El privilegio CAPÍTULO 98.
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CAPÍTULO 98.

Cuando escuchó la algarabía en la rúa Mayor de los Cambios, María sintió una terrible sacudida en todo su cuerpo.

Se asomó a la ventana y comprobó que, allí donde la calle doblaba ligeramente a la derecha, se agolpaba un enorme gentío.

Todo el Burgo había salido a la calle para recibir a Rodrigo como a un héroe.

Las jirafas habían provocado el entusiasmo de todo el pueblo de Olite y ahora, en Pamplona, eran los leones los que acaparaban la expectación.

El monarca no quería olvidar que se trataba de la capital del reino y que también allí necesitaba seguir causando una sensación de poder y dominio que lo ayudara a mantener la lealtad y pleitesía de sus vasallos.

Felipe se encontraba extramuros para recibir a su hermano y a su padre mientras María y Blanca los esperaban en la casa del Burgo. Las dos mujeres salieron a la calle junto a Martín y se hicieron un hueco entre la multitud que había ocupado la rúa.

―¡Un león, un león y una leona! ―exclamaban unos pequeños que corrían al encuentro de la comitiva.

―¡Se dirigen a palacio! Es allí donde los llevan ―gritaron algunos―. ¡Pasarán por aquí! ¡Venid! ¡Los esperaremos!

La rúa Mayor de los Cambios se convirtió en un verdadero pasillo de hombres, mujeres, artesanos, clérigos y nobles que aclamaban al cortejo. Poco a poco la comitiva se hizo visible.

―¡Es Rodrigo, María! ¡Es tu hijo!

Quienes la conocían le permitieron situarse en primera fila junto a Blanca y junto a su nieto.

No sonaban tambores, clarines ni trompetas, pero la multitud estaba exaltada.

Conforme la comitiva fue acercándose, se oían cada vez más cerca las exclamaciones de admiración, de sorpresa y de miedo.

Hasta que pronto, desde la posición de María, se hicieron visibles entre la gente un par de jinetes encabezando la comitiva.

En primer lugar, vio a un soldado que portaba espada, cota de malla y una armadura de faldones, y junto a él, como si se tratara de un emperador victorioso en la batalla, Rodrigo, más delgado y muy moreno.

Vestía una simple saya, como la que tantas veces usaba para hacer las labores con el ganado en los campos de la Rochapea, y montaba su caballo canela.

Los ojos de su madre se humedecieron y sintió un vahído, pero se mantuvo firme.

Se escuchó un rugido por encima de vítores y aplausos que sobresaltó a todos.

Detrás de los jinetes, un buey tiraba de un carromato con una jaula que, a tenor del temor que provocaba a su paso, debía portar al león.

Y justo detrás, otro carro exacto al primero.

Se acercaron aún más y María pudo apreciar que las bestias eran distintas.

El segundo animal no tenía la melena del primero y pensó que serían macho y hembra.

Los jinetes llegaron hasta la altura donde se hallaban María, Blanca y Martín.

Entonces Rodrigo se detuvo, se bajó del caballo de un salto y en dos zancadas se situó junto a su madre.

María sostuvo su rostro entre las manos como si necesitara comprobar que era real.

―Estás vivo. Yo lo sabía ―fue todo lo que pudo decir.

Él la ciñó con fuerza y se mantuvieron abrazados mientras la multitud aplaudía enfervorizada.

Ane se encontraba junto al altar mayor de la iglesia de San Cernin cuando oyó pasos muy pausados a su espalda.

Supo que se trataba de Rodrigo, pero no se atrevió a darse la vuelta.

Le paralizaba el miedo a que le resultara indiferente lo ocurrido el día de su partida. Sonó una voz templada tras ella.

―Supongo que ese pelo rojo solo puede ser el de una persona que conozco bien.

Ane no pudo posponer el momento. Se giró y lo miró sonriendo.

Él la recordaba tal y como la estaba viendo. Llevaba el cabello suelto y la frente despejada. Y, pese a encontrase en el interior del templo, varias capas de tabardos y pellizas la cubrían.

―Dicen que las jirafas son los animales más extraños que hayan pisado el reino ―fue el saludo de Ane.

Rodrigo sonrió sin darse cuenta. La notó más serena y pausada, pero la sintonía entre ambos no se había perdido.

―Siempre pensé que no existían. Hasta que vi a una de ellas.

Ella se sintió mucho más calmada de lo que había entrado al templo.

―¿No os atrevíais a entrar en la casa? ―preguntó Rodrigo con ironía.

―Antes quería dar las gracias a la Virgen del Camino. Durante todo este tiempo le pedí tu protección cada vez que pasé por delante.

―¿Cada día? ―preguntó él incrédulo.

―Cada día que pasé por aquí ―rio.

La joven abogada se fijó entonces en la insignia que Rodrigo llevaba colgada en el cuello.

―Aún la conservas ―murmuró.

Él la tocó con los dedos en un gesto aprendido.

―¿Pensabas que la habría perdido?

―Temí que quizá no la volviera a ver.

Rodrigo intentó decir algo, pero las palabras se amortiguaron en su garganta hasta no producir sonido alguno.

―Apenas tuvimos noticias ―añadió ella―. Sancho nos contó que Martín y Fortún te acompañaron y eso me alivió.

La joven hizo una pausa antes de concluir.

―Pensé que acabarías muriendo en alguna tierra lejana ―confesó como si diciéndolo en alto se liberara de una maldición.

Rodrigo no contestó. Aquellas palabras lo sacudieron más que el propio recibimiento en Olite. Fue el momento en que recordó el polvo de los caminos, la fuerza de aquellas bestias, las tormentas y el cansancio tras cada jornada. También él durante algún tiempo creyó que no volvería a verla.

Ane tomó sus manos y alzó la vista hacia él.

Solo entonces comprendió la hazaña que había logrado.

Sintió la dureza de su piel, observó la delgadez de su rostro y su tez, mucho más oscura que el día que partió.

Llevó su mano diestra al rostro de Rodrigo para rozar levemente la cicatriz en una de sus cejas.

―No estaba ahí cuando te fuiste.

―Una jirafa me lanzó por los aires.

Los dos rieron tratando de no alterar la quietud del templo. Se encontraban en la cabecera a la vista de todos y algunos fieles oraban a tan solo unos pasos. La muchacha se hallaba tan cerca que Rodrigo pudo percibir el leve aroma a lavanda que siempre la acompañaba.

―Has envejecido ―bromeó ella con una sonrisa.

―Tú no lo has hecho ―respondió él mirándola a los ojos.

Esta vez fue ella la que se acercó y besó a Rodrigo en presencia de la talla de su protectora, guía y consuelo.