CAPÍTULO 101.
Hacía días que Lot no salía de su casa. Su encuentro con Sara lo había encolerizado, pero después le hizo caer en un abatimiento que era incapaz de superar.
Su cuerpo seguía siendo una cárcel para él y cada vez le resultaba más difícil llevar a cabo las tareas sencillas.
Dormía en un sillón porque si se echaba no podía levantarse y cuando se ponía de pie apenas era capaz de caminar.
Le costó un mundo levantarse y recorrer un corto pasillo para abrir la puerta de la casa.
―¿Qué es lo que deseáis? ―fue el recibimiento que deparó el judío a Juan de Artajona.
El jurado de la Navarrería era un hombre enjuto, de barba escasa, pero lo más llamativo de su figura eran sus ojos bizcos.
Las disputas que aquel hombre mantenía con miembros del concejo o con cualquiera que no opinara como él concluían en muchas ocasiones con reacciones violentas y desmedidas, pero Lot no se encontraba en condiciones ni siquiera de temerlo.
―¿Acaso no soy bienvenido? Hemos llevado a cabo muchos asuntos juntos como para olvidarnos ahora el uno del otro ―contestó en tono irónico.
Lot enfiló el pasillo hacia la sala en la que pasaba las horas y el recién llegado lo siguió.
―Vengo a ofreceros un trabajo ―ofreció.
Lot dejó caer su cuerpo en el gigantesco asiento y lo observó sin saber muy bien si Artajona lo miraba a él o a la ventana situada justo a su espalda.
―¿Un trabajo? Ahora mismo soy incapaz de asistir a nadie. ¿No me veis?
―Pues eso deberéis cambiarlo.
El médico se recostó aún más para repartir su peso sobre el sillón.
―¿Qué es lo que se os ofrece?
―Haré algo que sin duda os satisfará. ―Mantuvo un momento la tensión y finalmente lo soltó―. Conseguiré que seáis el futuro rabino de la aljama.
Lot tardó en reaccionar. Soltó una carcajada sincera, pero a continuación pareció revivir. Su cuerpo derrumbado sobre aquella especie de trono se irguió, sus manos se posaron sobre la mesa y su rostro se tensó.
―Vos no podéis hacer eso. Es el consejo de la comunidad quien propone al candidato y la asamblea de varones quien lo decide. Y desde hace mucho tiempo mi ascendencia sobre ellos es muy escasa.
―Olvidáis que soy jurado del concejo.
―El concejo de la Navarrería no interviene aquí ―manifestó receloso.
―Cuatro de los diez jurados del burgo son judíos. Ellos buscarán apoyos en la sinagoga. Contaremos los votos y haremos lo que sea necesario ―finalizó agriando el tono.
Lot se acercó aún más a Artajona y adelantó sus manos sobre la mesa, como si fuera a llevar a cabo alguna tarea con ellas. Pero pronto volvió a la posición desmadejada, la única que no le requería esfuerzo.
―¿Esa es vuestra pretensión? Necesitaría también el reconocimiento implícito de la corona. ¿Creéis que lo permitirá?
―Confiad en mí. Esos aspectos debéis dejarlos en mis manos.
El antiguo médico real caviló.
―No podemos dejar pasar nuestras oportunidades. Ahora que ha muerto el rabino Jacob podríamos volver a controlar ese cargo, que perdimos hace años. Él nunca se sintió parte de la Navarrería.
―¿Creéis que yo soy el indicado? ¿Por qué no elegís a uno de los jurados?
―Son demasiado jóvenes. Vos tenéis más experiencia y, pese a que ya no ejercéis como médico real, conocéis los entresijos de la corte.
―Supongo que también pesa el acceso y la influencia que podéis ejercer sobre mí.
―También vos sobre mí.
―¿Por qué ahora?
―Porque es ahora cuando se ha producido la oportunidad. ¿Sabéis los puestos que vamos a perder próximamente? Al menos tres importantes cargos que ostentan hombres de la Navarrería.
―¿Ya no disponéis de la influencia de antaño? ―preguntó Lot con sarcasmo.
Artajona hizo caso omiso.
―Ahora también puede caer el maestro de obras Tristán. Es lo que hemos oído.
―¿Quién lo sustituirá? ¿El maestro escultor Johan Lome?
―Es posible. Pero deseamos que no ocurra o bien que sea uno de los nuestros, alguien de la Navarrería. Cuantos más hombres dispongamos cerca del rey y del obispo, más privilegios obtendremos.
Lot guardó silencio.
―Otro de los candidatos es el tracista Felipe, el hijo del carnicero ―soltó Juan de Artajona.
El judío volvió a erguirse.
―Ese hombre está casado con la bruja Blanca. ¡Ella siempre cuestionó mis conocimientos! ¡Una simple curandera!
―Eso sería un drama ―valoró Artajona―. Otro hombre del Burgo como maestro constructor de la catedral.
Lot miró a Artajona con gesto contrariado.
―¿Y si me niego a aceptar el nombramiento como rabino?
El jurado lanzó una carcajada llevando su cabeza hacia atrás.
―No podéis negaros. ¿Acaso pensáis que algún día podréis ocupar algún cargo como ese?
―Quizá no me importe.
―¡Entonces lo haréis porque yo os lo ordeno! ―se impuso Artajona de forma tajante.
Lot no se sintió intimidado.
―¿Qué ganáis con mi nombramiento?
―Vuestro apoyo cuando lo necesite. Imaginad por un momento que sea Felipe quien obtenga el cargo de maestro constructor de la catedral.
El jurado había pronunciado aquella frase marcando pausas medidas tras cada una de las palabras. Había entrecerrado los ojos y su gesto se había afinado. Lot lo miró inquieto.
―No deseamos que un hombre del Burgo mande en la construcción de la iglesia que se está erigiendo en nuestro suelo ―hizo una pausa y añadió―: Si somos conocedores de que eso va a ocurrir, haréis lo mismo que ya hicisteis en su día.