CAPÍTULO 103.
El rostro de Tristán estaba surcado de profundas arrugas, había perdido buena parte de su pelo cano y sus vestimentas parecían pesar más que su propio cuerpo.
Cuando llegó al convento de San Agustín, solamente un hombre se hallaba arrodillado frente al altar del pequeño templo perteneciente a los agustinos calzados.
El maestro de obras se acercó hasta él y se colocó a su lado en la misma posición.
Los cirios de un candelero de tres brazos iluminaban el rostro del devoto fiel, que apenas se inmutó.
Tristán sintió un frío intenso y un enorme cansancio, aunque, extrañamente, también se encontraba en paz.
Hacía semanas que el obispo Sancho Sánchez de Oteiza le había comunicado que en breve dejaría de ser maestro de obras principal de la catedral y eso le había liberado de una enorme carga.
Ninguno dijo nada. Se respiraba un ambiente enrarecido, una mezcla de madera podrida, piedra vieja y humo de las velas.
El hombre arrodillado lo observó al fin con una mirada extraña.
―¿Cómo es posible que dejéis que alguien se lleve vuestro pan como un perro callejero asustado?
En aquel momento los ojos de Juan de Artajona parecían mirar dos puntos distintos del templo. Tristán titubeó.
―No entiendo lo que decís.
―Todos arriesgamos mucho para que fuerais maestro de obras de la catedral. Habéis sido respetado y habéis tenido una vida sin grandes dificultades gracias a aquel sacrificio y ¿ahora os dais por vencido? ―le reprochó iracundo Artajona.
El viejo constructor lo miró compungido.
―¿Habéis conocido la intención del obispo?
―¡Por supuesto! ¿Pensabais que no lo íbamos a saber hasta vuestra destitución? ¡No podemos permitirlo! ―le gritó.
El gesto del responsable de la obra de la catedral no cambió pese al enfado del jurado.
―El obispo tiene razón. Lo he intentado estos últimos meses, pero no soy capaz.
Juan de Artajona se giró hacia él. En un primer momento pudo contenerse, pero la postura sumisa del maestro y su indiferencia le hicieron perder el control. Lo golpeó con ambos brazos y lo hizo caer sobre el suelo de piedra.
―¿Ahora resulta que no tenéis los conocimientos suficientes para llevarlo a cabo? ¿Es que no habéis aprendido durante todos estos años?
Tristán se levantó sin aspavientos y se volvió a colocar de rodillas en la misma posición en la que se encontraba.
―Levantar los muros es sencillo. Conseguir que las cúpulas se eleven al infinito exige haberlo visto hacer antes a otros.
―Vuestro deber era haberos ganado la confianza y la fidelidad no solo de canteros y mazoneros, también las de los hombres que el rey trajo desde Borgoña de Flandes. Ellos sí lo vieron.
Juan de Artajona calló una vez más tratando de no volver a golpearlo.
―No importa. Ahora no sirve de nada ―se contuvo.
La boca y los ojos de Tristán dibujaron un gesto de agotamiento infinito.
―A veces cuando uno se enfrenta a algo para lo que no está capacitado su cuerpo va muriendo poco a poco.
Entonces le preguntó con el mismo tono de reproche.
―¿Sabéis quién os va a sustituir?
Tristán se quedó mirándolo, ahora fijamente.
―Ese maldito tracista del Burgo ―exclamó el jurado antes de que respondiera.
―Me lo advirtieron, pero no acababa de creerlo. Simplemente ha tirado líneas en pergaminos. Es incapaz de levantar un muro ―balbuceó―. Lo único que ha hecho ese demonio ha sido martirizarme. ¡Maldito sea para siempre!
Juan de Artajona se sintió más cómodo tras su reacción. Tardó en contestar y lo hizo con un tono conciliador.
―Todo está cambiando. También Pamplona, sus hombres, sus dirigentes. Y mientras el Burgo y la Población deciden el futuro de esta ciudad, las gentes de la Navarrería se mantienen indolentes. ¡Bastardos!
El maestro de obras de la catedral no se movió ni un palmo mientras el mandatario señalaba con sus manos a derecha e izquierda.
―El hermano del tracista es ahora todo un héroe.
Tristán asintió con un gesto de desprecio en su boca.
―Llegamos a tiempo para que el rabino de la judería fuera Lot, pero el tesorero real es del Burgo, el consejero de confianza del monarca vive en la Población. ¿Es que no podemos lograr que esos cargos los ocupe uno de los nuestros?
No obtuvo respuesta.
―¡Y ahora no hacéis nada para mantener la dirección de la obra de la catedral! ―exclamó con rabia.
―¡No se trata de mí! ¡Os he dicho que el obispo me rechazó y también Johan Lome! ―gritó al fin Tristán alterado.
Artajona no tuvo en cuenta aquella especie de rebelión. Hizo una breve pausa y continuó.
―Habéis preferido olvidar nuestra realidad.
―¿De qué realidad habláis? ―preguntó Tristán frustrado.
El jurado de la Navarrería pensó bien las palabras que iba a pronunciar.
―La que vos y yo mismo vivimos hace años, cuando la fábrica que ahora dirigís tenía otro maestro.
Tristán se desequilibró. Seguían solos de rodillas en la iglesia. El resplandor de las velas acentuaba la bizquera de los ojos del mandatario y el maestro no fue capaz de sostener su mirada.
―¿Qué es lo que queréis decir?
Artajona rio con un gesto irónico.
―Vos estabais allí, junto a Lot. ¿Lo recordáis ahora?
Él apretó la mandíbula varias veces, pero siguió sin decir nada.
―Perrin de Simur, al que sustituisteis ―añadió escueto el jurado.
El maestro cerró los ojos antes de contestar.
―No fui yo quien ideó aquello ni quien lo decidió.
―Pero lo aceptasteis con gusto, sobre todo sus consecuencias.
Una ráfaga de viento gélido estuvo a punto de apagar los cirios encendidos y provocó en Tristán un frío mayor del que ya sentía.
El constructor trató de mostrarse firme.
―Aquello no puede repetirse.
Artajona lo agarró con fuerza del brazo y lo obligó a mirarlo de frente.
―No seáis ingenuo. Ya se está repitiendo.
Él se sintió agotado, pero reunió fuerzas para deshacerse bruscamente del jurado y trató de zanjar la conversación.
―¿Qué queréis de mí?
―Entonces tomamos una decisión por el bien de la Navarrería. Ahora quizá debamos tomar otra.
―¿De qué habláis?
―No podéis renunciar tan pronto a vuestro cargo. Quiero que os encontréis con el tracista en la torre Barbazana. Allí lo citaré en nombre del obispo.