CAPÍTULO 95.
Tres carros tirados por bueyes llegaron a la catedral pasado el mediodía.
Sus llantas claveteadas percutiendo sobre el suelo de piedra y los gritos de los carreteros animando a los animales llamaron la atención de mazoneros y albañiles.
Habían partido desde Olite antes incluso de que amaneciera.
El maestro Johan Lome había dirigido los trabajos de diseño y labrado de las piezas del sepulcro y ahora se encargaba de su traslado y montaje.
Aquel día transportaban las más valiosas: las lápidas de la cubierta, las estatuas yacentes y los dos grandes doseles que coronarían el mausoleo.
Durante los últimos meses habían excavado el lugar destinado al sepulcro y colocado las primeras piezas.
En cuanto las carretas accedieron al recinto en obras, Johan Sanchiz, el carretero que encabezaba la expedición reclamó a voz en grito.
―¡Llamad a Felipe de Obanos!
Sin embargo, no fue él quien apareció.
―Soy Tristán, el maestro de obras de la catedral. Podéis descargar el material en mi taller. Allí se encontrará a buen recaudo.
El hombre dudó, pero finalmente decidió hacer lo que el máximo responsable de la fábrica le indicaba.
Advirtió a sus acompañantes que guiaban el resto de los carros y golpeó con una vara a los bueyes que encabezaban la caravana.
Fue entonces cuando llegó Felipe, sofocado por la larga pendiente que desde la tierra de nadie llevaba hasta la explanada.
―¡Johan, me han dicho que habíais llegado! He reservado un lugar para las piezas.
El carretero vaciló, pero antes de que dijera nada, Tristán se dio la vuelta y replicó al del Burgo.
―Ya hemos decidido que se guarden en mi taller. Se encuentra al fondo de la fábrica y es por tanto el más protegido.
Felipe lo miró contrariado.
―Disculpad. La encomienda que Johan Lome me hizo personalmente fue la de guardar este trabajo a costa de mi propia vida ―le rebatió.
―Soy el maestro de obras principal y haremos lo que yo decida.
Felipe apretó los puños con fuerza y trató de contenerse.
―No es necesario. Yo seré el responsable de su cuidado ―insistió.
Johan Sanchiz era un hombre curtido en mil batallas y parecía saber lo que se hacía.
―Disculpad, maestro ―le advirtió―. El encargo que me hizo Johan Lome fue entregárselo al tracista.
Tristán mostró sin recato alguno un gesto de desprecio y retornó hasta el lugar en el que se encontraba el carretero. Sin embargo, fue a Felipe a quien se enfrentó.
―¿Es una casualidad que haya pedido expresamente que os lo entreguen a vos? ―murmuró a su oído―. ¿Qué es lo que buscáis? ¿Pretendéis mi puesto?
Felipe lo miró con gesto de sorpresa.
―En absoluto. Solo obedezco órdenes del maestro Lome.
―¿Órdenes? ¿Qué órdenes? ―le inquirió irónico.
―Las indicaciones oportunas para evitar que las piezas se rompan al desplazarse. Las guardaré en esparto y las colocaré sobre los sarmientos que tengo preparados.
Tristán no pudo aguantar. Se dio media vuelta y se marchó sin réplica. Felipe miró a Johan Sanchiz y este le hizo un gesto de desgana.
Emplearon toda la tarde en colocar las piezas en el orden en el que las necesitarían el día siguiente.
El taller en el que trabajaban Felipe y Jesús ocupaba un espacio abierto entre el claustro y la futura nave central del templo.
Se hallaba protegido por lonas enceradas y pequeños cobertizos de madera.
Adecentaron y recogieron el lugar desde primera hora de la mañana.
Johan Lome llegaría ese mediodía y debían tener ultimado cada detalle.
Felipe se sentó en uno de los sillares vírgenes que se alineaban contra el muro de aquel lado de la catedral.
Jesús había comenzado a desbastar la figura del último plorante y el tracista necesitaba verlo en perspectiva.
El trabajo del mausoleo estaba casi concluido.
Apenas restaba por replicar en alabastro aquella figura y proceder a la colocación de las piezas llegadas desde Olite.
―¿Crees que concluirás la figura a tiempo? ―preguntó Felipe mientras observaba con la cabeza inclinada hacia un lado.
―No os quepa duda ―respondió sin dejar de golpear su cincel―. Supongo que el trabajo pendiente costará al menos un par de semanas. Entonces os nombrarán maestro principal de la catedral ―pronosticó riendo.
