El privilegio CAPÍTULO 96.
87%

CAPÍTULO 96.

Las cabezas de dos extrañas criaturas se balanceaban sobre los tejados de las últimas casas del cerco de dentro.

Se acercaban a la explanada del Palacio de Olite moviéndose despacio, como si pudieran saltar de un edificio a otro sin esfuerzo alguno.

Las personas que se encontraban en la lonja del Chapitel se dieron cuenta de lo que ocurría y comenzaron a hablar señalando la sorprendente visión.

Muchos ni siquiera entendían lo que estaban viendo.

Algunos se santiguaron e incluso hubo quien se arrodilló para solicitar la intercesión de vírgenes y santos.

―¡Santa María, alejad de nosotros semejantes criaturas!

―¡Mirad sus cuernos y su piel manchada! ¡Son las bestias anunciadas en las Escrituras!

―¡Son demonios! ¡Protegednos de ellos, Dios mío!

Sancho y Miguel se encontraban en el puesto de carne del mercado y en cuanto se dieron cuenta de la algarabía supieron lo que ocurría.

―¡Señor, vuestro hijo! ―exclamó el carnicero de Olite con una sonrisa y un brillo especial en los ojos.

Salieron a la plaza para ver aquella parte de la villa que todos señalaban.

Miguel no articuló palabra y comenzó a temblar. Se quedó inmóvil, observando cómo los animales avanzaban por encima de aquellos tejados, como si de un espectáculo de títeres se tratara.

Algunos muchachos corrieron hacia el lugar por el que iban a aparecer gritando emocionados y hablando entre ellos, mientras, los más pequeños se refugiaban en las faldas de sus madres.

Hasta que al fin aparecieron por la bocacalle de la rúa Mayor dos hombres a caballo abriendo la expedición.

Las loas se habían convertido en un clamor.

La multitud se agolpaba allí empujándose para poder contemplar cuanto antes aquellas criaturas capturadas en los confines del mundo.

Tras los jinetes, varios hombres a pie guiaban a los animales de carga y otros dos acompañaban a un par de mulas que tiraban de un enorme carromato.

Fue entonces cuando una exclamación unánime de asombro se elevó a los cielos de Olite.

Sobre sendas plataformas rodadas, dos gigantescas criaturas moteadas de larguísimas patas y cuello interminable se mantenían en pie en el interior de jaulas.

Anchas correas de cuero sujetaban sus largos cuellos y una especie de pechera las ayudaba a mantenerse erguidas.

Cuatro hombres por jaula, dos a cada lado, con cuerdas laterales tensas a modo de arneses, evitaban movimientos bruscos de los animales.

―¡Señor, el primer jinete! ¡Se trata de Rodrigo, es Rodrigo! ¡Con su caballo canela!

Miguel afinó la vista y su corazón le dio un vuelco.

Aquellos gestos saludando a la gente y su forma de montar a caballo eran los de su hijo.

Era uno de los tres jinetes que encabezaba la expedición.

El segundo de ellos, de pelo blanco y rostro curtido, era sin duda el caballero de la Bone Foy y, por último, la enorme nariz sonrojada del tercero tampoco pasaba desapercibida.

Habían envejecido durante el viaje, pero estaban todos allí.

Rodrigo había recreado su regreso cada noche y ahora aquel recibimiento le pareció irreal.

El balanceo de las jirafas al avanzar, los ruidos de sus cascos sobre las plataformas de madera y su olor lo habían aturdido desde su partida de Zaragoza y ahora, aquella multitud, los gritos y vítores lo desconcertaron.

Cabalgaba junto a Martín de Viana y a su amigo Fortún, abriendo la comitiva mientras el gentío en la plaza se apartaba dejando un largo corredor a su paso.

Las jirafas se mostraban extrañamente serenas, indiferentes al asombro que provocaban.

Y justo cuando alcanzaron el centro de la explanada, dos jinetes con un estandarte real y enseñas en sus sobrevestas llegaron a su encuentro.

