galea y sabía las rutinas de los carceleros.
También Rodrigo las conocía. No pudo dormir en toda la noche.
Se acordó de su padre. Les contaba una historia al calor del fuego del hogar que él le hacía repetir una y otra vez.
También lo detuvieron una vez y lo encerraron en aquella misma torre a unos pasos de su casa en el Burgo.
Salió indemne y eso también le daba fuerzas.
Un fuerte viento soplaba en los tres burgos el día después de la muerte de Tristán.
La noticia de la detención de Felipe se propagó de boca en boca en templos y mercados, como empujada por aquellas ráfagas del invierno.
Y pronto todos los habitantes de la ciudad conocían lo ocurrido.
Muchos no quisieron creerlo. La familia de Felipe, sus padres, su esposa, los habían ayudado en más de una ocasión y ahora sentían el dolor de aquella acusación.
Adrián llegó a la torre de la Galea y tampoco tuvo problemas para acceder a la celda de Felipe. A aquella hora de la mañana la luz se colaba entre los pasillos, iluminando las paredes ennegrecidas de la fortaleza y llegando hasta los lugares más recónditos.
El marido de su hija Blanca se encontraba sentado, pegado a los barrotes que lo encerraban y tapado por una manta. Se levantó de un salto en cuanto distinguió a Adrián. Había pasado una noche allá dentro y, pese a los golpes recibidos y a su desvelo, se encontraba con fuerzas.
―¡Adrián! ¡Qué alegría! ¿Habéis estado con el rey?
Adrián cogió su mano con fuerza.
―Sí. Él está convencido de que no pudisteis cometer ese crimen.
―¿Habéis conseguido mi indulto? ―preguntó esperanzado.
―No será tan sencillo. Me preguntó si os creía inocente. Le dije que no tenía ni un ápice de duda y me contestó que también él lo cree así.
―¿Entonces, por qué sigo aquí?
El gesto rígido de su suegro no anticipó buenas nuevas.
―Dejará que tenga lugar el juicio ―respondió al fin―. Dice que se trata de una acusación de dos miembros relevantes de las instituciones de la ciudad y que, además, ha muerto el maestro principal de la catedral.
Adrián bajó la cabeza, negando con impotencia.
―Yo fui quien abogué por una justicia independiente a la dictada por el rey. Ahora lo estoy pagando ―se lamentó.
Guardó silencio durante un instante y continuó.
―Dice que dispondrás de la mejor abogada de la ciudad, que podrás recurrir una posible sentencia injusta ante el Consejo Real y, sobre todo, cree que será Dios quien dicte su juicio.
Adrián mantenía ahora la mirada fija en la pared de piedra que se levantaba frente a él.
―¿Cómo os encontráis? ―le preguntó.
―Me han traído agua y algo de comer. Solo espero que no se alargue.
―Si necesitáis cualquier cosa podéis pedírmela.
Adrián se volvió ahora hacia él.
―Por favor, haced que Blanca y Martín se sientan reconfortados.
―Por supuesto. No lo dudéis.
―¿Y mis padres?
―Están bien. No debéis preocuparos. Ellos rezan por vos. Saben que Dios es justo. Vuestro padre salvó la vida en aquel combate contra el propio alférez del reino.
Felipe se llevó el pelo hacia atrás con ambas manos.
―Rodrigo ha salido de la ciudad ―continuó Adrián―. Ane estuvo hablando con él, pero no sé a dónde se ha dirigido. Ha ido a buscar a alguien.
―¿Habéis hablado vos con Ane?
―Ella vendrá a verte también hoy. No he estado con ella, pero Lorea me ha dicho que está conversando con todo el mundo. Quiere saber exactamente qué ocurrió.
El tracista negó con la cabeza.
―¡Yo se lo conté! ¡No hay más! ―exclamó impaciente―. Es imposible que podamos demostrar que se arrojó de la torre.
Permanecieron en silencio. Se escuchó lejos la tos del guardia y los gritos de un preso a quien habían encerrado esa misma mañana. Aquellos sonidos amortiguados parecieron calmar a ambos
―Hay otra solución ―comentó Felipe bajando el tono de voz.
Adrián lo miró con gesto de extrañeza.
―Blanca me lo dijo.
―¿No estaréis pensando en escapar? ―preguntó el consejero del rey con preocupación―. Confiad en Ane.
―Confío en ella y rezo a Dios para que la ayude. Solo él sabe que soy inocente. Pero estaré preparado por si no es capaz de salvarme. No puedo dejar huérfano a Martín y viuda a vuestra hija.
Adrián guardó silencio. Sintió que el corazón se encogía en su pecho. Siempre había abogado por la aplicación de la justicia como fórmula para resolver crímenes y desencuentros, sin embargo, en aquel momento dudó.
―No sería difícil hacerlo ―continuó Felipe―. Tan solo un hombre guarda la torre por la noche. Duerme apoyado en el costado del edificio. Es sencillo apostarse allí y tapar su boca y su nariz con un paño empapado en alguna pócima somnífera de Blanca. Rodrigo y Jesús estarían dispuestos a hacerlo.
―No creo que sea la mejor de las soluciones. Si sois inocente debemos agotar esa posibilidad.
―¿Acaso pensáis que no lo soy?
―¡Por supuesto que no! Felipe, os conozco muy bien.
El del Burgo lo miró con los ojos entrecerrados.
―¿Ayudaríais entonces a vuestra hija a sacarme de aquí?
Adrián permaneció en silencio. En aquel momento percibió con mayor rigor el insoportable hedor que reinaba en aquel lugar.
―Os he hecho una pregunta, ¿queréis dejar huérfano a vuestro nieto?
Aquellas palabras lo golpearon con violencia.