CAPÍTULO 105.
Felipe pidió una y otra vez que llamaran a Ane, que avisaran al consejero Adrián, incluso al obispo Sancho Sánchez de Oteiza, pero los hombres de Tristán estaban tan alterados que no se detuvieron a escucharlo.
Lo llevaron en volandas por la rúa Mayor de la Navarrería entre un tremendo griterío mientras los vecinos con los que se cruzaban se detenían curiosos a observar el extraño cortejo.
Alguno de los justicieros había nombrado la cárcel de la Galea y se dirigían hacia allí como ovejas de un rebaño en el que cada una sigue a la que tiene delante.
Atravesaron el burgo episcopal y, al alcanzar el mentidero de la Navarrería, uno de los mazoneros soliviantados se situó por delante de todos ellos y los detuvo con un gesto.
―¡Lo haremos aquí! ¡En nuestra ciudad! En el lugar en el que los asesinos rinden cuentas a Dios por sus crímenes. ¡Este también lo hará! ―les arengó.
El grupo había crecido y ahora testigos de la muerte del maestro Tristán y curiosos respondieron enardecidos a sus consignas.
―¡Muerte al asesino!
―¡Que pague por su crimen! ¡A la horca!
Felipe ahora se encontraba retenido tan solo por dos hombres que lo asían de ambos brazos.
Todos hablaban entre sí provocando un sonido que al tracista le recordó al de un avispero al que alguien ha molestado.
Pensó que su única escapatoria era salvar aquel momento.
Así que, cuando sintió que la sujeción de sus captores no era tan firme, empujó a uno de ellos, se soltó del otro y salió corriendo hacia el Palacio Real.
―¡Escapa! ¡Prended al asesino!
Varios hombres corrieron tras él, pero la sorpresa le había dado cierta ventaja.
Algunos de los vecinos con los que Felipe se cruzó se quedaron mirándolo sorprendidos.
Ninguno hizo nada por detenerlo. Cuando llegó al final de la cuesta sintió una intensa quemazón en el pecho.
Había ganado un buen trecho a sus perseguidores y se permitió detenerse para recuperar el resuello.
Y también se paró alguno de los hombres que lo seguían.
El del Burgo se rehízo y continuó su huida hacia el patio de palacio.
Dos soldados defendían el acceso principal y al verlo llegar de forma tan precipitada le cerraron el paso.
―¡Dejadme entrar! Soy el maestro tracista Felipe de Obanos. ¡Esos hombres me quieren ahorcar! ―suplicó mientras se giraba para comprobar su avance.
Dos de los mazoneros más jóvenes se encontraban ya a tan solo unos pasos y uno de ellos alzó la voz sin dejar de correr.
―¡Es un asesino! ¡Ha matado al maestro Tristán!
Todo ocurrió muy deprisa. Alcanzaron el patio, uno de ellos llegó hasta Felipe y lo tomó nuevamente del brazo.
Este se deshizo dándole un empellón y, de inmediato, el más fuerte de los soldados se situó entre ambos.
Unos y otros se miraron entre sí tratando de adivinar sus siguientes movimientos mientras que nuevos hombres llegaban desde la cuesta de la Navarrería.
Pedían justicia a gritos cada vez más agudos e impacientes.
―¡Qui mate que muera! ¡A la horca con él!
Felipe buscó desesperadamente una solución y, solo cuando comprobó que desde el interior del edificio salían nuevos guardias reales creyó que podría salvarse.
Cerraron el paso a los rebeldes. Pese a todo, daba la sensación de que de un momento a otro lo intentarían por la fuerza.
Entonces, entre el gentío que se agolpaba en la entrada de palacio se hicieron paso dos hombres.
Al nuevo rabino de la judería lo acompañaba uno de los miembros del concejo de la Navarrería.
―¡Es verdad lo que estos hombres cuentan! ―gritó el concejal anticipándose―. Yo, Juan de Artajona, jurado de la Navarrería, vengo a denunciar el asesinato del maestro Tristán de Asiain. Doy testimonio de que este hombre fue su autor.
Los presentes jalearon sus palabras
―¡Todos nosotros hemos sido testigos de dichos hechos! ―recalcó el rabino Lot cuando, a duras penas, llegó a la altura de su acompañante―. También la comunidad hebrea lo condena.
Los soldados escucharon, pero no cedieron. Un militar, quizá uno de los jefes de mesnada del palacio, tomó las manos de Felipe y se las ató a la espalda.
―¡Este hombre queda detenido! Pero no os lo entregaremos para que os venguéis. Hace mucho tiempo que la justicia la imparten las instituciones del reino ―gritó para que todos lo escucharan.
La tensa actitud de los insurrectos se atenuó y también las voces pararon. Se llevaron a Felipe al interior del edificio. Poco después el grupo se deshizo.
