CAPÍTULO 97.
Rodrigo, Fortún y Martín de Viana ayudaron a los hombres de los arneses a trasladar las jirafas.
Las alojarían en las enormes jaulas habilitadas en los jardines reales.
Un numeroso grupo de curiosos había acompañado a la comitiva hasta la parte trasera del palacio y se encontraba ahora contenido por los soldados a cierta distancia de las bestias.
La expectación era máxima y la multitud guardó silencio a petición de los cuidadores para evitar asustarlas.
La primera jirafa descendió de la plataforma con mansedumbre.
Avanzaba moviendo las dos patas de cada costado al unísono, en una extraña sincronía, hasta penetrar en la jaula sin ninguna incidencia.
Un mar de vítores acompañó al encierro y las miradas se centraron entonces en la segunda criatura.
El rey observaba las maniobras a cierta distancia, junto a sus guardias y un par de cortesanos.
Parecía encantado con la presencia de los animales.
Volvió a instalarse un respetuoso silencio y, pese a ello, fue el segundo ejemplar, la hembra, la que mostró más resistencia.
Los hombres que tiraban de las cuerdas consiguieron a duras penas hacerla descender del carro, pero, una vez allí, se negó a avanzar.
Pateaba el suelo con sus poderosas pezuñas provocando exclamaciones de asombro y temor entre la muchedumbre.
Subieron a las galerías hacia el jardín para arrojar más cuerdas sobre la cabeza del animal y, una vez sujetas, igualar fuerzas.
Acertaron con dos de aquellos lazos. Los arneses quedaron sueltos a los pies de la jirafa y dos hombres de Rodrigo fueron a recogerlos.
―¡Tened cuidado! ¡Está nerviosa! ―advirtió el del Burgo.
El primero de los ayudantes tomó el cuero sin reacción alguna del animal, pero cuando el segundo fue a coger la otra cuerda, la bestia le soltó tal coz que lo lanzó por los aires.
El hombre se estrelló contra un par de soldados y se levantó aturdido, aunque sin muestras aparentes de haberse hecho daño.
Rodrigo estaba a tan solo unos pasos. Se acercó a la jirafa, tomó el arnés y se separó del alcance de aquellas patas con rapidez.
El número de hombres al que se enfrentaba la jirafa y su propio agotamiento hicieron que finalmente se introdujera en el establo ante la algarabía general.
Fue entonces cuando el monarca se adelantó, ocupó el espacio en el que hasta ese momento habían tenido lugar las maniobras y subió a una de las plataformas donde viajaban los animales.
Vestía una cota de escarlata bermeja forrada de cendal con el emblema de la Bone Foy bordado en hilo de oro en sus mangas, y sobre su cabeza un bonete del mismo color.
En aquel momento, frente a aquella marabunta que lo aclamaba, daba la sensación de ser también una criatura sobrehumana.
―¡Sed bienvenidos! ―exclamó dirigiéndose a los tres responsables de la proeza.
―¡Aceptad nuestra gratitud y celebrad con nosotros un día tan señalado para todo el reino!
―¡Nuestra ménagerie será la admiración de viajeros, emisarios, reyes y nobles que nos visiten! ¡Se hablará de este palacio en todos los reinos vecinos!
Rodrigo no celebró las palabras del monarca. Apretó los puños con fuerza y agachó la cabeza. Y el rey, como si hubiera percibido el gesto del joven, añadió.
―Esta noche los héroes de semejante proeza serán agasajados por nuestra persona. Os esperamos en el salón de los Lazos.
Hizo un gesto de despedida levantando sus dos manos hacia la multitud, descendió de la plataforma y se marchó hacia el interior del palacio.
Los ujieres condujeron a Rodrigo, Fortún y Martín de Viana a través de los pasillos y les asignaron tres de las infinitas cámaras existentes en la residencia real.
En su interior habían dispuesto ostentosas camas con dosel, jofainas y aguamaniles para su aseo y prendas de seda con las que vestirse para la ceremonia.
Miguel y Sancho habían sido también invitados a la recepción, aunque, para Rodrigo, aquel detalle no podía borrar de su memoria el injusto castigo que el monarca había impuesto a sus padres años atrás.
Miguel llegó poco después a la cámara en la que estaba alojado su hijo.
―¡Padre, pasad! Me alegro mucho de que estéis esta noche con nosotros y me entristece que ni madre ni Felipe puedan hacerlo.
―No sabíamos si llegarías en una semana o en un mes ni estábamos seguros de que se tratara de vuestra expedición. No sabíamos siquiera si seguías vivo. Aunque tu madre siempre decía que no había llegado tu hora.
―Supongo que una madre lo siente ―contestó sin reproche en su tono.
―Te esperan en Pamplona. Tu madre, Felipe y Blanca ―le anunció. Hizo una pequeña pausa y prosiguió―. Ane se ha convertido en una mujer fuerte y valiente y estoy seguro de que también te espera.
Rodrigo cerró los ojos y apretó los labios. Escuchar su nombre o incluso recrear en su mente la imagen de la joven pelirroja hacía que todo su cuerpo vibrara. Miguel se quedó mirándolo. Lo tomó del antebrazo y lo acercó hasta situarlo frente a él.
―Hijo, quiero pedirte perdón. No fui justo contigo ―le confesó con voz entrecortada.
―Padre, por Dios. No tengo nada que perdonaros. Vos me disteis la vida.
Miguel continuó como si no lo hubiera escuchado.
―Siempre he sabido que eras mi hijo, pero el dolor me impidió tratarte como tal. Cuando aquel demonio forzó a tu madre, sentí la mayor angustia que nunca he sufrido y tu presencia me lo recordaba.