La afirmación sorprendió a Felipe. No había hablado con nadie de la conversación con el obispo y por dos veces se lo habían repetido.
―A ti te nombrarán obispo ―le contestó aparentando enfado.
Un fino polvo blanco cubría el suelo, salpicado por los fragmentos que se desprendían bajo el cincel de Jesús.
Se percibía ya el contorno que tendría la escultura y Felipe pensó que replicaba con exactitud las proporciones de su dibujo.
Pese a su particular entendimiento con el maestro Lome, siempre que le presentaban un nuevo trabajo sentía un especial nerviosismo.
Pensó en Tristán. Su juicio era el que menos le pesaba.
Como de costumbre, repusieron fuerzas en casa de Jesús antes de regresar a la obra.
Tomaron un guiso de cerdo que Eugenia había preparado mientras hablaban de los animales exóticos que Rodrigo podía traer consigo, de la llegada ese mediodía de Johan Lome y de los constantes obstáculos que Tristán les imponía para hacer su trabajo.
Bebieron el buen vino que siempre guardaba Jesús y se apresuraron para volver.
El maestro escultor podía aparecer en la catedral en cualquier momento.
Llegaron a la obra y escucharon satisfechos los sonidos de los golpes secos de macetas sobre cinceles y las órdenes de los oficiales gritando a los mazoneros en el ala norte de la obra.
Aquel ambiente los llenaba de energía. Lome estaría contento con el trabajo que habían hecho las últimas semanas.
El olor a piedra húmeda, al humo de los braseros y al hierro caliente de la fragua en la que reparaban sus herramientas le ponía de buen humor.
Se acercaron al taller y de pronto Felipe se detuvo.
Afinó la vista y comprobó que algo se movía tras las lonas que cubrían su cobertizo.
Jesús se dio cuenta de inmediato y levantó a media altura la maza que portaba en su mano derecha.
Avanzaron despacio hasta situarse a tan solo un paso y Felipe, con un gesto rápido, levantó la tela que tapaba la entrada.
La escena los dejó estupefactos. Tristán se encontraba junto a las estatuas yacentes de los reyes.
Había descubierto las esculturas y retirado el esparto que las cubría.
En sus manos sostenía una maceta y un cincel.
Los miró con los ojos abiertos de par en par y permaneció inmóvil.
―¡Dios santo! ¿Qué es lo que hacéis? ―exclamó el del Burgo.
Tristán soltó las herramientas y cubrió las estatuas con el esparto sin articular palabra.
―¡Exijo que nos expliquéis lo que pretendíais! ―insistió Felipe.
―No os debo aclaración alguna. Soy el maestro de obras de esta catedral ―manifestó Tristán sin levantar la voz.
Jesús, enrabietado, estuvo a punto de golpear al maestro con su maza, pero se contuvo. Llegó hasta la escultura y destapó las piezas.
―¡Están intactas! ―exclamó aliviado.
El de la Navarrería observaba inmóvil los gestos de ambos, atento a cualquier reacción.
Fue Felipe quien se acercó decidido hasta él y lo tomó de la pechera de su hopalanda con ambas manos. Lo mantuvo en vilo durante un instante y lo llevó en volandas hasta la entrada del taller. Su último gesto fue lanzarlo hacia delante con violencia.
―Os aseguro que tendréis que darnos explicaciones de lo que hacíais.
―No os corresponde pedírmelas ―respondió con un gesto sombrío desde el suelo.
Varios mazoneros que se encontraban cerca habían acudido hasta allí. Nadie reaccionó. Tristán continuaba tirado a las puertas del taller y Felipe lo miraba con una profunda ira dibujada en el rostro. Llegaron nuevos obreros de la catedral y levantaron a su maestro.
―¡Este maldito bastardo me ha echado! ¡Me ha expulsado de mi propia casa! ―clamó alentado por la cercanía de sus subordinados.
―Tendréis que explicar qué hacíais junto a la estatua de los reyes.
―¡Soy el máximo responsable de esta fábrica y una de mis obligaciones consiste en supervisar todo lo que aquí se haga! ―gritó tratando de ganar autoridad.
Felipe estaba a punto de replicarle cuando se escucharon pasos que llegaban desde el claustro. Todos se volvieron y en la puerta del Amparo, a tan solo unos pasos, lo vieron. El maestro escultor Johan Lome se había detenido junto a dos acompañantes.
Felipe tenía en su boca aquellas palabras y no pudo evitar lanzárselas a Tristán.
―Os aseguro que si un día descubro vuestro sabotaje os mataré.