El privilegio CAPÍTULO 104.
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CAPÍTULO 104.

El humo blanco de las chimeneas ascendía limpio hasta diluirse en el inmenso cielo gris de Pamplona mientras hombres y mujeres apuraban sus labores.

Los mazoneros de la catedral se disponían a agotar la última jornada en el exterior hasta la llegada de la primavera.

Había caído ese mediodía una inesperada cortina de copos de nieve que lucía sobre los tejados de las casas y a esa temperatura era imposible que cuajara el mortero.

Los hombres de la fábrica habían estado trabajando en la edificación de la nave central, pero con la nieve se trasladaron al claustro para pulir algunos detalles de la obra recién terminada.

Olía a metal y a leña quemada, procedente de la chimenea de la Barbazana, y todos deseaban finalizar sus trabajos para volver a sus casas y guarecerse al calor de la lumbre.

De pronto escucharon un grito agudo y se volvieron a tiempo para contemplar cómo alguien se precipitaba desde lo alto de la torre.

Se estrelló en el suelo de la galería del lado norte, a solo unos pasos de todos ellos.

Los hombres que se hallaban más cerca acudieron rápidamente hasta el cuerpo y uno de ellos, un albañil de la Navarrería, comenzó a vociferar.

―¡Es el maestro Tristán, es Tristán! Lo han arrojado desde lo alto de la torre. ¡Lo han empujado!

Los canteros y mazoneros que se hallaban allí se acercaron hasta el cadáver y comenzaron a lanzar exclamaciones.

A no ser por los ropajes, por la hopalanda de color azul y por las calzas blancas que portaba, era difícil reconocer a aquel hombre.

El rostro del constructor había quedado desfigurado tras impactar en el suelo de la galería.

El cuerpo yacía en una postura imposible y poco a poco las losas se fueron tiñendo de rojo.

Aquel lugar quedaría marcado para siempre como recuerdo de lo ocurrido.

―¡El asesino se hallará dentro! ¡Todavía debe de encontrarse en la torre! ¡Busquémoslo! ―gritó uno de los hombres de confianza de Tristán.

Y de pronto, ante la mirada estupefacta de todos los presentes, se abrió la puerta de la torre y apareció Felipe. Estaba serio y parecía abstraído. Observó los rostros de todos los presentes y a continuación miró hacia el cuerpo en el suelo del claustro.

―¡Maldito seáis! ―se oyó de entre la multitud agolpada junto al cadáver.

―¿Quién es ese hombre? ¿Qué ha ocurrido? ―preguntó Felipe con aparente ingenuidad.

―¿Hay alguien en la torre? ―le inquirió uno de los obreros sin contestarle.

―No hay nadie en este momento. He oído un grito justo cuando llegaba a la terraza. Por eso he vuelto a bajar. El obispo me citó aquí ―relató.

―Ha caído desde ahí arriba. Alguien lo ha empujado ―le contestó.

―Allí no había nadie ―insistió.

―¡Entonces vos lo habéis empujado! ―gritó otro de los mazoneros que se hallaban en segunda fila

Felipe tardó unos segundos en contestar.

―Yo no lo he hecho. Quizá él mismo se ha arrojado desde allí arriba. Sabía que hoy lo iban a cesar.

―¿Creéis que eso le preocupaba? Esta mañana nos ha contado con buen humor que pasó la noche en el prostíbulo de Calderería.

―¡Habéis asesinado al maestro Tristán! ―gritó uno de los hombres presentes en la última disputa entre ambos.

―¿Por qué lo habéis hecho? ¿No podíais haber resuelto de otra forma vuestras querellas? ―le inquirió un cantero al que el propio Felipe conocía.

Lot llegaba al claustro en aquel momento.

El nuevo rabino de la aljama parecía haberse aliviado de sus dolencias desde el nombramiento.

Vio al grupo de mazoneros y canteros increpando al marido de Blanca y trató de averiguar lo que ocurría.

No entendía nada hasta que advirtió el cuerpo sin vida de un hombre a tan solo unos pasos y de inmediato reconoció sus ropajes.

Instintivamente miró hacia lo alto de la torre.

No descubrió a nadie allí arriba. Buscó a Artajona entre los presentes y tampoco lo halló.

Y aunque no pudo adivinar lo ocurrido, hizo aquello que anhelaba: acusar al hombre al que el jurado de la Navarrería quería derrotar, al marido de aquella bruja que tantas veces lo había humillado.

―¡Ese hombre quería el puesto de Tristán! ¡Me lo contó él en persona! ―gritó para ganar la atención de los presentes.

―¡Es cierto! ¡Yo lo escuché! ¡Dijo que lo mataría! ―confirmó un obrero presente el día en que lo amenazó.

Algunos hombres agarraron a Felipe. Unos lo hacían de los brazos, del costado e incluso otro lo tenía cogido por el pelo.

―No lo he hecho. Nunca lo haría ―murmuró impotente.

―¡No podía admitir que alguien de la Navarrería fuera maestro de obras principal de la catedral! ―insistió Lot.

Varios de los pupilos de Tristán se abalanzaron también sobre Felipe y lo empujaron hasta derribarlo. El del Burgo cayó muy cerca del lugar en el que se hallaba el cadáver. Le propinaron patadas en todo su cuerpo. Tan solo pudo proteger su cabeza y recogerse como un puercoespín.

Felipe no perdió la consciencia en ningún momento y, cuando dejaron de golpearlo, se levantó muy despacio. Le habían abierto una ceja y sangraba por la boca, pero tuvo fuerzas para erigirse frente a ellos y proclamar su inocencia.

―No he visto a Tristán esta mañana y os puedo asegurar que no había nadie en la torre. Ese hombre se ha arrojado al vacío ―insistió.

―¡Mentís! Solo vos queríais llevaros el mérito del mausoleo. Eso mismo ocurrió cuando él completó este claustro ―exclamó Lot―. ¿Lo recordáis? ―añadió mirando a los presentes.

La sangre que brotaba de su ceja le nublaba la visión y, pese a ello, Felipe advirtió la presencia del obispo Sancho Sánchez de Oteiza en las galerías del claustro.

Acudía al encuentro que él mismo había dispuesto aquella mañana.

Le dirigió una mirada de súplica, pero el prelado permaneció impasible.

Lot se había colocado al frente de la multitud y continuó vertiendo su rencor contra el tracista.

―Él me advirtió que lo mataríais. ¡Y estaba en lo cierto, lo habéis matado! ¡Siempre habéis tenido celos del puesto de Tristán! Esa es la razón. No hay otra ―declamó el nuevo rabino de la aljama.

―No sois vos quien me juzgará. Solo Dios lo hará. Y a él me encomiendo ―murmuró el tracista impotente.

Surgió la confusión entre todos ellos. Quienes más ofuscados estaban eran los hombres de la Navarrería. Uno de sus vecinos más notables había sido asesinado por un rival del Burgo. Lo agarraron entre varios hombres y se lo llevaron a la fuerza pidiendo justicia.

Lot contempló con una sonrisa triunfal cómo la marabunta arrastraba a Felipe. Fue entonces cuando distinguió a Juan de Artajona apoyado en una de las columnas del ala norte del claustro.