―Lo sé. Madre me lo dijo tantas veces… Siempre la creí y siempre supe la razón de vuestra distancia.
Se abrazaron durante un largo momento. Solo entonces Rodrigo advirtió que su padre no poseía la fuerza de antaño y sintió una profunda necesidad de protegerlo.
Cuando padre e hijo se dirigían hacia el salón a través de patios suspendidos, se escucharon trompetas y clarines.
El viento agitaba a uno y otro lado los pendones izados en las torres del palacio y el sol primaveral se acercaba a la línea del horizonte.
Desde aquella terraza elevada observaron al rey abandonar los jardines reales.
Había vuelto allí y, como si no lo acabara de creer, había dedicado un buen rato a contemplar de cerca los ejemplares de jirafa.
A tenor de los gestos que hacía a sus acompañantes parecía estar complacido.
Sin embargo, Rodrigo no se sintió bien. Pensaba que el final de aquella aventura le daría calma, pero fue todo lo contrario.
No era capaz de olvidar y no estaba seguro de poder hacerlo en el futuro.
El rey hizo su entrada en el salón de los Lazos cuando buena parte de sus invitados se hallaban allí.
Apenas eran unas veinticinco o treinta personas que se inclinaron ante la aparición del soberano.
Se sentó en el trono elevado desde el que trataba la mayoría de sus asuntos y se dirigió a los presentes.
―Os saludo y os recibo en este salón, Rodrigo. Los ejemplares son asombrosos. Un macho y una hembra adultos. Son mucho más de lo que yo mismo imaginaba ―otorgó.
El joven simplemente agachó la cabeza en señal de sumisión.
―He visto leones, búfalos, incluso avestruces, pero esta raza es magnífica. Disponemos de numerosas especies de pájaros exóticos en el Patio de la Pajarera, lobos, gamos y jabalíes en los jardines y ahora hemos dotado a nuestra ménagerie de dos ejemplares extraordinarios.
Rodrigo continuó ofuscado pese a que el monarca volvió a citarlo.
―Os estaremos siempre infinitamente agradecidos ―dijo mirándolo.
El joven tomó la palabra al fin.
―No habría regresado sin su ayuda ―dijo señalando a Martín de Viana y a Fortún―. Ellos se merecen los mismos halagos que yo.
El rey no reaccionó al tono de reproche ni a la actitud distante de Rodrigo.
―Así es. Ellos son también dignos del mayor de los reconocimientos, pero sin vuestro empeño y sin vuestra decisión no hubiera sido posible.
―Lo hice solamente por traer a mis padres del destierro ―insistió.
Miguel cogió del brazo a su hijo y lo apretó para que depusiera su actitud.
―Habéis hecho sanar una herida abierta ―continuó el monarca.
―Una herida que nunca debió producirse ―apostilló el del Burgo.
Todos los presentes aguantaron la respiración a la espera de la réplica del rey.
―Sois valiente. Lo sé. Rebelde pero honesto. Quizá algo imprudente a veces; no obstante, la fortuna favorece a los audaces. Os pido que seáis paciente.
Se hizo un silencio pesado que ni siquiera Rodrigo osó romper y a continuación el soberano se levantó, bajó de su escaño y paseó hasta uno de los ventanales de la estancia.
―Pensé que las bestias llegarían a pie. Por sus movimientos no parecen ser salvajes.
―No se dejan guiar fácilmente ―contestó Rodrigo más calmado―. Son muy fuertes y a veces se muestran nerviosas. Lo habéis visto. Hoy no ha sucedido, pero hace varias semanas una de ellas mató de una coz a uno de sus cuidadores.
El gesto de asentimiento del monarca fue acompañado por una exclamación de consternación entre los presentes.
―¿Las habéis traído todo el trayecto en esas plataformas?
―No, Majestad. En espacios abiertos las hemos podido guiar al paso con cuerdas y sujeciones. Cuatro hombres se encargaban en todo momento de cada una de ellas. Pero esa no es la forma idónea de conducirlas en las calles de una ciudad ni entre la multitud.
―He visto a los animales frescos y llenos de energía.
―Han descansado tras cada etapa y han bebido toda el agua que podáis imaginar ―el ganadero hizo una pausa y continuó―. En un par de días viajaremos a Tudela para traer una pareja de leones.
Un nuevo murmullo de sorpresa y admiración recorrió la sala.
―¡Leones! ¡Dios santo! ¡Magnífica noticia! Los llevaremos como procede a Pamplona, la capital del reino.
―Tuvimos que dejarlos allí porque la hembra se encontraba enferma y no había lugar adecuado para alojar a las jirafas entretanto.
El rey parecía eufórico, sin embargo, su rostro se endureció de pronto. Ocupó de nuevo el trono y volvió a ejercer de soberano de todo un reino.
―¿Creéis que para un rey es sencillo dictar sentencia? ―preguntó mirando a Rodrigo y a continuación a su padre.
No esperó su respuesta.
―Un rey debe alimentar ciudades, vigilar fronteras, sofocar disputas y administrar justicia. Y cada sentencia deja una herida que a veces no cura. Ocurre cuando la dicta su conciencia como juez en vez de su propio corazón.
El silencio era ahora estremecedor. Nunca ninguno de los presentes había escuchado hablar al rey como un hombre y no como un Dios.
―Os devolveré cada una de las monedas que os ha costado esta empresa y las doblaré. ¿Qué más deseáis? Seréis recompensado, seréis nombrado caballero de la Bone Foy.
―No deseo nada más. Tan solo que sea repuesto el honor de mi padre.
Miguel comenzó a llorar en silencio y Rodrigo supo en ese preciso instante que su viaje por fin había terminado.