Ane y Rodrigo vivían en una casa vieja que habían arreglado entre todos. Se hallaba junto a la iglesia de San Cernin muy cerca de la de los padres de él, pero aquella mañana la abogada había ido a ver a Adrián. Rodrigo llegó sofocado hasta allí. No dejó de golpear la puerta hasta que este apareció.
―¿Qué es lo que ocurre? ―preguntó viendo tan alterado a su yerno.
―¡Han detenido a Felipe! ¡Lo acusan de haber asesinado a Tristán!
Ane y Lorea habían salido también al umbral y fue la joven quien de inmediato quiso conocer todos los detalles.
―¡Dios santo! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde ha ocurrido?
―No lo sabemos, pero dicen que lo ha arrojado desde lo alto de la torre Barbazana.
―¿Dónde se encuentra ahora Felipe? ―insistió.
―Me han dicho que en la torre de la Galea, pero he preferido venir hasta aquí para contároslo.
―¿Lo saben Blanca y María?
Rodrigo asintió.
―Están muy disgustadas, también mi padre, pero saben que Felipe es incapaz de algo así. Todos esperamos que se aclare lo ocurrido.
―El rey se encuentra en Pamplona. Hablaré con él ―dijo Adrián.
Ane valoró de inmediato las probabilidades de obtener el apoyo real.
―Felipe es un hombre valioso para la fábrica de la catedral, pero también Tristán ocupaba un puesto relevante.
Adrián asintió.
―El hecho de que Felipe supiera que iba a reemplazar a Tristán lo favorece. En muy poco tiempo el fallecido iba a pasar a estar a sus órdenes.
―Intentaré verlo. Estoy segura de que nos dejarán entrar ―calculó la joven abogada.
Ane y Blanca llegaron a la torre de la Galea y, tal y como esperaban, el soldado que guardaba el acceso no les puso impedimento para pasar.
La abogada acudía en ocasiones a visitar a sus defendidos y los guardias la conocían.
Un hedor nauseabundo las recibió, pero ninguna de las dos se quejó.
Blanca estaba acostumbrada al olor putrefacto de los enfermos y Ane conocía bien aquellos pasillos sin respiraderos ni luz.
Ascendieron a través de una empinada escalera de caracol y, cuando llegaron a la segunda planta, un soldado las recibió.
―¡Señora, sabía que vendríais!
En un primer momento no supieron quién era y a quién de las dos saludaba, pero Blanca lo reconoció en cuanto se acostumbró a la penumbra.
―José, ¿cómo estáis?
Se trataba de un hombre a quien la herbolaria había salvado una pierna. Desde entonces le profesaba una gratitud inquebrantable.
―Se encuentra en la celda más cercana al ventanuco. Lo he colocado allí para que pueda respirar ―les indicó el joven soldado señalando el fondo del pasillo.
―Os lo agradecemos enormemente ―le dijo Ane esta vez.
―No os preocupéis. Ya le llevé agua, vino y pan. No le faltará comida ni bebida y le proporcionaré mantas para pasar la noche.
Las dos hermanas dieron las gracias al soldado y avanzaron por el oscuro pasillo de piedra mirando el suelo para no tropezarse.
Varias ratas rozaron sus pies, pero no se inmutaron.
Dejaron atrás pequeñas celdas vacías. Allí los presos apenas aguantaban unos días: algunos eran condenados, otros liberados y otros no salían vivos.
Apenas les restaban unos pasos para llegar al sitio que el guardia les había indicado, cuando Blanca se paró y tomó del brazo a Ane.
―No podemos dejar que se repita. Sabes lo que sufrió nuestra madre y lo que a ti te quitaron.
Ane la miró y durante un momento dudó.
―No se repetirá. Quizá Adrián o el propio Rodrigo obtengan el favor del monarca ―trató de convencerla Ane.
―Si no es así, haré lo que sea necesario para sacar a Felipe de aquí. Has visto que no sería tan difícil.
―Estoy segura de que no será necesario ―aventuró Ane―. Deja primero que recabe todas las piezas, que hable con quienes estuvieron allí.
―Has escuchado a Rodrigo lo que dicen los testigos.
―A veces la realidad está oculta por el velo de la apariencia. Tengo que apartarlo y descubrir qué ocurrió realmente.
―¿Acaso crees que Felipe ha podido cometer ese crimen? ―le inquirió Blanca.
Ane la miró con extrañeza.
―¡Por nada del mundo lo creería! Solo si antes alguien lo hubiera atacado, pero no fue así. Rodrigo dice que Felipe se sorprendió cuando vio a Tristán en el suelo.
De pronto en el fondo del pasillo se escuchó una voz que ambas reconocieron.
―¿Quién anda ahí? Blanca, ¿eres tú?
La herbolaria cerró los ojos y tomó aire mientras Ane le apretaba la mano con fuerza. Una única lágrima resbaló por su mejilla. Se la secó de inmediato, como si con ello fuera a cortar de raíz los hechos que la habían causado.