CAPÍTULO 99.
La mañana amaneció con un sol espléndido.
Rodrigo despertó muy tarde y para entonces su madre había preparado un sinfín de platos que había dispuesto en el aparador de la cocina, como si se tratara de un banquete real.
Ane acudió a la casa a primera hora junto a sus padres.
Adrián y Lorea habían podido abrazar al joven el día anterior, pero también querían disfrutar de aquella alegría.
Cuando Rodrigo bajó las escaleras de la casa y besó a Ane delante de su familia y de todos sus amigos, ella se sonrojó.
Encendieron el fuego solo para cocinar. El día era templado y dispusieron de una mesa y sillas en el patio central de la casa.
María, ayudada por Blanca, sirvió la mejor carne a la brasa que podían comer, vino en abundancia y algunos pasteles y empanadas que Lorea preparaba para aquellas ocasiones.
Jerónima y también Simón, Sara y Zohara no tardaron en aparecer.
Se acomodaron y, solo cuando todos estuvieron sentados, Rodrigo comenzó a contar sus aventuras: la sorpresa cuando vio por primera vez las jirafas en la costa africana, las tormentas en el mar y las interminables jornadas transportando a las bestias.
Martín se había colocado a su lado y lo escuchaba con atención, imitando incluso sus gestos.
Blanca, en un momento de la conversación, le dijo que no mirara a Ane como si fuese solo a ella a quien relatase sus peripecias y todos rieron la broma.
Sin embargo, el joven también quiso saber lo que a ellos les había ocurrido y, entre plato y plato, todos fueron reconstruyendo sus años de ausencia.
Rodrigo tomó por el hombro a su hermano cuando contó a todos la conversación con el obispo.
Escuchó muy serio los sucesos que amenazaban la paz entre los burgos y, cuando Adrián le relató la agresión que lo mantuvo semanas entre la vida y la muerte, lo miró como si justo entonces pudiera ver la herida.
Blanca servía unos licores digestivos que ella misma preparaba cuando llamaron a la puerta de la casa. Para sorpresa de todos se trataba de un emisario del rey. Miguel lo dejó pasar hasta el patio y, cuando el servidor real identificó a Rodrigo, se dirigió a él.
―Su Majestad, el soberano Carlos III de Navarra y duque de Nemours por la gracia de Dios, solicita en este momento vuestra presencia en el Palacio de la Navarrería.
―¿Mi presencia? ―preguntó Rodrigo señalándose a sí mismo poco habituado a ese tipo de situaciones.
―Así es. Es su deseo recibir en audiencia privada al señor Rodrigo de Obanos.
Todos se miraron sorprendidos. Creían que el rey continuaría en Olite, pero debía de haber viajado esa misma mañana hasta la capital del reino.
―Así lo haré. Podéis trasladar a su Majestad que acudiré a la cita.
Ane lo acompañó hasta la puerta de la casa cuando estuvo preparado.
―No debes preocuparte. El rey no solo ha perdonado a nuestro padre, pagará con creces los costes de la expedición e incluso me propuso nombrarme caballero de la Bone Foy.
Ane le sonrió y lo agarró de la mano, pero no dijo nada.
―Todo lo que me ha prometido el rey es lo que menos me importa. Me importas tú ―le dijo Rodrigo mirándola directamente a los ojos.
―¿Yo? Me besaste justo antes de partir hacia los confines del mundo. No parecía una decisión muy sensata ―bromeó ella.
―Nunca he sido especialmente sensato ―contestó riendo―. Ahora quiero serlo. Viviremos en nuestra propia casa y, si Dios lo quiere, tendremos nuestros hijos.
Ane le sostuvo la mirada.
―Vives en Olite. Allí tienes tu negocio, allí está la corte real y no quiero que desaproveches ese trabajo que amas, de la misma forma que tampoco yo puedo renunciar al mío.
―No me iré. Sancho se merece ser dueño de su propio trabajo. Se lo ha ganado.
Ella no pareció estar convencida.
―Quizá el rey quiera proponerte una nueva locura.
―No volveré a marcharme dejándote aquí.
Durante todo el trayecto Rodrigo no dejó de preguntarse las razones por las que el monarca quería verlo tan pronto. Le había dado las gracias el día anterior y por un momento temió que la sospecha de Ane fuera acertada.
Atravesó el patio de armas del Palacio de la Navarrería acompañado por uno de los servidores del rey. No recordaba la sobriedad del edificio después de haber sido testigo de la grandeza y espectacularidad del de Olite.
