CAPÍTULO 102.
Ester entró en la judería acompañada de un pequeño muy moreno que agarraba su mano con fuerza. Sintió un nudo en el estómago. No sabía qué iba a encontrar en el lugar donde había vivido sus mejores años.
― Shalom aleijem , Ester! Bienaventurados los ojos ―la saludó Zohara nada más verla.
― Aleijem shalom , Zohara! No os había reconocido con el velo negro.
Se abrazaron y se besaron en las mejillas.
―Siento muchísimo la muerte de Juan. Era un buen hombre.
Zohara le sonrió con tristeza e hizo un gesto de aceptación. Pese a que había transcurrido mucho tiempo del fallecimiento, seguía guardándole el luto.
―¿Es vuestro nieto? ¡Qué guapo! ―le preguntó Zohara acariciando al niño―. ¿Y vuestra hija?
La mujer llevó al pequeño contra su regazo para que no la viera llorar.
―La peste se los llevó. A ella, a su marido y a su hija mayor ―lamentó, tratando de reprimir las lágrimas―. Este es Samuel.
―Lo siento muchísimo ―respondió Zohara llevando su mano al pecho.
Mantuvieron un instante de respetuoso silencio.
―¿Vais a quedaros en la judería? ―trató de animarla Zohara.
―Ya nada me retiene en San Vicente.
―¡Podéis quedaros conmigo! Mi casa es ahora demasiado grande para mí.
―Pensé acudir a casa del rabí. Quizá el pequeño sea un obstáculo, pero conozco bien el servicio que debe prestarse al guía de nuestra aljama.
Zohara la tomó por los brazos abriendo mucho los ojos.
―El rabino Jacob murió hace semanas.
Ester mostró un gesto de contrariedad.
―¿Sabéis quién ha sido nombrado nuevo rabino de la aljama?
Ester titubeó, pero a continuación su mirada se oscureció y su rostro se tornó en una mueca de horror.
―El médico Lot ―confirmó Zohara.
―No lo puedo entender ―murmuró abatida.
―Se ha ganado el favor de los jurados de la Navarrería y ha conseguido su voto manipulando a los varones de la sinagoga.
Ester levantó la cabeza hacia las montañas del norte de Pamplona.
―Me iré. Confié en que hubiera muerto.
―No tenéis por qué hacerlo. Yo os recogeré en mi casa. O la propia Sara.
―¿Qué es de vuestra pequeña? ―preguntó Ester recuperando la sonrisa.
―Ya no es una niña. Se casó con Simón de Leoz y trabaja ahora como escribana para la corte. Tiene un pequeño que se llama Aaron y tendrá la edad de vuestro nieto Samuel.
―¡Qué alegría! Me gustaría verla. Ha pasado tanto tiempo que quizá no la conozca.
―La casa de Simón y Sara se encuentra a la entrada de la belena, en la misma esquina, al otro lado de la sinagoga.
Ester volvió a endurecer el gesto.
―El pasaje en el que se encuentra la casa de Lot.
Zohara asintió.
―Ese hombre es el mismo diablo, yo lo sé. No sé si dejaré de temerlo en algún momento.
Ester recorrió la judería con gusto. Los edificios y las calles eran los mismos, aunque los recordaba más altos.
Aspiró el olor a pan agrio recién fermentado y se sintió reconfortada.
Tuvo que detenerse en varias ocasiones. Las mujeres la besaban y la abrazaban en cuanto la veían.
También el viejo panadero la reconoció y la saludó afablemente.
Hasta que llegó a la sinagoga de la mano del pequeño Samuel.
Un grupo de varones salía del templo y, de pronto, entre todos ellos, reconoció la figura inconfundible de Lot.
Parecía el mismo, pero su gesto al andar era muy torpe y su rostro había envejecido más de lo que hubiera imaginado.
Se quedó quieta en medio de la rúa Mayor de la judería.
También él permaneció inmóvil en cuanto la vio.
Sin embargo, rehízo la marcha de inmediato.
Ester se encontraba ya muy cerca de la casa de Sara y se apresuró.
Apenas le faltaban un par de pasos para llegar hasta la puerta, pero Lot llegó a tiempo para detenerla en el umbral.
―¡Sed bienvenida, Ester! Pensé que habíais muerto. Supongo que sabéis que acabo de ser nombrado rabino ―le soltó con sorna.
Ester ni siquiera pudo asentir.
―Habéis llegado en el momento adecuado. Seréis mi ama de llaves, como lo fuisteis del rabino Levy.
