CAPÍTULO 100.
La pequeña Miriam tomó un manto demasiado grande para ella, se colocó el calzado que mejor soportaba el agua y salió a hurtadillas de su casa.
Su madre le había prohibido hacerlo hasta que fueran a comprar algo de pan, pero ella no resistió la tentación.
La nieve había cubierto con un manto fino las calles de la judería y todavía nadie la había pisado.
No sabía qué se sentía al hacerlo. El último invierno apenas había nevado en Pamplona y no recordaba otros.
Abrió el portón con cuidado de no hacer demasiado ruido y de inmediato sintió una ráfaga de aquel viento frío.
No se acobardó. Pisó la nieve virgen primero con uno de sus minúsculos pies y luego con el otro, dio varios pasos más y se detuvo para comprobar cómo sus propias huellas mostraban el camino cubierto.
Continuó un trecho hasta llegar a la bocacalle que se abría a la belena de la judería.
En aquella esquina se encontraba la casa de su amigo Aaron, pero quizá todavía no se había levantado.
Allí, la estrechez del pasaje había hecho que la nieve se acumulara alcanzando mayor altura.
Se sintió tentada de tomarla con las manos y avanzó hacia allí sin pensárselo.
La capa blanca le llegaba por encima de las rodillas y pronto se dio cuenta de lo difícil que era avanzar.
Sara estaba contenta. El soberano había encargado a Simón y a ella misma la redacción de un texto que le emocionaba.
Cada vez que repasaba lo escrito sentía que estaba llamado a ser historia de la ciudad.
En él se establecía que los tres burgos se convertirían en uno solo y que los habitantes de las tres poblaciones vivirían en paz y concordia.
Sabía que, si su padre Juan viviera, se mostraría feliz de aquel hecho y orgulloso de que fuera ella quien lo escribiese en un pergamino.
No sabía el momento en el que finalmente el soberano tomaría la decisión de hacer efectivas aquellas medidas, pero confiaba en que sería pronto.
Pese a la nevada, había acudido temprano al mercado para visitar luego a su madre.
Iba a entrar en su casa cuando escuchó chillidos en la belena que hacía esquina con su propia casa.
Se trataba del grito de un niño o de una niña y, de inmediato, le vino a la memoria la imagen del buey Lot y el suceso que sufrió hacía mucho tiempo cuando volvía de la fuente.
Le había costado apartarlo de su mente, pero se dio cuenta de que seguía ahí.
Se asomó a la belena y comprobó que allí se había amontonado la nieve gracias a los ventisqueros.
La luz del sol todavía no había incidido sobre él y apenas podía apreciar el primer tramo.
Avanzó unos pasos entre aquellas montañas blancas y cuando descubrió la razón de las voces, le dio un vuelco el corazón.
El buey Lot agarraba a una niña por la espalda con su mano izquierda y con la derecha tapaba su boca.
Sara avanzó resuelta hacia él, hundiéndose hasta la rodilla a cada paso.
El médico permanecía inmóvil afinando la vista.
No la había reconocido y, al hacerlo, le lanzó un fuerte improperio.
―¡Maldita ramera! ¿Qué hacéis aquí?
―¿Qué hacéis vos con esa niña? ¡Soltadla! ―exigió cuando estuvo cerca.
―Se encuentra enferma y debo curarla. Sus síntomas están claros ―se justificó.
Los ojos suplicantes de la pequeña la alarmaron.
―¡Bajadla y quitad vuestras sucias manos de su boca!
―Os repito, soy médico y trato los síntomas de las enfermedades.
Sara había acelerado su respiración.
―¿Saben sus padres vuestra intención?
―Eso no es lo importante. Esta muchacha necesita mi medicación.
Ella se acercó aún más para insistir.
―Si no la soltáis ahora mismo iré en su busca. Los conozco y os denunciarán ante el tribunal de la Beth Din.
Desde que el médico había dejado de asistir a los miembros de la corte por su acusación y detención, su reputación nunca llegó a recuperarse. También su salud se había degradado. Aquella amenaza lo alteró. La miró con un odio inmenso, pero no reaccionó.
―Yo diré que detecté una enfermedad en ella ―se defendió.
La judía se encontraba a un paso de él y al escuchar aquella justificación lo comprendió.
No la creerían si contaba cómo interpretaba ella la escena.
Se lanzó precipitada hacia Lot y golpeó con el puño el brazo que sostenía su presa, pero no se inmutó.
Sin embargo, a continuación el médico arrojó a un lado a la niña y en un gesto muy rápido consiguió atrapar la mano de Sara por su muñeca.
―Esperaba este día. Lo he soñado dormido y despierto. Tendré lo que siempre he deseado ―le dijo acercando su boca al oído de la joven.
La judía olió su aliento y una arcada subió a su garganta. Trató de soltarse, pero no lo logró.
De pronto alguien se asomó a la belena desde la rúa Mayor de la judería y los llamó.
―¿Ocurre algo? ¿Os encontráis bien?
Sara no reconoció al que se interesaba en el otro extremo, pero reaccionó ágil.
―¡Es Simón, mi marido!
Lot la soltó al instante, se dirigió hacia su casa y entró.
La escribana respiraba aún sofocada. Se frotó la mano por la que el médico la había agarrado, mientras miraba a la pequeña.
Se había levantado, lloraba y la miraba sin entender nada.
Estaba sana y no había sufrido. Solo había visto el miedo reflejado en el rostro de la madre de su amigo Aaron.
Aquello la había asustado más que la fuerza de aquel hombre inmenso.