―¡Sed bienvenidos en nombre de nuestro rey y señor, Carlos III de Navarra y duque de Nemours por la gracia de Dios! ¡Seguidnos!

Los soldados dieron media vuelta espoleando a los animales y se dirigieron hacia el costado sur del palacio, donde se hallaba la torre de la Atalaya o de la Joyosa Guarda.

Martín de Viana no había sido testigo de la construcción de aquella edificación ni de algunos otros edificios. Quedó impresionado.

―¡Dios santo! Entiendo ahora lo que el rey pretendía cuando quiso traer animales exóticos a este espacio.

La expedición rodeó también la torre de las Tres Finiestras y, guiados por la guardia real, tomó el camino directo hacia los jardines de palacio.

Rodrigo observó las terrazas panorámicas que se abrían entre los edificios y advirtió que el rey era uno de los cortesanos que los saludaban al otro lado de las almenas.

―Nos conducen a los jardines. Es allí donde han ubicado el zoológico real. Dispone de jaulas para bestias de toda raza que servirán de espectáculo para los visitantes ―aclaró el joven.

―Solo faltan jaulas para alguno de esos cortesanos que nos hacen gestos como si nos conocieran ―censuró Fortún provocando las risas de sus dos amigos.

―O para el propio rey ―replicó Rodrigo.

Se acercaron a la torre de la Atalaya y, antes de rodearla, pasaron muy cerca de la muralla.

Las cabezas de las jirafas quedaron a la altura de las almenas, casi al alcance de la mano del rey y de sus invitados.

Rodrigo buscó a sus padres allí arriba, pero no los localizó.

Su cuerpo se estremeció al pensar que quizá ya no vivieran para verlo.

Entonces oyó que alguien a su espalda lo llamaba a voz en grito.

―¡Rodrigo, Rodrigo! ¡Sois vos!

Se dio la vuelta y comprobó que era su amigo quien lo llamaba.

―¡Sancho! ¡Bienaventurados los ojos! ―exclamó.

Martín de Viana y Fortún detuvieron también sus caballos y lo reconocieron. El joven del Burgo fue el primero en saltar desde su montura y echar los pies a tierra. Corrió hacia Sancho y lo abrazó.

―¡Estáis aquí! Pensé que os hallaría en alguna taberna.

―No a esta hora ―contestó rápido el de Olite―. Recordad que atiendo un puesto de carne de vuestra propiedad en el mercado del Chapitel.

―Veo que seguís de una pieza, aunque algo más ancho de hombros ―bromeó.

―Cierto. Ahora duermo bajo techo propio y con una sola mujer que me vigila cada noche ―rio―. Es lo que siempre me aconsejasteis.

Fortún y Martín de Viana abrazaron también a Sancho y este se dirigió nuevamente a su amigo.

―Ve, tu padre te espera bajo el reloj de la torre.

Rodrigo se mantuvo en silencio, dejó su caballo en manos de su amigo y se dirigió hacia donde le había indicado.

La gente había seguido a la comitiva y había sido testigo del encuentro.

Todos intentaban tocarlo entre halagos y aclamaciones.

No le costó mucho llegar hasta el lugar indicado.

Miguel de Obanos permanecía inmóvil bajo el reloj, mirándolo.

Recordó el día en que vio partir a su padre hacia lo desconocido, vencido, con algunas de sus pertenencias a cuestas y con su honor mancillado.

El destierro había dejado huella en él. Parecía más delgado y más cansado.

Rodrigo sintió un nudo en la garganta. Temió que pudiera sentirse avergonzado.

Él había triunfado allí donde su padre fracasó.

Durante un instante ninguno de los dos se movió, hasta que Miguel dio un paso al frente.

Lo atrajo hacia sí de los hombros con toda la calma del mundo y lo abrazó mientras todos a su alrededor lanzaban gritos y aplausos.

―Padre, me alegro tanto de veros ―dijo el joven aventurero cuando se separaron.

―Hijo mío. Me siento tan orgulloso.

Rodrigo se estremeció. Los gritos a su alrededor le llegaron lejanos, amortiguados. Era lo que había esperado escuchar toda su vida.