CAPÍTULO 94.
Desde el primer momento, el obispo Sancho Sánchez de Oteiza, nombrado tras el fallecimiento de Lancelot en enero de aquel mismo año, mostró su desacuerdo con muchas de las ideas de Tristán.
El antiguo abad y deán de la catedral de Tudela compartía con el rey Carlos III su anhelo de perpetuar el legado de aquel reinado en la memoria de los hombres.
Estaba enamorado de la obra de Johan Lome, como el propio rey, y daba muchísima importancia a los pequeños detalles.
El mausoleo, en el que ya descansaba la reina Leonor, era su obra predilecta y estaba prácticamente concluido.
La terraza de la torre Barbazana se hallaba desierta y el viento del norte se dejaba notar a aquella hora temprana de la mañana.
Felipe aspiró el olor húmedo a hojas, agua y piedra que descendía desde la montaña.
Y tan solo cambiando su orientación, percibió el de los patios de la catedral en obras, cargado de serrín, metal y cal.
Desde allí divisaban con claridad las últimas hiladas colocadas en los muros, los andamios de madera y los hombres trabajando sobre ellos.
El del Burgo apoyó ambas manos sobre el alféizar de uno de aquellos arcos ojivales, cuando oyó pasos a su espalda.
―Probablemente sea la mejor vista para hacerse a la idea de la forma en la que crecerá la catedral.
La voz de Sancho Sánchez de Oteiza había sonado firme y decidida. Al del Burgo le impresionó su solemnidad. Sus manos finas, así como su rostro estrecho, su barba corta bien cuidada y su nariz alargada, contribuyeron a aquella sensación. Aceptó el saludo del joven con gravedad.
―Estoy a lo que vuestra reverencia disponga, tal y como me habéis solicitado.
―Os agradezco enormemente vuestra presencia aquí ―respondió con un gesto también cortés.
El prelado tenía fama de ser un cortesano político más que un pastor de su rebaño.
Estaba muy vinculado a la corte y mantenía desde hacía mucho tiempo una excelente relación con Carlos III.
Tenía hijos naturales para los que había conseguido del rey varios mayorazgos.
Aquella influencia del obispo preocupaba a Felipe.
―Vuestras manos y vuestro cuerpo son más propios de un mazonero o de un escultor que las de un tracista ―le dijo.
Así era, su aspecto parecía el de un guerrero. Nadie diría que se trataba de un hombre que trabajaba sentado trazando líneas en un pergamino.
―Ahora esculpo también algunas piezas. Disfruto de ambas labores. Realizar los trazos de una obra de arte cuesta menos que trasladarlos a la piedra.
―Podéis descansar ―pidió a Felipe, que continuaba en una especie de genuflexión.
―¿Pensáis que ese contrafuerte terminará cediendo? ―añadió el obispo señalando una parte de la obra que se abría muy cerca del lugar desde el que observaban.
Él lo miró sorprendido.
―Es justo lo que estaba pensando.
―No creáis que soy un experto arquitecto, pero algunos oficiales me habían advertido sobre la grieta que se aprecia.
―No ocurrirá de inmediato, pero en cuanto tenga que aguantar la bóveda del ábside acabará quebrándose. El peso no llegará a estar bien repartido.
El obispo se acercó aún más al ventanal y le habló sin mirarlo.
―Tristán cree que exageráis quienes así pensáis.
Felipe tardó un instante en reaccionar a aquella observación.
―No estáis en presencia del mayor de sus defensores.
El obispo no dudó en ser directo.
―Sé de vuestra abierta confrontación y de su rechazo a vuestro trabajo en el mausoleo.
―Así es. Gracias a Dios la aprobación de esa obra depende del maestro Lome y del propio rey.
―Los plorantes son una verdadera obra de arte. No puedo dejar de admirar cada detalle de las figuras. ¿Serán veintiocho?
―Así es, reverencia. Yo solo he esculpido algunas de ellas. El maestro Lome, Jesús y sus oficiales son los verdaderos artistas.
―También vos lo sois.
―Sé además que tenéis un pequeño que dibuja verdaderas obras de arte.
El joven padre sonrió orgulloso de la habilidad de su hijo Martín.
―Así es. Pese a los intentos de su madre, se ha inclinado más por el arte que por la cura y el cuidado de los hombres. Aunque también le gustan los animales.
―Sé además que propusisteis un cambio en las nervaduras de la nave para aguantar el peso de las bóvedas que el maestro principal de la catedral no quiso aceptar.
Felipe se tensó otra vez en cuanto el obispo volvió a hablarle de Tristán.