La mujer se sintió indispuesta y tuvo que apoyarse en la pared mientras el pequeño Samuel se apretaba contra sus piernas.
―Este es vuestro nieto, supongo. Lo cuidaré como si fuera también mío ―le aseguró dibujando una sonrisa forzada.
Ester hizo un gran esfuerzo y consiguió reaccionar. Se lanzó sobre la puerta de la casa y la golpeó con toda la fuerza que pudo. Lot frunció ahora el ceño y desapareció por la belena.
Sara apareció con el pequeño Aarón a su lado.
―¿Qué se os ofrece buena mujer? ¿Es vuestro hijo?
―Sara, ¿no me reconocéis? ―articuló con dificultad.
Los ojos de la joven se abrieron como si acabara de ver un espíritu.
―¡Por Yahvé! ¡Ester! Pensé que nuestro señor os habría acogido en su seno.
―Soy una anciana, pero todavía tengo fuerzas.
Miró hacia la belena nerviosa, pero Lot no estaba allí.
―¿Os ocurre algo? ―le inquirió Sara asomándose también.
―¿Podemos entrar a la casa?
Sara observó su nerviosismo y no le hizo más preguntas. Los invitó a pasar y cerró la puerta.
―¿Cómo te llamas? ―preguntó al pequeño―. Este es Aaron y puede ser tu amigo ―añadió tocando su mejilla.
No necesitaron más presentaciones. Se dieron la mano, enfilaron el estrecho pasillo y en un instante desaparecieron tras una de aquellas puertas.
―Pasad, por favor. Estaba preparando una infusión de hierbabuena.
Entraron en la estancia principal de la planta baja, donde se encontraba el fuego del hogar y cuya mayor parte estaba ocupada por una amplia mesa. Ester pensó que debía de tratarse del lugar en el que llevaría a cabo su trabajo como escribana.
―Son pergaminos de piel de cabrito. Son los que más me gustan ―le dijo adivinando sus pensamientos―. Redacto un privilegio que el rey va a conceder a los tres burgos. Espero con ansia el día que se haga realidad.
―Siempre fuisteis alumna aventajada y siempre pensé que llegaríais a ocuparos de algo así.
La anfitriona sirvió la infusión y comenzaron a tomarla en silencio.
Sara decidió no preguntarle todavía sobre la razón de su inquietud y la anciana comenzó a desgranar lo vivido tras dejar Pamplona.
No habían sido años felices para aquella mujer y Sara pronto se dio cuenta de cuánto necesitaba desahogarse.
Cuando concluyó su relato, habían dado buena cuenta de la hierbabuena y fue el momento que la joven eligió para saber aquello que siempre se había preguntado.
―Mi padre os buscó.
Ester tardó en contestar.
―Hace tanto tiempo. Conseguí apartar de mi mente todo aquello: los gritos de horror del rabino Levy, la mirada esquiva de ese monstruo y la certeza de su crimen.
―Mi padre lo dejó entrever en alguna ocasión. Y el propio rabino lo insinuó una vez para amenazarme.
―Él lo supo, sí. Y también Jerónima.
Ester calló y fue Sara la que entonces comenzó a hablar.
―No fue un hecho aislado. Mucho después ocurrieron sucesos semejantes en los que él se hallaba muy cerca. Estamos seguros de que trató incluso de envenenar a la reina.
Se hizo un pesado silencio en la estancia que rompió la recién llegada.
―¿Cómo es posible que alguien como él ostente ahora el mismo puesto que ocupó el rabino Levy?
―Son tiempos en los que al parecer importan otras cosas ―hizo una pausa y añadió―. Ester, ¿quizá ahora estarías dispuesta...?
―Ya no me creerán. No sería posible. Hace tanto tiempo.
―Todos conocemos al buey Lot. Y muchísimos miembros de la aljama apoyarían una denuncia contra él. Nadie lo quiere como rabino.
Ester había agachado su cabeza y negaba una y otra vez.
―Nunca lo conté…, ese hombre… quiso forzarme…
dos veces ―confesó Sara tartamudeando. La anciana la miró ahora directamente a los ojos―.
Las mujeres judías lo evitan. Es su forma de mirarlas, de tocarlas.
A las niñas. Cuando supe que sería rabino quise contar lo que me hizo.
No pude ―se lamentó la escribana guardando un breve silencio tras cada frase.
Los dos pequeños llegaron corriendo ajenos a todo. Ester pensó en el encuentro de hacía solo unos instantes. Comenzó a llorar en silencio.
―Tengo miedo ―susurró.