El ujier abrió las puertas de una galería alta orientada al sur. En uno de los estrechos ventanales de la estancia el soberano contemplaba la ciudad. Se hallaba desprovisto de la pompa que ostentó en Olite y vestía una cota ribeteada en oro.
―Habréis visto las decenas de vecinos que intentan ver vuestros leones ―comentó el monarca con una sonrisa cansada.
Rodrigo inclinó la cabeza en señal de respeto.
―He escuchado sus rugidos. Espero que no os ocasionen demasiados problemas, Majestad.
―Al contrario. Suponen un estímulo y una ilusión compartida por los habitantes de los tres burgos. Hacía mucho tiempo que algo así no ocurría.
El soberano se giró hacia Rodrigo clavando en él su mirada.
―En Olite apenas tuve tiempo para escucharos. Las jirafas, la algarabía de todo el pueblo, la celebración…
―No imaginaba un recibimiento semejante ―se sinceró el ganadero.
―Tampoco yo imaginaba ver dos ejemplares de jirafa en los jardines reales del Palacio de Olite ni dos leones en las jaulas de Pamplona.
El rey lo observó con atención y adoptó un gesto más serio.
―Habéis regresado con vida y eso ha hecho feliz a mucha gente. No todos los hombres comprenden que eso es lo más importante. Vuestro padre también lo hizo pese a no lograr lo que yo le pedí.
Rodrigo simplemente asintió. El rey comenzó a caminar por la sala sin detenerse. Volvió a cambiar su tono de voz.
―La noticia de la llegada de las bestias se ha extendido por todo el reino como la peste y pronto llegará a oídos de las cortes de Francia, Castilla y Aragón. Sus embajadores no tardarán en llegar anunciando las visitas de sus soberanos.
―Supongo entonces que la expedición habrá merecido la pena.
―Por supuesto. Por eso, como os prometí, quiero recompensaros. Venid.
El soberano se había acercado a otro de los ventanales desde donde se observaba a las gentes en el patio en el que se encontraban encerradas las fieras. Se volvió a oír un rugido grave y Rodrigo comprobó que algunos de ellos retrocedían tropezando unos con otros.
―Los padres contarán a sus hijos que vieron la llegada de los leones a la ciudad ―dijo el rey con tono solemne―. Decidme ―añadió―, ¿cómo veis Pamplona después de tanto tiempo? ¿Qué esperabais encontrar?
―Esperaba encontrarla en paz.
―¿No la veis así? ―Se sorprendió el rey.
―No del todo. Sigue siendo una ciudad dividida.
El rey no discutió su juicio, al contrario.
―Adrián Alegre me habla de rescoldos de disputas todavía vivas entre los burgos.
―Él lo sabe bien. Y también su esposa Lorea y su hija Ane.
Rodrigo habló en aquel momento como si en su mano tuviera la capacidad de influir en la decisión del rey.
―Mi familia pertenece al Burgo y tengo a mis mejores amigos en la Población y también en la Navarrería. Todos hemos sufrido esa distinción algunas veces de forma dramática. Es quizá hora de que eso cambie.
El rey asintió, como si los papeles se hubieran intercambiado.
―Me preguntasteis en Olite qué quería como recompensa ―continuó Rodrigo―. No supe qué responderos. Ahora sí lo sé.
El soberano lo escuchaba de pie junto a él.
―Creo que este reino será más fuerte cuando sus habitantes dejen de odiarse. Me gustaría que los burgos se convirtieran en una sola ciudad.
El monarca permaneció inmóvil. Su rostro se había endurecido y su expresión era grave.
Rodrigo tampoco reaccionó. Pensó que quizá se había excedido.
No estaba legitimado para una solicitud así y temió su reacción airada.
Sin embargo, el monarca caminó otra vez hasta el ventanal y contempló su ciudad.
―¿Es eso lo que queréis? Nunca antes había escuchado una petición semejante como recompensa. ¿Lo preferís al oro, tierras o privilegios?
―Sé que siglos de agravios no se borran fácilmente ―concedió el joven del Burgo algo intimidado.
―Al contrario. No penséis que me pedís algo extraordinario. Lo han hecho personas que os tienen afecto y eso confirma la bondad de vuestra pretensión.
Durante unos segundos se escuchó el rumor de los comerciantes cantando sus productos, los mazoneros de la catedral advirtiéndose unos a otros de su presencia e incluso los rugidos apagados de las fieras.
―Es posible. Lo será. Quizá vos hayáis traído a Pamplona algo más valioso que esos animales.
Fijó su mirada en las murallas y fosos que separaban barrios y privilegios y añadió.
―Habéis conseguido provocar el momento adecuado.