―Mi propuesta suponía retrasar las obras ―lo disculpó―. Pero en algún momento habrá que hacerlo ―sentenció.
Ambos guardaron silencio mientras contemplaban desde lo alto cómo mazoneros y canteros llegaban a la catedral y comenzaban a mover, picar y colocar aquellas moles de piedra.
―He informado al rey sobre las obras y no está satisfecho con su evolución. Yo tampoco lo estoy. Avanzan con lentitud, faltan materiales, nos piden más hombres y, sin embargo, las partidas destinadas a levantar el templo crecen sin parar.
Felipe permaneció inmóvil, con la mirada ahora en las sierras de Urbasa y Andía.
―He comprobado las cuentas ―continuó el obispo―. Se pagan carros de piedra que no llegan y mazoneros que nadie recuerda haber visto.
Guardó silencio y concluyó.
―Y Tristán siempre me responde con evasivas.
Aquella confesión de labios del obispo hizo que el tracista se decidiera.
―Desconozco esos hechos. Lo que os puedo asegurar es que Tristán no imagina la catedral como un todo. Simplemente avanza en lo que toca cada día. Levanta muros.
El obispo Sancho no dijo nada consciente de que no había acabado.
―No entiende esta catedral ni el espíritu de quien la diseñó, el maestro Perrin de Simur. No contempla proporciones ni tiene en cuenta la luz ni la ornamentación. Ni siquiera considera lo que Lancelot le pidió tantas veces ―se desahogó.
El obispo sonrió.
―¡Al fin! Es lo que esperaba escuchar ―exclamó.
El del Burgo guardó silencio a la espera de alguna petición del obispo.
―Dentro de muy poco tiempo la catedral requerirá dotarla de alma: portadas, crucerías, doseletes y capiteles. Necesitará sensibilidad además de técnica. Y Tristán no la tiene.
Felipe asintió con un gesto cómplice.
―Trabajáis para Johan Lome ―continuó―. Y estoy seguro de que habéis aprendido de él.
―Por supuesto. Él me ha enseñado mucho de lo que ahora sé.
―Incluso habéis llegado a corregirlo.
El joven sonrió al recordarlo.
―Estuvo a punto de despedirme. Aunque después cambiara alguno de sus trazos.
―Necesito encontrar un hombre que haga lo que vos habéis explicado. Necesito alguien que piense en la catedral como una sola obra cuyo resultado acabe provocando en quien la contemple un sentimiento que lo acerque a Dios.
―Johan Lome tiene la sensibilidad y el conocimiento para llevar a cabo semejante encomienda.
―Es ahora un viejo, como yo.
Las palabras del obispo quedaron suspendidas.
―Preparaos para ser el próximo maestro mayor de las obras de la catedral.
Una náusea subió a la garganta del tracista y le obligó a apoyarse en el alféizar.
―El concejo de la Navarrería no permitirá que el director de las obras de su iglesia sea un hombre del Burgo ―objetó Felipe recordando el relato de Pedro, el viejo cantero.
―Eso es algo que yo debo resolver. Soy el obispo de esta diócesis y del dominio de la Navarrería.
―Los canteros no lo aceptarán. Él ha sabido ganárselos durante muchos años. Le deben muchísimos favores. Lo sé.
―Vos tendréis el favor de todos quienes deseamos ver la catedral concluida antes de morir.
Felipe contempló el estado de la obra. Recordó la sonrisa de Perrin cuando él le propuso, hacía ya una vida, un sinfín de mejoras.
Visualizó la bóveda correspondiente al ábside, las tracerías de cada ventanal, las de las mamparas de piedra…
Por primera vez imaginó el resultado final de la catedral. Sin embargo, no sintió ninguna euforia.
―Os agradezco vuestra confianza…, pero no puedo hacerlo.
―¿Puedo saber cuáles son vuestras razones?
―Mis padres necesitan de mi apoyo con el ganado. Esa responsabilidad me condenaría.
El obispo abrió mucho los ojos en un gesto de sorpresa.
―Me dijeron que vuestro hermano vuelve victorioso tras su expedición. Él se ocupará de eso.
Lo miró asombrado ante el exhaustivo conocimiento que tenía de él.
―Esperemos que así sea ―respondió.
Se mantuvo un instante más de silencio entre ambos, para que fuera el tracista quien volviera a desistir.
―En todo caso, creo que no estoy preparado.
―Quizá cuando os lo proponga lo estéis ―cerró el obispo, dándole la espalda y dejándolo solo en la terraza de la torre Barbazana.